«La posición de la música en el universo se determina a partir de su representación del tiempo. No sólo representa el tiempo a través del elemento rítmico, sino también a través del material sonoro, porque los sonidos son elementos de sucesiones sonoras, entre las que se establece una tensión que determina a la vez los procesos del movimiento. Cada tono aislado se define por la frecuencia de sus vibraciones y por su duración. Es, por tanto, un fenómeno puramente temporal. Entendemos la música sólo si sabemos qué es y cómo es la noción de tiempo, y a su vez entenderemos lo que es el tiempo si entendemos la música... Si la tesis de que la música es representación del tiempo es correcta, se deduce que cada obra conseguida musicalmente responde, más o menos, a una también conseguida explicación conceptual del tiempo...
»Si definimos la música como representación del tiempo, afirmamos que es capaz de proyectar en su espacio sonoro la universalidad, donde se encuentran todos los posibles...
»No es, como se suele pensar de manera uni lateral , la expresión de la intimidad del ser en conflicto con un mundo exterior que le es ajeno, pero tampoco es, tal como afirma la teoría contraria, la representación de una objetividad pura de relaciones formales determinadas matemáticamente en el tiempo. Más bien es el reflejo del tiempo como medio universal en el que confluyen dos esferas, la intimidad de la percepción subjetiva y la objetividad de la percepción del mundo exterior. La capacidad de la música de reflejar el tiempo le permite superar la fisura entre subjetividad y objetividad, remitiendo a la ancestral Entfremdung (distancia/enjenación)»( Grundlinien einer Philosophie der Musik , en Wahreit Wernunft Verantwortung , Philosophische, Studien, Stuttgart).
Me voy a basar a continuación en las reflexiones básicas planteadas por Georg Picht.
La música es una representación inmediata del tiempo, tal y como lo percibe el hombre. Y es el arte la forma de expresión humana que posee esta condición en su forma más pura.
Strawinsky ya sugirió esta idea hace cuarenta años en su famoso escrito Poética musical . Y también lo hicieron numerosos teóricos de la música -tenemos que retroceder mucho en el tiempo para encontrar los primeros escritos en la Antigüedad clásica, especialmente de Platón y Aristóteles. No es por tanto una idea nueva, pero sin embargo se ha relacionado demasiado poco con lo que llamamos «cambios de estilo» en la música. Pero es cierto que el aficionado a la música -y reconozco que un buen porcentaje de músicos también- defiende de una manera abierta o siente un deseo oculto de que perduren -o al menos de que si cambian, lo hagan sólo de un modo imperceptible- los queridos estilos de la música clásica en las composiciones actuales. Aquí concuerda perfectamente con su actitud la célebre frase en el momento de la visión inalcanzable: «¡Oh, permanece así, eres tan bella!»
De esta actitud resulta que toda variación respecto a su propia visión de la música, una vez asimilada, se recibe con una notable desconfianza. Cada revolución de estilo en el ámbito de la música ha provocado, y provoca, más o menos violentas protestas. Con frecuencia se ve en ello un prescindir innecesario de lo habitual, lo heredado y lo probado, cuando no una irresponsable y petulante destrucción del legado cultural. Algo así como: si los compositores no buscaran siempre de un modo tan terco y malévolo, y a cualquier precio, la extravagancia de la novedad, hubiésemos podido dejar todo como estaba. Ésta es más o menos la opinión del aficionado medio y el de no pocos músicos profesionales.
Algo más tolerante, pero no más convincente, es la idea de que «Hemos llegado a la modernidad, pero todo tiene un fin, así ocurrió con la música romántica. Tenemos que conformarnos con los experimentos que realizan, con su mejor voluntad, los compositores actuales...»
En esta actitud puede comprobarse que las transformaciones más relevantes que han hecho avanzar a la música resultaron de una modificación en la conciencia humana.
Mantener la conciencia viva es una condición previa al desarrollo de la auténtica capacidad creativa del hombre. Me centro aquí en un único pero fundamental componente de la imagen actual del mundo y trato de explicar los cambios en la percepción del tiempo porque -como se ha venido viendo- la música es el arte que más próximo se encuentra a dicha dimensión.
Existen otras variables que aquí no voy a tratar, pero que inciden igualmente en el compositor, tales como la teoría de la relatividad, la matemática moderna, la física, la nueva imagen del hombre que nos aportan la psicología y la medicina, la nueva experiencia del tiempo y del espacio, la rapidez del teléfono, la radio y la televisión, que permiten una simultaneidad de emisión y recepción, y otros muchos aspectos más. Con lo cual, es más que probable que a la vez que se producen estos cambios en el mundo, los propios fundamentos de la música también se modifiquen.
No quiero sin embargo predicar «Tiene que ser así y no de otro modo», tal como hizo Schönberg con su conciencia mesiánica, o como afirmó con gran lucidez Anton Webern en sus conferencias «El camino hacia la nueva música»: el dodecafonismo sería el resultado del proceso histórico-musical de los últimos trescientos años.
Hoy en día no se puede hablar de una alternativa entre música tonal y atonal, dodecafonismo o tonalidad ampliada. Son ya conceptos inválidos, que han pasado a la historia, pese al pensamiento tan obstinado como inteligente de Ernest Ansermet.
Hemos entrado en la época de la pluralidad y la relatividad. El haber hallado diversos sistemas musicales no implica que uno sea verdadero y otro falso, sino que existen múltiples aspectos parciales de una verdad suprema, todavía no lograda.
No tengo la menor duda de que, desde una perspectiva futura, todas estas nuevas opciones parecerán más próximas unas de otras y adoptarán, además, un perfil de conjunto más firme que nos permita entender mejor la imagen del mundo y la conciencia del tiempo.
Quiero demostrar, además, cómo la noción tradicional del tiempo, definida fundamentalmente por Kant, se refleja claramente en la música clásica y, ampliando el escenario, en toda la música tonal. El concepto kantiano del tiempo remite directamente a Platón y se formula como «la eternidad».
(Conferencia, hasta hoy inédita, pronunciada en Lenzerheide, Graubünden, con motivo del estreno de ASCeNSUS, julio 1969.)
Liberar lo emergente de la tradición: la relación con el legado histórico
Se me ha colgado últimamente la etiqueta de universalista musical, lo cual considero exagerado si se refiere a mi viva relación con la tradición. En realidad la relación que mantengo con las obras célebres de la historia de la música es claramente ambivalente.
Mi padre me transmitió una visión jerárquica y basada en una valoración subjetiva de la historia de la música. Era un apasionado de Heinrich Schütz (fue investigador y editor de la obra de Schütz), pero también de Bruckner. De modo complementario, sentía verdadera aversión por Brahms, también en parte por Wagner o Mahler, y en cambio un enorme respeto por Wolf y Verdi. Pude conocer e incluso temer su visión del pasado. Entonces no la lograba calificar como del todo uni lateral . Sólo coincidia plenamente con él respecto a Mozart, Bach y Schubert.
Entre mis compositores preferidos había hecho ya algunos descubrimientos propios. En mi época del colegio preparé una representación, que nunca llegaría a realizarse, de L'Incoronazione di Popea , para la que solicité prestada la partitura original a la Biblioteca