La globalización se ha visto como un proceso, pero también como
un proyecto; como una realidad, pero también como una idea (Mattelart).
Existe un permanente debate sobre su aparición, definición y resultado
final. Muchos creen que con el auge de la globalización surgirá
una cultura global. Pero las opiniones se dividen cuando se trata de decidir cuál
será la naturaleza de esa cultura: ¿será un sistema único
y homogéneo caracterizado por la convergencia y la presencia de lo «universal»
en lo «particular» (Wallerstein), o un conjunto de «particularismos»
que destaque unas interconexiones a larga distancia (Hannerz)? Con el ascenso
del postcolonialismo, el concepto de hibridismo se ha convertido en una nueva
faceta del debate sobre la cultura global en las ciencias sociales
El hibridismo abre lo que H. Bahbha llama «un tercer espacio» cuyos
elementos se transforman recíprocamente (R. Young; N. Papastergiadis).
Es, al mismo tiempo, el lugar de lucha y resistencia contra las potencias imperialistas
(Kraidy). Con el fin de abolir las distinciones entre centro y periferia y otras
formas de oposición binaria, esta interpretación post-colonial del
cambio cultural se aparta significativamente del modelo de difusión lineal
«de Occidente hacia el resto». Supone un desafío directo al
esencialismo, según Pierterse, al desestabilizar el concepto introvertido
de cultura oculto bajo ideologías como el nacionalismo romántico,
el racismo y el esencialismo cultural. Nos ayuda a liberarnos de los límites
de la nación, la comunidad, la identidad étnica o la clase, al presentarnos
un «caleidoscopio de experiencia colectiva en movimiento».
La hibridación ofrece un resultado de la globalización cultural
que no es la occidentalización hegemónica o la diversidad postmoderna.
Sin embargo, el concepto de hibridación no llega a reconocer las desigualdades
estructurales, y ha sido acusado de convertirse en un discurso neocolonial cómplice
del nacionalismo transnacional. Otra debilidad del concepto (ésta quizá
más fundamental) radica en su poder intelectual. La historia de la hibridación
de las culturas metropolitanas, como indica J. N. Pierterse, muestra que, con
sus altos y bajos, sus aceleraciones y desaceleraciones, ha estado produciéndose
sin pausa. Por otra parte, la hibridación no es una característica
propia sólo de determinadas sociedades; el espectro de la criollización,
como ha observado U. Hannerz, se extiende de la metrópolis del Primer Mundo
a la aldea del Tercero.
Así pues, el hibridismo continúa siendo «la condición
de todas las culturas humanas, que no contienen áreas puras por estar sufriendo
continuos procesos de transculturación», como concluye R. Rosaldo.
En este sentido, la hibridación es una tautología, y la globalización
no provoca otra cosa que la hibridación de culturas que ya son híbridas.
La escasez de investigaciones sobre este tema expresa los dilemas políticos
y ontológicos que conlleva la utilización del concepto como instrumento
de análisis (M. M. Kraidy). En ninguna parte podemos encontrar tan abundantes
y convincentes pruebas de la hibridación de lo híbrido como en los
productos culturales, en la medida en que la imitación, el préstamo,
la apropiación, el aprendizaje recíproco y la representación
socavan cualquier posibilidad de producción cultural original. En un entrevista
publicada en el New York Times, Baz Luhrmann, director de Moulin Rouge, admitía
que la idea de combinar en su película alta comedia, tragedia, canciones
y bailes estaba profundamente influida por el cine de Bollywood.
A su vez, a la hora de buscar inspiración, las películas de Bollywood
recurren a relatos mitológicos, clásicos, folclóricos, al
teatro moderno, a la televisión musical (MTV) y a Hollywood, y son por
tanto híbridos en sí mismas (A. Ciecko). En el negocio de la producción
cultural, los límites y restricciones sirven sólo para reprimir
la creatividad, no para reforzarla.
La cuestión no es encontrar pruebas de hibridación en los productos
culturales, sino, asumidas las prácticas globalizadas en la producción
de las industrias culturales, descubrir los términos y condiciones en que
se desarrollan, la forma en que se ha alcanzado la hibridación, y las características
culturales que los productos finales exhiben. Como ha señalado J. M. Chan,
asistimos a un «toma y daca» entre culturas que se encuentran, a un
complejo y multifacético juego de fuerzas. Sin embargo, se siguen planteando
urgentes cuestiones sobre quién da y quién toma qué, cuál
ha sido el resultado de ese dar y tomar dentro del marco industrial existente,
y qué consecuencias tienen para el debate sobre la globalización
las respuestas a esas preguntas.
Deculturación, aculturación y reculturación
A medida que la televisión por cable y por satélite proliferaba
se multiplicaba por más de veinte. Esta demanda ha llevado a la localización
de los productos globales y a la globalización de los productos locales
a una escala sin precedentes. El fenómeno permite a los productores tomar
en préstamo ideas para ilustrar un modelo de historia establecido o llevar
a cabo ajustes de contenido que respondan a las necesidades de un público
distinto, pero también crea la obligación de adaptar, presentar
bajo un nuevo envoltorio o transformar un producto existente para hacerlo más
atractivo a diferentes grupos de espectadores.
Con este objetivo -o simplemente como reflejo del modo en que hoy se organiza
la producción- ha surgido un conjunto de estrategias de diseño
de contenidos que quitan, incorporan, transforman o redefinen elementos relacionados
con la localización geográfica, la época, la situación
social, política y económica o determinados valores y prácticas
culturales.
C. C. Lee usa el término «deslocalización» para describir
la pérdida de importancia de los elementos locales con el fin de crear
contenidos que sean «más aceptables» para un público
más amplio y diversificado en la forma (con el doblaje, por ejemplo)
y en el contenido, y el término «relocalización» para
describir la incorporación de elementos locales a productos transnacionales.
Los mismos conceptos sirven para describir la globalización de productos
locales y la localización de productos globales.
En películas como Mulan (Tony Bancroft y Barry Cook, 1998) el significado
de «local», que al principio hacía referencia al factor espacial,
se amplía hasta abarcar una combinación de lo espacial y lo temporal,
o, concretando más, adquiere una denotación cultural. Por medio
del proceso de deculturación, todos los elementos culturales específicos
-incluidos los étnicos, históricos o religiosos- que
dificultan la recepción intercultural o son juzgados inapropiados para
un nuevo estilo de presentación, pueden adaptarse a un modelo narrativo
familiar que disminuya las diferencias culturales y garantice su comprensión
por parte de distintos grupos de espectadores.