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La cultura pasa por aquí
Revista de Occidente 282 Revista de Occidente

¿Qué es eso de la cultura?

por Oskar Negt
Revista de Occidente nº 282, noviembre 2004

Número de páginas: 6
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No quiero creerlo; pero si así fuera, significaría que hay unas tradiciones fatales que se imponen inconscientemente, dando lugar a peligrosos desdoblamientos: frío hacia fuera, calor hacia dentro . La frialdad de la opinión pública y de la sociedad se enfrentan directamente a las relaciones de proximidad de la cultura, como sostenía Thomas Mann en su «Consideraciones de un apolítico»; esta separación entre las relaciones políticas y económicas y la ciencia de la cultura tiene como consecuencia que hoy no podamos tener acceso a una nueva definición de la cultura. Herbert Marcuse lo dijo una vez en Eros y civilización , en el capítulo acerca de la contradicción entre Eros y Thanatos. «La visión de una cultura sin represión, tal y como la hemos desarrollado a partir de una idea marginal de la mitología y de la filosofía, tiende a una nueva relación entre los instintos y la razón. La moral cultural es superada y reemplazada por la armonización entre libertad instintiva y orden: libres de la tiranía de la razón represiva, los instintos tienden a unas relaciones existenciales libres y duraderas. Crean» (y esto es para Marcuse un nuevo concepto de cultura) «un nuevo principio de realidad. En las ideas de Schiller sobre un "Estado estético" se concreta la visión de una cultura libre de represión sobre la base de una civilización madura. A partir de aquí, la organización de los instintos se convierte en un problema social» (en la terminología de Schiller, en un problema político), «como ocurre también en la psicología de Freud. Conceptos psicoanalíticos como sublimación, identificación, introyección y similares no sólo tienen un contenido psicológico, sino también social: Desembocan» (he aquí el aspecto decisivo para Marcuse) «en un sistema de disposiciones, leyes, instituciones,cosas y costumbres que al individuo le salen al paso como unidades objetivas.»
En otras palabras, Marcuse formula aquí un concepto de cultura que centra las consideraciones sobre la ciencia de la cultura en la cuestión de una dialéctica entre las producciones culturales y las instituciones sociales. ¿Cómo se pueden crear instituciones que posibiliten una conducta instintiva satisfactoria de las personas, lo que en términos freudianos se puede designar como felicidad , algo que no incrementa el malestar de la cultura ? ¿Acaso la cultura está integrada en unos contextos definidos por el entramado del poder social y los vínculos de las conductas humanas, en los que las personas con determinados rasgos distintivos de procedencia, raza y orientación religiosa quedan tal vez fuera del estatus social, y las organizaciones y las instituciones ofrecen definiciones claras de amistad y enemistad? ¿Cuál es entonces el estado de la cultura con el que hoy nos encontramos? Tanto Goethe como Kant tenían un concepto de la cultura basado en unas características inconfundibles: liberación, dignidad, consideración de la humanidad a partir de la propia persona, hospitalidad, es decir, trato con el extraño. ¿Cómo son las instituciones que corresponden a estos principios? ¿A partir de qué cultura podríamos formular hoy legítimamente un concepto de cultura?
Me remontaré al sentido originario de la cultura. «Colere», el concepto de cultura en sentido moderno, fue formulado por vez primera por Cicerón; en las conversaciones que mantenía en su casa de campo en Tusculum, hablaba de «cultura animi» y la diferenciaba de la «agricultura» . Cultura animi tiene un amplio significado; en mi traducción significa formación del alma, del espíritu y de los sentidos. Cultura animi es un proceso de producción, no de distribución de lo dado. En su sentido originario cultura significa transformación, modificación, humanización de las relaciones en bruto. Así entendida, la cultura habría que examinarla ahora a la luz de determinadas evoluciones y situaciones sociales, en las que las autointerpretaciones culturales tienen lugar dentro de unas instituciones que contribuyen a la formación de la identidad de las personas, a la reanimación de su comunicación en las relaciones laborales, al ensanchamiento de su facultad de autonomía y de juicio. Es decir, allí donde realmente se conservan en sus relaciones vitales concretas. Estoy convencido de que a la larga será inevitable que desarrollemos unas nuevas éticas profesionales . Las éticas profesionales antiguas, ya sean las de los médicos, los abogados, los empresarios, los profesores universitarios o los especialistas de la producción, están superadas. Ya no son sólidas porque las normas de las tradiciones antiguas han dejado de ser obligatorias y todavía no existen normas nuevas con un grado de obligación equivalente al antiguo. Emile Durkheim ha calificado este estado de la cultura como de anomia. De tal estado hay que partir hoy. El estado de anomia significa que aún siguen existiendo las viejas normas y las obligaciones tradicionales, pero forzosamente han perdido naturalidad; y este mundo éticamente inestable lo percibe instintivamente sobre todo la gente joven. Hay muchos jóvenes que se comprometen con movimientos de búsqueda cultural de nuevas formas de identidad y de una autoconciencia que dé sentido a otros modos y estilos de vida.
Llevar a cabo un análisis del mundo actual es igual de ambicioso que intentar definir qué es la cultura. Si no intentamos definir la crisis conceptual del mundo actual, andaremos a tientas. ¿Cuáles son los procesos de erosión con que nos encontramos hoy en día? No se trata ya sólo del cambio que sufrió en 1989 la Europa del Este; lo que ha eliminado un foco de crisis mundial, la continuidad del sistema de poder dual que amenazaba a la humanidad, sistema en el que nos educamos y fabricamos unas reglas de interpretación fáciles de comprender, al mismo tiempo ha dado lugar a que los focos de crisis se hayan multiplicado en los últimos siete u ocho años. Por ejemplo, la reunificación no tiene nada que ver con la crisis fundamental del sistema de trabajo y de la sociedad laboral. La agudiza, pero no es su causa. Y sabemos que hoy, al hablar de cultura, debemos incluir al creciente número de aquellos que no sólo son separados de la cultura y de los viejos «bienes culturales», sino que a la larga son alejados del sistema social del trabajo y, también por tanto, a la larga del reconocimiento público. Éste es un aspecto que para mí tiene importancia cultural, y modifica la pregunta acerca de lo que entendemos por cultura.
Otro aspecto a tener en cuenta sería el siguiente: Actualmente lo que domina es la ideología, en el antiguo sentido de conciencia objetivamente falsa que Marx le daba al término. Pero los objetivos, que influyen tanto en las instituciones sociales como en los individuos, introducen también un factor de verdad y de realidad. A una escala hasta ahora apenas imaginable, la racionalidad de la economía industrial (es decir, la obsesión de racionalizar las empresas individuales) ha absorbido todo lo que antes se entendía por bienestar del pueblo, por economía política, que en cierto modo era la «economía de toda la casa». Los costes que originan al conjunto de la sociedad determinadas decisiones de racionalización afectan al pundonor y el orgullo de la producción limitada de la empresa (o al presupuesto, desde el punto de vista de los gobiernos). Esto mismo pueden aplicarlo ustedes sin problemas a la universidad; también pueden verlo en la empresa de servicios o en la industria, así como en los colegios. Ninguna de estas mónadas del sistema se preocupa -desde un punto de vista cultural, ético, religioso o siquiera humanitario- de quién asume la reducción de costes.
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