¿Quién va a negarle inquietud cultural, que aquí se asocia con mucho dinero, a una empresa que realmente trabaja por la cultura empresarial, que piensa día y noche en ella? ¿Quién va a negarle eso al Deutsche Bank, que ha expuesto en los pisos de su rascacielos a diferentes artistas jóvenes, entre ellos algunos desconocidos, y no sólo a Joseph Beuys (que ahora ha adquirido ya el rango de clásico)? Y ustedes mismos habrán intentado en todos los aspectos, literalmente en todos , controlar mediante componendas culturales los afectos orientados a cosas mal consideradas o incluso tabúes. La cultura quiebra los afectos. La cultura, tal como la ha descrito Norbert Elias, es un elemento de control de los afectos, también en el caso de quienes se abastecen del concepto de cultura. Cuando los empresarios de la publicidad -con uno de los famosos teóricos del ramo he tenido hace poco un debate público- niegan la diferencia entre cultura, arte y publicidad están haciendo un conjuro. Así, por ejemplo, en una discusión no me fue posible convencer a mi interlocutor de que entre cultura, arte y publicidad existen diferencias en cuanto a autenticidad, grados de manipulación, aspecto externo de las formas de expresión y lo relacionado con los intereses. Según él, la buena publicidad es arte y, naturalmente, el arte es cultura.
Cuando las cosas y las situaciones se pueden asociar a la palabra «cultura», desaparece la banalidad y la finitud. Lo muerto, lo aborrecible y lo feo pierden algo de peso terrenal. La oposición interna, eso que define la idiosincrasia de la persona, invierte su sentido a través de las connotaciones culturales. En el Frankfurter Rundschau del 23 de noviembre de 1996, leo el artículo titulado «No debemos ignorar por más tiempo la muerte del acervo cultural». En él se lee lo siguiente: «Con la desaparición de la influencia de las Iglesias y de las instituciones encaminadas a dar sentido a la vida surge, en el umbral de la sociedad informatizada, una gigantesca laguna en la asimilación anímica de las etapas umbral de la vida.» En el fondo, al hablar de etapas umbral, se está aplicando la filosofía a la vida cotidiana: muchos conceptos venerables con los que trabaja la ciencia, que en otro tiempo tuvieron su patria en la alta filosofía, han ido a engrosar el léxico periodístico. «Cuando hablo de "etapas umbral de la vida" me estoy refiriendo al nacimiento, la adolescencia, las separaciones y la muerte. Ya en el actual estado deficitario de la cultura del luto aparecen las primeras consecuencias de la retirada de las certezas en estos campos. Los rasgos arcaicos del ser humano se presentan en las crisis y en los momentos de despedida, por ejemplo ante la muerte de una persona, en todo su salvajismo desenfrenado - de ahí la cultura - y producen un pánico cerval a los vivos. ¿Quién conciliará en el futuro ese arcaísmo con la moderna vida mundana? ¿Quién preparará los rituales y las formas simbólicas de los ritos de transición como ayudas sociales? He aquí otro desafío que se les plantea a los ritos funerarios.» Las épocas de transición necesitan de diferentes ayudas. El autor del texto anterior es un asesor, director de una funeraria, que propone sacar a la luz pública lo que él denomina las tres Bes: begleiten, bestatten, bilden . Acompañar, enterrar y educar: todo esto no es tan absurdo como parece. Si lo he citado no es por afán de ridiculizar, sino porque esta curiosa metáfora de la cultura es utilizada para todo aquello que carece de una definición exacta. Desde luego, el luto es un ritual colectivo antiquísimo que ha visto destruido precisamente su carácter colectivo. Y por supuesto, los rituales de enterramiento son un elemento común a las grandes civilizaciones.
Sólo que aquí todo suena un poco raro porque está expuesto de una manera absolutamente fría y apuntando a una comunidad de intereses; las tres Bes, como él dice, se proponen sólo hacer publicidad de su empresa.
Pero, si los entierros necesitan de ayuda, ¿qué no necesitarán los «bienes culturales» para salir de su letargo? La crítica cultural dialéctica se centraba en el desenmascaramiento del verdadero carácter de la cultura; lo que queda documentado en el «bien», en el patrimonio cultural, llevaba ya el sello de la falta de autenticidad de la mercancía. Al convertir la industria cultural en objeto de su crítica, Adorno, Benjamin, Horkheimer y Marcuse critican lo muerto de la cultura, lo objetivo, el carácter de mercancía de la cultura, del mismo modo que Marx habla de la mercancía como trabajo muerto,en otro tiempo vivo.
Primero quisiera describir esa cultura en su dimensión crítica, para luego intentar establecer una relación de actualidad con aquello que, a mi parecer, podría ser hoy la cultura y la crítica cultural. Esta crítica cultural, en lo que atañe a la significación dialéctica de las imágenes objetivadas, está doblemente orientada hacia un necesario desciframiento. Por una parte, hacia el núcleo temporal de lo que aquí se da por inmortalizado. El desenmascaramiento y el desciframiento del núcleo temporal de la verdad, incluso en el arte y la cultura que llevan el lastre de la sospecha de eternidad, son elementos esenciales de la crítica de Benjamin y Adorno. Un desenmascaramiento evidente de ese núcleo temporal de la verdad jamás significa una mera adscripción sociológica a los intereses y a los estratos sociales; lo que se objetiva en el núcleo temporal de la verdad es el contenido final emancipatorio de una época, al cual también aspiran las personas, pues es su camino hacia la utopía. En este sentido, tanto Benjamin como Adorno citan una frase de Stendhal: el arte es una promesse de bonheur , una promesa de felicidad. La promesa tiene más contenido que la realidad.