Esto se puede expresar también de otra manera: A medida que la empresa absorbe el balance de cuentas del conjunto de la sociedad, cada vez hay más ámbitos sometidos a la ideología; es como si la sociedad se compusiera de empresas individuales, o de la suma de individuos particulares, y esta ideología provoca que lo que en Schiller y en la tradición de la crítica cultural dialéctica va ligado a la cultura -a saber, la preocupación por el bienestar de la comunidad - sea completamente ignorado.
No obstante, la pregunta clave acerca de la cultura moderna es la siguiente: ¿En qué medida puedo yo, puede una institución o pueden las circunstancias contribuir a que la comunidad no se vea perjudicada? Porque en una comunidad dañada los individuos tampoco pueden configurar su vida sin sufrir daños. La cuestión central de la cultura de hoy la contemplo bajo las actuales circunstancias de la «conditio humana»; qué podemos aportar nosotros, qué responsabilidad puede asumir cada uno de nosotros de una manera muy personal, de modo que exista un delicado equilibrio entre lo particular y lo general, entendiendo lo general desde una perspectiva filosófica, no sólo como una dimensión a la que se subordina lo particular, sino haciendo que de lo particular surja una generalidad satisfactoria; esto atañe a la densidad de la comunicación entre las personas, pero también afecta decisivamente al bienestar de la comunidad. Contemplar la cultura sin tener en cuenta las distorsiones de la realidad sería para mí un acto de barbarie.
Quiero recordarles que Pierre Bourdieu ha intentado hace poco en Francia romper esa apariencia, esa apariencia objetiva, con su actividad pública, y lo ha hecho con un ejemplo que quizá no sea especialmente afortunado, pero que desde luego da en el clavo de la cuestión. Bourdieu habla de los «Pensées Tietmeyer». Como sabrán, Tietmeyer es el presidente del Bundesbank. En Le Monde le hicieron una entrevista en la que decía que «atravesamos una situación social y cultural en la que lo único que importa es crear en todas partes condiciones favorables para las inversiones». Ésta es, en cierto modo, la norma cultural suprema; con semejante franqueza se expresa el más alto funcionario del dinero en nuestro país. Sus palabras significan que la cultura está completamente sometida a la lógica del capital y del mercado. Al margen de esto, no existe ninguna lógica sociocultural. Y Bourdieu subraya con razón que todos los procesos dignos de llamarse humanos no discurren con arreglo al esquema de la economización. Y que la alineación de los individuos da lugar a que al final surjan inseguridades en los propios procesos económicos. Pero lo cierto es que por ahora este equilibrio alterado entre individuo y sociedad, entre lo particular y lo general, determina hasta tal punto lo que constituye el contexto de la cultura oficial, que precisamente por esa razón el trabajo cultural ha de interceder en favor de ese contexto. Éste marca tanto la situación social, que nadie quiere renunciar a atribuirse la etiqueta de «cultura». Si pretendemos desarrollar hoy un concepto de la cultura, es imprescindible que aceptemos la situación de nuestra época. Con ello no pretendo formular una argumentación pesimista sobre la cultura. Sólo quiero decir que habría que redefinir el concepto de cultura de varias maneras.
En primer lugar, cuando hablamos de cultura, tenemos que saber con qué recipientes, formas y unidades viables contamos. La cultura siempre tiene que ver con la dialéctica entre cercanía y distancia. Cuando la distancia se vuelve demasiado grande y las personas se integran en anónimos sistemas de jerarquías de poder, como dice Weber, el colere se queda sin terreno productivo. A los procesos laborales de ese cultivo les falta la referencia material, la ampliación de los significados, la facultad empírica concreta. Pero tampoco surgen superficies de contacto proporcionadas por el trabajo cuando sólo se mantienen relaciones de proximidad monádicas en el individuo aislado. Hoy las desviaciones en uno y otro sentido son extremas. De ahí que exista un desajuste específico en esta dialéctica entre cercanía y distancia. Mientras que algunas unidades de trabajo y de vida son demasiado pequeñas, otras son demasiado grandes.
Excesivamente pequeñas para determinados procesos de la educación y el aprendizaje son hoy las estructuras familiares. Al disociarse, ya no se crean en ellas, de manera natural, las condiciones básicas de la formación personal y social. ¿Dónde se aprende hoy a compartir, cuando ya no existen hermanos? En las familias de parejas divorciadas las tareas se reparten, pero es un reparto que viene impuesto desde fuera. No hay una justicia niveladora que se adquiera como competencia propia de la civilización. ¿Dónde se aprende hoy la confianza? ¿Y la posibilidad confiada de volver atrás?
La erosión de la familia burguesa puede no ser algo que debamos lamentar; bastante culpa ha acumulado a lo largo de la historia, pero sus funciones no pueden desaparecer sin más. Es, pues, necesario que existan nuevas unidades viables en las que haya cierto equilibrio entre distancia y cercanía. ¿Cambiar radicalmente la escuela? ¿Hogares en los que convivan diferentes generaciones bajo el mismo techo?
He percibido que gran parte de los que estudian ciencias de la cultura son mujeres, y quiero aprovechar la ocasión para desarrollar otro aspecto. Creo que hoy la cultura está tan vinculada a esta dialéctica de la cercanía y la distancia, que el cambio que se ha producido en la relación entre los sexos tiene una importancia fundamental para la creación de nuevas normas culturales y de relaciones civilizadas. Y la tiene precisamente en el sentido de que las relaciones de proximidad o cercanía tradicionalmente han sido adscritas a la mujer, a la vida femenina. El cultivo de las relaciones de proximidad, la producción y el desarrollo de la nueva vida son inimaginables sin cercanía. Pero esta adscripción social por sí misma positiva es al mismo tiempo motivo de legitimación de dominación, pues insinúa la exclusión de todo lo que constituye la tendencia universalista en esta distancia. El universalismo, el control de los afectos, la capacidad para pensar y juzgar siguen estando adscritos al trabajo retribuido de los hombres.