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Revista de Occidente 287 Revista de Occidente

Cultura al margen: inmigración, lengua e identidad

por Francisco A. Marcos Marín
Revista de Occidente nº 287, abril 2005

Número de páginas: 7
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Luego, en el siglo XVIII , tuvieron también que definir América [o sea, los EE.UU.] ideológicamente para justificar la independencia de su madre patria, que era también blanca, británica y protestante.» No hay que excluir que mucha de la indignación que provoca el artículo es porque a los lectores hispanos no les gusta que se ponga en duda su pertenencia a la raza blanca. Es innecesario entrar en la discusión de si doscientos años antes ya había una América «europea», porque sólo se conseguiría cambiar de coordenadas y el problema seguiría siendo el mismo: dos grupos separados se ven en un mismo peligro, la absorción por el otro y la pérdida de su identidad. Es curioso, porque bastaría con retroceder mil años para ver claramente que ninguna de las identidades en pugna existían entonces o, lo que es lo mismo, que esas dos identidades modernas son el resultado de procesos de integración y asimilación (la conjunción copulativa es importante) ocurridos a lo largo de los últimos diez siglos o menos incluso. Lo que se quiere decir es, sencillamente, que las lenguas y las otras instituciones humanas mudan. Es una verdad tan evidente como poco tenida en cuenta, porque ataca la conciencia de grupo, que racismo y nacionalismo expresan en su grado máximo.
La invención de la historia
Los inventores de la historia crean mitos que permanecen como imágenes y son muy difíciles de desarraigar. Américo Castro dedicó la mayor parte de su vida a deshacer el mito de que había españoles antes de los Reyes Católicos, lo que no quiere decir que no se estuviera construyendo España, sino simplemente que España no es Hispania, la unidad geográfica que sirvió de marco al fallido proceso de constitución de lo que, con Luis de Camoens, podría llamarse Hespaña. Séneca no era español, los visigodos no eran españoles, Maimónides o Averroes no lo eran. El término (de origen ultrapirenaico por cierto) existe, pero su contenido es distinto.
Cuando Alfonso X pone en boca de Alfonso VIII, antes de la batalla de las Navas de Tolosa, la frase «todos nos somos españoles», para referirse a los guerreros de los reinos peninsulares, no tiene una conciencia de España como la de Fernando V, sino la de la unidad geográfica de la Hispania romana y el ideal de la reconstrucción de un territorio cristiano. Lo que quiere decir es «dentro de este grupo de cristianos, nosotros somos los que, además, vivimos en este trozo de tierra, de manera que somos los más afectados por estos enemigos musulmanes». Dicho de otro modo, el contenido de la palabra español en el siglo XIII era muy distinto del que tomó desde finales del XV , porque la realidad y, sobre todo, la manera de concebirla, eran radicalmente diferentes.
A pesar de Américo Castro, insistamos en ello, esta postura dio origen a un nuevo mito, el de la idílica convivencia de cristianos, moros y judíos. Basta con leer bien las páginas que el maestro dedica al sepulcro de Fernando III el Santo para entender que ése no era su propósito, sino este otro: el único modo de evitar la contienda es aceptar y respetar la diversidad; el rey, es decir, la ley, es quien armoniza a súbditos desiguales, pero la desigualdad existe.
No se afirma una realidad, se propone un objetivo. La convivencia de las tres castas, por usar el término de don Américo, fue, por lo menos, tensa, en un lado y en otro. Maimónides tuvo que convertirse al islam y exiliarse, volvió al judaísmo en Egipto, fue de nuevo perseguido y su vida fue cualquier cosa menos personalmente tranquila. Usarlo como símbolo de tolerancia es no entender su mensaje, que no es sino una crítica a la realidad exterior.Quienes lloran con Boabdil o se sienten herederos de los granadinos expulsados han perdido sencillamente la conciencia de su identidad histórica, porque los andaluces de hoy, como demuestran sus rasgos lingüísticos, bien estudiados por Antonio Llorente, Gregorio Salvador o Diego Catalán, son los descendientes de los leoneses, los castellanos o los aragoneses, no de los andalusíes, ni de los granadinos, que tampoco es lo mismo (en la Granada árabe sólo se hablaba de al-Andalus para referirse al pasado, el presente era otra cosa.) Quienes además se sienten herederos de musulmanes obligados a cristianizarse cometen una más grave ofensa contra la memoria de sus ascendientes, cuyo principal elemento de unión y de lucha contra el musulmán era precisamente su fe cristiana. Hacen buena la frase de Horacio: Nos numerus sumus, et fruges consumere nati. ¿Los que hace dos mil años entendían esa frase eran españoles? Parece que no, serían hispanorromanos, romanice, de donde viene «romance».
El otro lado de la medalla procede del hispanismo árabe: a fuerza de crear el mito de al-Andalus, han conseguido que el imaginario colectivo musulmán se imagine España como una tierra musulmana que hay que recuperar para conseguir la salvación de sus habitantes del único modo posible, dentro del islam. Lejos de mí la idea de que un Hussain Mones o un Mahmud Ali Makki pudieran sentirse próximos a Bin Laden; pero los pueblos se mueven por vagos ideales, no por meditadas lecturas de sesudos ensayos. Por otra parte, las sociedades cambian porque quienes las componen piensan y actúan de otra manera, según sus necesidades. En los Estados Unidos de principios del siglo XX hacía falta mano de obra para las comunicaciones, sobre todo los ferrocarriles, y para la agricultura. Se envió personal a México para reclutar esos trabajadores.
Cuando, en los años cuarenta, el desarrollo de la agricultura estacional requirió la presencia de braceros mexicanos se puso en pie el proyecto llamado precisamente Bracero, que se ocupaba de una inmigración mexicana organizada. La actitud hacia estos trabajadores era muy diversa de la actual. Entre Ciudad Juárez y El Paso se tiende el puente de Santa Fe, símbolo hoy de separación, pero entonces, en cambio, punto de ingreso en los EE.UU. de obreros mexicanos a los que esperaban atractivas ofertas de trabajo. Los norteamericanos, por supuesto, no trataban de pagar ninguna supuesta deuda histórica de la anexión de buena parte del territorio de la Nueva España un siglo antes; simplemente tenían trabajo y necesitaban mano de obra. Los mexicanos necesitaban trabajo y dinero, no iban de reconquista. Las gentes se habían reajustado naturalmente, sin necesidad de que nadie les reinventara una historia que nunca ocurrió y que, por tanto, no podía tener errores, fuera de la inanidad, por supuesto.
Esos supuestos argumentos históricos requieren muchas veces su poquito de sal. Los territorios de la Nueva España que los norteamericanos se incorporaron el 2 de febrero de 1848 por el tratado firmado en la localidad de Guadalupe Hidalgo, hoy parte de la delegación Gustavo A. Madero, en la ciudad de México, habían pertenecido al México independiente únicamente veintiocho años y muchos de ellos de manera sólo oficial. Habían sido parte de los reinos de España durante los trescientos años anteriores a la independencia y muchos de los descendientes de esos habitantes de entonces se consideran descendientes de españoles, con lo que, a su vez, reconstruyen y mitifican su propia historia, porque, evidentemente, la independencia de México es una realidad histórica, que ningún voluntarismo puede suprimir. No hay ninguna España a la que puedan adscribirse los neomexicanos que se ven como españoles y que sólo lo son diacrónicamente, porque su sincronía es sencillamente estadounidense.
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