El «mesurado» tratamiento concedido a Mulan y la ocasional desviación
de las fórmulas favoritas de Disney fueron por tanto un modo de mostrar
«respeto» hacia la leyenda original, un gesto de cortesía
que no cambia el hecho de que Mulan representa la transculturación de
una historia étnica a manos de un gigante transnacional. Para los directivos
de Disney, ni el coste ni las dificultades para interpretar otra cultura eran
un problema real, pero pensaban que una fusión cultural que sobrepasase
el nivel de su exitosa fórmula era innecesaria a la hora de conseguir
beneficios para la compañía.
El aire «auténtico» de la película daba a la actualización
de la fórmula un aire fresco y exótico, pero era importante no
destruir el contexto original, dada la importancia del mercado chino. El nivel
de hibridismo de estos productos es, por tanto, de naturaleza instrumental,
y no se diferencia del que se encuentra en la mayoría de los anuncios
transnacionales y de los seriales televisivos localizados. La diferencia entre
Ang Lee y Tony Bancroft es por tanto no sólo la diferencia entre un productor/director
independiente de reputación asentada y un típico ejecutivo transnacional,
sino que atañe también a los objetivos: el logro de una misión
cultural y la producción de otro éxito de taquillas. Tanto Mulan
como Tigre y dragón son productos hibridizados, pero el propósito
y los resultados de sus operaciones de reculturación son claramente diferentes.
En Tigre y dragón había un raro intento de reflexión dialéctica.
La paradoja está en que a través de ella no se pretendía
llegar a la fusión cultural, sino ofrecer una versión contemporánea
de un clásico chino que resultase aceptable en Occidente, así
como cambiar los estereotipos de las películas de artes marciales. Al
planteársela como una película china moderna, Lee intenta deconstruir
los estereotipos del cine, la cultura y la lengua china. Lo que los críticos
advirtieron fue la ausencia en la historia de valores tradicionales como la
jerarquía social, el cambio en el estilo de presentación, y la
falta por tanto de «carácter chino» del conjunto. Sin embargo,
para el equipo que realizó la película, carácter chino
y autenticidad no excluían creatividad ni innovación.
A propósito de la «autenticidad» cultural de Tigre y dragón,
Schamus sugiere que el orientalismo está tanto en la percepción
de lo que uno es desde la perspectiva de los colonizadores como en la percepción
de lo que uno no es desde la perspectiva de los colonizadores. Shamus afirma
que Tigre y dragón fue criticada por no ser auténticamente china
o asiática debido a que la idea de que uno puede llegar a atesorar conocimientos
en distintas áreas culturales para incorporarlos a la propia cultura
es una idea y una prerrogativa occidental. Se espera que los otros -los
no occidentales- se mantengan fieles a sus géneros y cultiven la
autenticidad, al modo en que lo haría «un panda en un zoo»,
como dijo Ang Lee. Desde esta perspectiva, un producto chino que excluya determinados
atributos culturales chinos e incorpore elementos occidentales es una «falsificación»,
resultado de la «perversión cultural».
Este punto se relaciona con un importante tema que durante mucho tiempo la literatura
ha pasado por alto: la naturaleza y características de los productos
híbridos, más allá de la exhibición de rasgos prevenientes
de las culturas originales. Muchos, incluido el mismo Schamus, atribuyeron el
éxito de Tigre y dragón en el mercado occidental a lo que en la
película se identifica como oriental, y su éxito (o fracaso) en
Asia a lo que en la película se identifica como occidental. La atención
se centró inmediatamente en la cuestión del carácter chino,
oriental, de la película, y había menos interés, cuando
no verdadera resistencia, a juzgar el filme según sus méritos.
¿Qué puede ser un producto cultural si no es «ni de aquí
ni de allá»? Etiquetar un producto cultural como «falso»
o «auténtico» presupone la existencia de un modelo que simplemente
no existe.
El caso de Tigre y dragón supone que el cine moderno no debería,
ni tal vez podría, quedar limitado por unas fronteras nacionales o estéticas,
ya que quienes hacen películas se apropian de «todo lo que puede
divertir», o de todo lo que los productores puedan crear. No es un secreto
que una gran mayoría de las películas históricas y seriales
que llenan los cines y los canales de televisión de la Gran China también
han sido «desculturalizados». Los personajes femeninos ya no soportan
la tiranía de las normas patriarcales, los plebeyos hacen con toda naturalidad
bromas sobre los emperadores.
El «espíritu chino» de estos productos culturales se debe
a su capacidad para atraer y suscitar la identificación de los espectadores
de las sociedades chinas contemporáneas, y no a que reflejen con fidelidad
las imágenes estereotipadas de la China feudal. Ulf Hannerz nos ha recordado
que las culturas son fluidas por naturaleza, que están en perpetuo movimiento
como resultado de un diálogo e interacción constantes dentro de
cada cultura y con el mundo exterior. Bajtin y Lévi-Strauss, cada uno
desde su propia perspectiva, señalaron que todas las culturas son híbridos.
Sin embargo, también es importante señalar que el movimiento constante
y la incorporación de otros elementos traen consigo nuevas características,
nuevas distinciones y nuevas similitudes. Desde esta perspectiva, la hibridación
y la globalización tal vez conduzcan a la pérdida de la singularidad
cultural de los productos culturales -y también de las culturas.
Pero al perder lo que allá había conseguimos algo nuevo, fresco,
algo que supone un nuevo híbrido. Sólo si perdemos de vida la
naturaleza dinámica de la cultura y nos encerramos en una búsqueda
de esencialismo cultural la hibridación de los productos culturales llevará
necesariamente a una rancia homogeneidad. La globalización puede haber
intensificado el proceso y la escala de la hibridación de la producción
cultural, puede favorecer determinados elementos en detrimento de otros, pero
apenas ha modificado la naturaleza del proceso.
Traducción: R. V.