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Revista de Occidente 286 Revista de Occidente

Historia de dos películas. Globalización e hibridación en la producción cultural

por Georgette Wang y Emilie Yueh-yu Yeh
Revista de Occidente nº 286, marzo 2005

Número de páginas: 7
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Mulan no se ajusta al destino femenino según lo fijan los respetables criterios patriarcales, y Mushu carece de la estatura y los poderes místicos que corresponden a un dragón chino, pero al final ambos demuestran su valía. Mulan se hace pasar con éxito por soldado y conductor de hombres, lo que consigue cuando los hermanos de su banda se infiltran en el palacio y, travestidos, derrotan a los hunos. Mushu obtiene la misión de ayudar a Mulan porque pretende ser el gran dragón de piedra. Engaña al principal antepasado y en la siguiente escena trata de engañar a Mulan (el caballo de ella le dará una buena paliza), pero se prueba a sí mismo que sirve para algo a pesar de su diminuto tamaño.
Mulan y Mushu se imponen a través de la impostura y el engaño al tiempo que logran mantener sus personalidades reales. El «mensaje» de la película, como la canción del final, «Sé fiel a tu corazón», explicita, es que la autenticidad no depende del papel social de cada uno, sino de lo que uno es por dentro, así como de la necesidad de asumirlo. Al final, Mulan consigue cumplir las expectativas de su padre, restaura el honor familiar y, como es habitual en las heroínas de Disney (J. Wasco), encuentra a su príncipe azul. Este tipo de final sólo es posible en la imaginación popular, pero no en la realidad, del mismo modo que en las sociedades feudales chinas el honor familiar nunca ha dependido de las hijas.
Los valores que la película defiende no son simplemente los del amor a la familia o la libertad individual, sino más en concreto el valor de la autenticidad, el reconocimiento de la identidad propia, y la celebración del triunfo de la voluntad y la victoria de los desfavorecidos. Valores todos ellos habituales en los grandes éxitos de Hollywood (G. Wang).
De este modo la historia, aunque ambientada en la antigua China, es decididamente moderna y norteamericana, y en ella el oscuro pasado del «otro» está representado por dos personajes menores pero enojosos, la casamentera y el primer ministro, una quisquillosa guardiana de la feminidad tradicional y un burócrata convencional y mezquino que sólo se preocupa por las reglas. Los dos compendian las vetustas tradiciones y prácticas de la China feudal, todo aquello a lo que se opone la moderna Mulan de Disney.
Con las doctrinas confucianas de lealtad, piedad filial y feminidad ideal representadas como ideologías antiguas, cuando no primitivas, la introducción de la igualdad de género y los modernos conceptos de feminidad, y la difuminación de los cambios de género característicos del teatro chino, la historia de Mulan se convertía en una leyenda intemporal que se dirige al público familiar de Disney y celebra los universales y aculturales valores del amor, el coraje y la independencia. Hasta la historia de los conflictos entre los chinos y los llamados bárbaros del norte es presentada como un tipo de guerra medieval que podría ocurrir en cualquier lugar y en cualquier momento de la historia de la humanidad.
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Lo que los productores de Disney han hecho con el romance chino de Mulan no carece por supuesto de precedentes. Igual que la piedad filial y la lealtad, el tema de la jerarquía social, que tiene una importancia fundamental en la novela, quedó arrinconado en la versión cinematográfica. Como Mulan, Tigre y dragón es una romántica historia de artes marciales que se centra en la lucha de una muchacha por descubrirse a sí misma. El dragón oculto del título se refiere a la capacidad para las artes marciales de Jiaolong (o Jen), que se mantiene en secreto debido a su origen, ya que es hija de un funcionario imperial. La pasión secreta de Jen es el jianghu, el mundo al margen de la ley de los bajos fondos de bandoleros y escoltas. Como Mulan, Jen tiene una doble vida; practica sus artes marciales con propósitos oscuros, anárquicos. A diferencia de su maestra Jade Fox, no es una villana, sino un ser prodigioso, extraordinariamente dotado, que necesita un guía. Sus artes marciales tienen que refinarse, convertirse en las virtudes de justicia y benevolencia que representan sus buenos mentores, Yiu Xulian y Li Mubai. Aquí nos encontramos con el problema central del proceso de deculturación, porque la domesticación de Jen por medio de un matrimonio concertado se subordina a la lucha por el control de sus artes marciales.
La compatibilidad de rango y jerarquía social era probablemente el primer elemento a considerar en todos los matrimonios de la China feudal. La suma importancia de las jerarquías sociales harían imposibles los encuentros sexuales entre Jen, nacida de familia noble, y Lo, el Tigre del título, y por tanto fueron cuidadosamente construidos en la novela de Wang Dulu. Primero viene la desaparición de la hostilidad cuando Lo, el carismático jefe de los bandidos, salva a Jen de morir en el desierto al tiempo que se obliga a mantenerse apartado de ella, como corresponde a un caballero. En segundo lugar se produce la desaparición de la distancia jerárquica cuando Lo relata a Jen la tragedia de su familia, dejando ver que no es un hombre de humilde cuna y que posiblemente tiene un origen respetable, compatible con el de ella. Finalmente se da la eliminación de la distancia física cuando Jen, en un acto de autodefensa, agrava sin proponérselo las heridas de Lo. Su terrible sufrimiento despierta la simpatía de la muchacha, que acude en su ayuda, una acción que terminará desencadenando el amor y la pasión. Sin embargo, en el tratamiento que la película da a su romántico encuentro, el sexo y la pasión sustituyen a la sutileza y el decoro. Cuando a James Schamus le pidieron que reescribiera una escena de amor entre Jen y Lo de forma que resultase romántica para una mentalidad moderna, añadió al guión cielos estrellados, estrellas fugaces, un desierto y soledad (Zhang y Lee, 2002: 298-9). Con la soledad liberando a la pareja de las constricciones sociales, ese telón de fondo favorece la desaparición de la distancia personal y justifica el estallido de las pasiones. La secuencia omite informaciones cruciales sobre los orígenes de Lo, que son la clave para el cambio de actitud de Jen, que pasa de la animosidad a la simpatía. En vez de ello, Ang Lee destaca la tendencia obstinada e intuitiva del carácter de Jen, lo que hace que su vida se guíe más por el ímpetu de la emoción que por la racionalidad.
En la novela, el tema de la compatibilidad social obsesiona constantemente a Jen. Wang Dulu describe repetidamente su dilema y subraya la contradicción entre sus decisiones y sus sentimientos. Pero en la película Jen es descrita como un personaje relativamente plano, desprovisto de cualquier profundidad psicológica. Esta importante diferencia puede explicar el cambio que Lee lleva a cabo al final de la película. La última parte de la novela empieza con un misterioso plan cuidadosamente elaborado por Jen. El plan resulta ser la escenificación de su propio suicidio para poder reunirse con su amante, Lo. Sin embargo, la historia no acaba con su fuga, como esperarían los lectores. En vez de ello, Jen desaparece voluntariamente tras una romántica noche con él.
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