Basándome en este concepto de la cultura, quisiera afirmar que la cultura no es una simple etiqueta de la realidad, sino que, con arreglo a su contenido de verdad y de sustancia, sigue designando algo paradójico, caprichoso, resistente y anticipatorio que hace saltar la realidad. Y en las imágenes acertadas, es decir, veraces de la producción cultural, Adorno y Benjamin están de acuerdo en ver en el fondo un entrelazamiento interno del progreso y la barbarie, de lo verdadero y lo falso. (La cultura es, citando para variar a Spinoza, «index sui et falsi», también un signo de lo falso.) De progreso se puede hablar en el sentido de que aquí la coincidencia entre las obras de arte y el contexto de la cultura refleja un estado de la sociedad que es el de la libertad y la justicia, y que no ha de entenderse sólo como fantasía y ensoñación, sino como anticipación mental de un orden social. Pero no sólo el poder de la palabra, que promete una comunidad fraternal, indica el contenido de verdad de la composición musical, tal y como aparece en el coro final de la oda de Schiller de la Novena Sinfonía, sino que ello depende más bien de la estructura compositiva del equilibrio dialéctico entre lo general y lo particular. Según Adorno, toda obra de arte es veraz sobre todo si plasma lo particular y lo general en una forma específica y acertada de combinaciones no violentas ; de ahí que en determinadas situaciones sociales las obras de arte tengan que reorganizarse para responder a su antiguo contenido de verdad. Voy a ilustrar lo dicho con el ejemplo de Histoire du soldat, de Strawinsky, en el que se basa Adorno. Éste dice que en su escueta y chocante estructura camelística la obra expresa la relación entre progreso y barbarie. El progreso y la barbarie están hoy en día tan enmarañados en la cultura de masas, que una historia de guerras y soldados sólo recupera la intimidad del sufrimiento individual mediante una ascesis bárbara; la vuelta de lo no bárbaro , es decir, de lo humano, ya sólo se puede proclamar como protesta contra el progreso de los medios técnicos; de ahí esa ascesis técnico-compositiva de la música, que rebaja la carnicería histórica y el fragor de la batalla a un tono de música de cámara.
La cultura designa, pues, la contradicción con la realidad. Lo verdadero no es todavía lo real; he aquí el contenido esencial de la cultura . A través de la cultura, verdad y mentira se vuelven diferenciables . Cuando la verdad y la mentira ya no se pueden distinguir con claridad, cesa toda cultura, y también todo arte auténtico. La diferenciación entre verdad y mentira, entre la apariencia estética como promesa de verdad y libertad y el engaño, la manipulación artística de la publicidad mercantil, es esencial para el concepto de cultura que yo defiendo. La facultad del juicio estético de Kant, el libro a él dedicado es el más auténticamente político de sus tres grandes Críticas, exige de quien contempla una obra de arte que se adhiera a él, ya que existe algo así como un sensus communis , un sentido especial para las condiciones comunes de la convivencia de los seres dotados de razón, un sentido cultural que manejamos siempre que hablamos de cultura.
Así pues, para finalizar lo dicho en este contexto crítico, toda la crítica cultural tradicional parte del supuesto de que el arte es un producto cosificado que ha de descomponerse en procesos. Las estructuras vienen ya dadas, lo cual otorga a la crítica cultural su culminación política como principal crítica de la cosificación. Por mi parte, se podría decir que en esta cultura hay estructuras autoritarias que han de ser desmontadas para que, en la relación de los individuos con tales producciones culturales, se extraiga el contenido de verdad per se como una especie de fantasía sobre lo que aún está por llegar.
Pero ¿qué ocurre si vivimos en una situación social revolucionaria en la que las estructuras fijas ya no constituyen la realidad objetiva, y en la que una especie de realidad consolidada obliga a una progresiva disolución? ¿Qué sucede si tenemos que arreglárnoslas en un entorno social en el que todo amenaza con desaparecer, donde surgen constantemente nuevas formas de arbitrariedad, y donde hoy quizá se piense y se tenga por verdadera una cosa y mañana la contraria?
Hace más de cuarenta años, siendo asistente de Habermas en un seminario de Filosofía de la Universidad de Heidelberg, recuerdo haber tenido varias discusiones acerca de Hegel hasta muy entrada la noche con dos astutos positivistas (Hans Albert y Paul Feyerabend). Fueron unas discusiones angustiosas, al menos ese recuerdo me ha quedado en la memoria, en las que nada era válido si no seguía los principios sobre la argumentación de la lógica aristotélica: tertium non datur . Una afirmación es verdadera o falsa; no hay una tercera posibilidad. Los dos repetían que la contradicción dialéctica no puede existir; ya en los años ochenta vi con extrañeza cómo uno de mis interlocutores, y todo su entorno intelectual, empezó a elaborar una teoría anarquista del conocimiento, que superaba a la dialéctica en posibilidades abiertas de interpretación, al menos en cuanto a la coexistencia de contradicciones. A este tipo de personas se les puede llamar conversos de la teoría de la ciencia; con el mismo calor y el mismo apasionamiento con que antes rendían tributo a la lógica formal, ahora rechazan por improductiva cualquier argumentación concluyente y cualquier búsqueda productiva en el sistema organizativo de los textos. Por desgracia esta forma de arbitrariedad, este anything goes, echa por tierra lo que con tanto esfuerzo construyeron Adorno, Horkheimer, Marcuse y Benjamin. El tertium datur dialéctico tiene como fundamento la negación; pensar en paradojas, en constelaciones caóticas y en ambivalencias es entrar en el ámbito nebuloso de lo incierto y lo arbitrario.
De ahí que esta crítica cultural dialéctica no haya sido superada, como tampoco lo está el concepto de cultura que presupone. Naturalmente, estamos obligados a seguir reflexionando sobre dónde comienza la realidad como cultura . Hoy para mí cualquier ciencia de la cultura que no tenga en cuenta la economía es una abstracción; el interesante programa de actos organizado por esta Universidad -que al principio he elogiado- no contiene la menor referencia a la economía . Sencillamente no existe. No he visto anunciada ninguna conferencia sobre este tema. Puede que me equivoque, aunque lo he buscado expresamente. ¿Significa ello que para esta forma de acceso a la ciencia de la cultura la economía es irrelevante? ¿Significa que de entrada ésta es contemplada en su dimensión de realidad, tal y como siempre ha sido definida por la cultura alemana? ¿Como lo resistente y lo bruto o, en el mejor de los casos, como el tosco exterior de la cultura? ¿Se considera a ésta, en cambio, como perteneciente a un rango muy superior, como una interioridad protegida por el poder con unos objetos privilegiados que están más próximos a las personas que la frialdad de la economía?