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Revista de Occidente 286 Revista de Occidente

Historia de dos películas. Globalización e hibridación en la producción cultural

por Georgette Wang y Emilie Yueh-yu Yeh
Revista de Occidente nº 286, marzo 2005

Número de páginas: 7
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La globalización se ha visto como un proceso, pero también como un proyecto; como una realidad, pero también como una idea (Mattelart). Existe un permanente debate sobre su aparición, definición y resultado final. Muchos creen que con el auge de la globalización surgirá una cultura global. Pero las opiniones se dividen cuando se trata de decidir cuál será la naturaleza de esa cultura: ¿será un sistema único y homogéneo caracterizado por la convergencia y la presencia de lo «universal» en lo «particular» (Wallerstein), o un conjunto de «particularismos» que destaque unas interconexiones a larga distancia (Hannerz)? Con el ascenso del postcolonialismo, el concepto de hibridismo se ha convertido en una nueva faceta del debate sobre la cultura global en las ciencias sociales
El hibridismo abre lo que H. Bahbha llama «un tercer espacio» cuyos elementos se transforman recíprocamente (R. Young; N. Papastergiadis). Es, al mismo tiempo, el lugar de lucha y resistencia contra las potencias imperialistas (Kraidy). Con el fin de abolir las distinciones entre centro y periferia y otras formas de oposición binaria, esta interpretación post-colonial del cambio cultural se aparta significativamente del modelo de difusión lineal «de Occidente hacia el resto». Supone un desafío directo al esencialismo, según Pierterse, al desestabilizar el concepto introvertido de cultura oculto bajo ideologías como el nacionalismo romántico, el racismo y el esencialismo cultural. Nos ayuda a liberarnos de los límites de la nación, la comunidad, la identidad étnica o la clase, al presentarnos un «caleidoscopio de experiencia colectiva en movimiento».
La hibridación ofrece un resultado de la globalización cultural que no es la occidentalización hegemónica o la diversidad postmoderna. Sin embargo, el concepto de hibridación no llega a reconocer las desigualdades estructurales, y ha sido acusado de convertirse en un discurso neocolonial cómplice del nacionalismo transnacional. Otra debilidad del concepto (ésta quizá más fundamental) radica en su poder intelectual. La historia de la hibridación de las culturas metropolitanas, como indica J. N. Pierterse, muestra que, con sus altos y bajos, sus aceleraciones y desaceleraciones, ha estado produciéndose sin pausa. Por otra parte, la hibridación no es una característica propia sólo de determinadas sociedades; el espectro de la criollización, como ha observado U. Hannerz, se extiende de la metrópolis del Primer Mundo a la aldea del Tercero.
Así pues, el hibridismo continúa siendo «la condición de todas las culturas humanas, que no contienen áreas puras por estar sufriendo continuos procesos de transculturación», como concluye R. Rosaldo. En este sentido, la hibridación es una tautología, y la globalización no provoca otra cosa que la hibridación de culturas que ya son híbridas.
La escasez de investigaciones sobre este tema expresa los dilemas políticos y ontológicos que conlleva la utilización del concepto como instrumento de análisis (M. M. Kraidy). En ninguna parte podemos encontrar tan abundantes y convincentes pruebas de la hibridación de lo híbrido como en los productos culturales, en la medida en que la imitación, el préstamo, la apropiación, el aprendizaje recíproco y la representación socavan cualquier posibilidad de producción cultural original. En un entrevista publicada en el New York Times, Baz Luhrmann, director de Moulin Rouge, admitía que la idea de combinar en su película alta comedia, tragedia, canciones y bailes estaba profundamente influida por el cine de Bollywood.
A su vez, a la hora de buscar inspiración, las películas de Bollywood recurren a relatos mitológicos, clásicos, folclóricos, al teatro moderno, a la televisión musical (MTV) y a Hollywood, y son por tanto híbridos en sí mismas (A. Ciecko). En el negocio de la producción cultural, los límites y restricciones sirven sólo para reprimir la creatividad, no para reforzarla.
La cuestión no es encontrar pruebas de hibridación en los productos culturales, sino, asumidas las prácticas globalizadas en la producción de las industrias culturales, descubrir los términos y condiciones en que se desarrollan, la forma en que se ha alcanzado la hibridación, y las características culturales que los productos finales exhiben. Como ha señalado J. M. Chan, asistimos a un «toma y daca» entre culturas que se encuentran, a un complejo y multifacético juego de fuerzas. Sin embargo, se siguen planteando urgentes cuestiones sobre quién da y quién toma qué, cuál ha sido el resultado de ese dar y tomar dentro del marco industrial existente, y qué consecuencias tienen para el debate sobre la globalización las respuestas a esas preguntas.
Deculturación, aculturación y reculturación
A medida que la televisión por cable y por satélite proliferaba se multiplicaba por más de veinte. Esta demanda ha llevado a la localización de los productos globales y a la globalización de los productos locales a una escala sin precedentes. El fenómeno permite a los productores tomar en préstamo ideas para ilustrar un modelo de historia establecido o llevar a cabo ajustes de contenido que respondan a las necesidades de un público distinto, pero también crea la obligación de adaptar, presentar bajo un nuevo envoltorio o transformar un producto existente para hacerlo más atractivo a diferentes grupos de espectadores.
Con este objetivo -o simplemente como reflejo del modo en que hoy se organiza la producción- ha surgido un conjunto de estrategias de diseño de contenidos que quitan, incorporan, transforman o redefinen elementos relacionados con la localización geográfica, la época, la situación social, política y económica o determinados valores y prácticas culturales.
C. C. Lee usa el término «deslocalización» para describir la pérdida de importancia de los elementos locales con el fin de crear contenidos que sean «más aceptables» para un público más amplio y diversificado en la forma (con el doblaje, por ejemplo) y en el contenido, y el término «relocalización» para describir la incorporación de elementos locales a productos transnacionales. Los mismos conceptos sirven para describir la globalización de productos locales y la localización de productos globales.
En películas como Mulan (Tony Bancroft y Barry Cook, 1998) el significado de «local», que al principio hacía referencia al factor espacial, se amplía hasta abarcar una combinación de lo espacial y lo temporal, o, concretando más, adquiere una denotación cultural. Por medio del proceso de deculturación, todos los elementos culturales específicos -incluidos los étnicos, históricos o religiosos- que dificultan la recepción intercultural o son juzgados inapropiados para un nuevo estilo de presentación, pueden adaptarse a un modelo narrativo familiar que disminuya las diferencias culturales y garantice su comprensión por parte de distintos grupos de espectadores.
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