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Revista de Occidente 283 Revista de Occidente

Tres meditaciones sobre arte y música

por Klaus Huber
Revista de Occidente nº 283, diciembre 2004

Número de páginas: 3
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Universitaria de Basilea. Al inicio de mis estudios musicales, durante los cuales mi profesor Willy Burckhardt me hizo conocer en música antigua sobre todo a Han Leo Hassler y a Leonhard Lechner, descubrí la obra de Perotinus y la escuela de Notre-Dame y tengo que reconocer que el Organum quadruplum , Sederunt principes me produjo una enorme impresión. Escuché luego en la Tonhalle de Zurich una adaptación para orquesta de un compositor del mismo Zurich, que no me gustó nada y decidí entonces hacer una versión instrumental propia. Fue mi primera obra para orquesta. Tengo que reconocer, sin exagerar nada, que este encuentro con la música de Notre Dame, junto a la obra madura de Strawinsky, dieron en mí impulso a la creación artística. Fue precisamente esa música no tonal, ni siquiera modal, carente de un sistema armónico que determine su construcción formal, la que me hizo alejarme de la composición sin soporte tonal, no como por puntillosidad, sino como acción liberadora dirigida a conquistar una realidad musical mucho más amplia. Inmediatamente después, gracias a Erich Schmid, Webern entró en mi horizonte de conocimiento.
¿Cómo se explica mi actitud ambivalente hacia la música antigua? Ya desde pequeño viví la herencia histórica como algo que amaba y admiraba, pero también como un pesado lastre. No sólo me parecía admirable sino también un poco agobiante, y en cualquier caso, difícilmente transferible al modelo de pensamiento musical que entonces defendía como modelo utópico. Recuerdo cómo un día, durante un largo paseo por el bosque, sentí un verdadero sobresalto reflexionando hasta el final sobre este tema y cómo tomé entonces la decisión de no memorizar en adelante ningun tipo de música... lo cual he conseguido llevar a cabo con asombroso éxito hasta el presente.
Ambivalencia: huida radical y profunda del querido pasado sonoro. Una decisión así -sobre todo en la juventud- no se toma nunca desde una posición sólida. Muy al contrario, se trata de un inmenso esfuerzo de represión.
Ambivalencia: el eterno retorno a los compositores más queridos, a sus obras más admiradas.¡ Para mí, componer es a priori un acto de liberación, siempre proyectado al futuro. Soy incapaz de imaginar un inicio compositivo de «segunda mano». Las obras que compuse relacionadas con Willy Burckhardt las entiendo más como ejercicios compositivos que como verdaderas composiciones. Tuve el ambicioso proyecto de inventar mis propias técnicas y procedimientos compositivos y de renovarlos en cada obra. Pero como entonces me encontraba en un terreno históricamente inseguro, es decir, vivía en un entorno provinciano, donde los avances de comienzos de los 50 llegaban con cinco o seis años de retraso, resultó que mis «descubrimientos» no eran tan innovadores como pensaba.
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