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Revista de Occidente 287 Revista de Occidente

Cultura al margen: inmigración, lengua e identidad

por Francisco A. Marcos Marín
Revista de Occidente nº 287, abril 2005

Número de páginas: 7
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De paso, y por lo que importa para la construcción de los Estados Unidos y sus necesidades demográficas, conviene recordar que desde entonces el río llamado Grande o Bravo en una u otra orilla, marca la frontera tejana y que México perdió más de la mitad del antiguo territorio de la Nueva España, unos dos millones trescientos mil kilómetros cuadrados, el equivalente de la superficie conjunta de Portugal, España, Francia, el Reino Unido, Alemania, Bélgica, Holanda, Dinamarca, Hungría, Suiza, Croacia e Italia, que se reparten hoy entre los estados de California, Nevada, Utah, Arizona, Nuevo México, Texas y parte de Colorado y Wyoming. Ni que decir tiene que esperar su reconquista mexicana es, como mínimo, un sueño para la mayoría de los habitantes de esos estados, y en el peor de los casos una pesadilla, como la de Marruecos Norte para los políticos andaluces que se permiten hablar, en cambio, de Andalucía Sur.
La cultura lingüística
El desconocimiento de la historia, junto con esa voluntad de vivir desviviéndose, lleva a hacer planteamientos una vez más voluntaristas, que se separan de la realidad y están condenados al fracaso. Antes de hablar de realidades que tocan al español conviene quizás reflexionar sobre mundos próximos, aunque sea brevemente.
En el Portugal del siglo XVIII , el Marqués de Pombal tomó una decisión que tuvo consecuencias lingüísticas graves para el Brasil e, indirectamente, para el portugués brasileño. En 1758 prohibió, mediante una legislación específica, el Diretório dos Índios, que en el Brasil se usara cualquier lengua que no fuera el portugués. El decreto iba dirigido contra la língua geral, sistema lingüístico de base tupí que servía de modo generalizado, de ahí su nombre, para la comunicación en el territorio brasileño y que había sido impulsada de modo decidido por los jesuitas. De acuerdo con la política lingüística de los Austrias, la evangelización se llevaba a cabo en la lengua de los indios, como testimonian los numerosos catecismos, dentro de una actividad escolarizadora vinculada a un complejo proceso de modernización y preservación de la identidad. Aunque en el Brasil esta línea quedó interrumpida, en el Paraguay ha permitido que el guaraní (el otro miembro de la familia tupí-guaraní) permanezca como lengua viva y en situación de perfecta vigencia, caso excepcional en todo el continente.
La fuerza del portugués como lengua monopolizadora en el Brasil fue tan grande que no sólo se impuso sobre las lenguas indias, sino también sobre las de los millones de africanos llevados como esclavos y sus descendientes. Se mantuvo durante las inmigraciones alemanas, italianas y polacas del siglo XIX . La imposición de la conciencia cultural monolingüe llega al extremo de que hablantes de alemán de las regiones del sur, que forman comunidades homogéneas y que son técnicamente bilingües, se consideraron hasta hace muy poco tiempo (y muchos todavía hoy) monolingües portugueses, como si su otra lengua, su lengua materna, de hecho, no existiera o fuera, mejor, un simple accidente familiar, que careciera de incidencia en la vida colectiva, en la comunidad nacional brasileña, canarinha y lusohablante. Puede discutirse cuanto se quiera la condición de progresista o retrógrado de don Sebastião José Carvalho e Melo, que defendía los ideales liberales que triunfaron en la Revolución francesa y que condujeron a la minorización de las hablas dialectales y lenguas regionales. El fenómeno se extendió por todos los países de cultura occidental y sigue siendo hoy uno de los elementos de la falta de entendimiento entre monolingües y plurilingües occidentales. En el imaginario colectivo de muchos países la idea del plurilingüismo está unida a la fragmentación, la desunión y la dispersión. Parece que de nada sirviera explicar que la mayoría de los Estados del mundo son plurilingües y que serlo, aunque tenga un costo, supone una ventaja en otros terrenos.
Cuando se piensa en la inmigración española, las consideraciones lingüístico-culturales tienen una doble vertiente. No sólo se trata de la lengua de los llegados, también hay que tener en cuenta las comunidades a las que se adscriben. No está de más recordar la respuesta del capitán del F.C. Barcelona, el internacional Puyol, a su presidente, cuando Laporta afirmó que había que conseguir que los nuevos jugadores del Barcelona, especialmente los grandes fichajes, se comunicaran en catalán. La pragmática respuesta del defensa fue que lo que importaba era que jugaran bien al fútbol. Lo mismo sucede con los que recogen peras, limpian las calles o procesan la basura. Primum vivere, deinde philosophare.
Mucha gente se sorprende cuando se le dice que habla un dialecto, pero la variación es connatural a las lenguas. Lo que se entiende por hablar bien una lengua no depende de un lugar, sino de una educación, depende también de una norma, y en este sentido la escuela es fundamental. La norma es sencillamente un consenso, el resultado de un acuerdo, muchas veces tácito, otras veces codificado, entonces se habla de una norma prescriptiva e, incluso, coercitiva, si su incumplimiento lleva implícita alguna sanción. La norma lingüística tiene siempre una parte prescriptiva, pero no es la Academia, como cree mucha gente, quien prescribe, sino el uso de la sociedad, que generalmente viene determinado por la escuela. En la cultura anglosajona, los medios de comunicación han tenido la carga fundamental de esa labor prescriptiva, fuera de la escuela, y lo mismo ha ocurrido en muchos países de América Latina, pero menos en España. Conscientes de ello los medios de comunicación se procuran, desde hace tiempo, sus libros de estilo, que no son sino conjuntos de normas, que van desde las estructuras gramaticales al uso de los gentilicios, los giros sintácticos erróneos, los valores léxicos confundidos o los préstamos evitables. La escuela ha perdido, en España al menos, su función tradicional de fijación de una norma, generalmente por medio de un canon de lecturas obligatorias, unos ejercicios de composición según modelos determinados y la definición de unos clásicos, unas autoridades del idioma a las que había que imitar. Es necesario saberlo, porque explica parte de la indefensión de los maestros y profesores, especialmente aquellos que no enseñan materias lingüísticas o literarias y que han perdido el respaldo social. Hace veinte años una falta de ortografía en un examen de matemáticas implicaba un suspenso; hoy muchos profesores de matemáticas, o de las autodenominadas ciencias, discuten incluso la conveniencia de exigir unos niveles de escritura normativa aceptables. Conviene recordar que ciencia es aquello que se aprende activamente, frente a sabiduría, que es lo que ya se ha adquirido tras el aprendizaje. La gramática es, por lo menos, tan ciencia como la matemática, si no más, puesto que su proceso de aprendizaje nunca termina. Ojalá este tipo de reflexiones sirviera para diluir un debate que a veces es simplemente grotesco.
En estas condiciones, puede ocurrir que la escuela tenga ya un problema lingüístico previo, el de una comunidad monolingüe o bilingüe. Los inmigrantes, históricamente, en todas las sociedades, se inclinan por la lengua común del país al que llegan, por la sencilla y comprensible razón de que es la que les garantiza la movilidad a otra parte del territorio, si las cosas no les van tan bien como quisieran y piensan que un nuevo traslado puede mejorar su situación.
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