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Revista de Occidente 281 Revista de Occidente

Tres conceptos de historia atlántica

por David Armitage
Revista de Occidente nº 281, octubre 2004

Número de páginas: 6
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La historia cisatlántica puede alcanzar sus máximas posibilidades en las historias de lugares más grandes incluso que las ciudades, istmos o islas; es decir, en las historias de las naciones y los estados que se asoman al Océano Atlántico. Las historias de los Tres Reinos de Gran Bretaña e Irlanda a comienzos de la edad moderna proporcionan un útil conjunto de comparaciones relacionadas entre sí. Este tipo de enfoque cisatlántico -aunque no recibiese tal nombre- ha caracterizado la historia de Irlanda a partir de los años treinta, cuando historiadores como G. Hayes McCoy y David Brees Quinn situaron por primera vez la historia irlandesa en el contexto de la expansión hacia el oeste. Una tendencia más reciente de la historiografía irlandesa ha subrayado en cambio las similitudes entre el lugar ocupado por Irlanda dentro de la monarquía compuesta inglesa y la situación de otras provincias, como Bohemia, dentro de los imperios y estados compuestos de la Europa contemporánea. Irlanda era desde luego parte de los modelos de confesionalidad, militarización y construcción estatal paneuropeos, pero también compartía experiencias con otras colonias atlánticas británicas. Similarmente, Escocia aparece ahora menos como una «provincia cultural» de Inglaterra que como una nación atlántica, aunque una nación que favorecía las alternativas de migración y comercio con la Europa del norte en perjuicio de las nuevas oportunidades que ofrecía la expansión hacia occidente.
Los ingleses fueron tempranos y entusiastas atlantistas si los comparamos con los irlandeses y escoceses, pero la historia cisatlántica de Inglaterra en los inicios de la modernidad sigue siendo la menos desarrollada de las de los Tres Reinos de Gran Bretaña e Irlanda. Lo que resulta tanto más curioso si tenemos en cuenta que muchos de los rasgos definitorios de la modernidad temprana en Inglaterra asociaban procesos locales, ocurridos dentro de la misma Inglaterra, y procesos del mundo atlántico. Por ejemplo, hoy tenemos una imagen mucho más clara que antes de las continuidades entre la migración interna y la externa, de modo que podemos ver la migración hacia el mundo atlántico -y también a menudo la ocurrida luego dentro de él- como una ampliación de la movilidad existente dentro de la misma Inglaterra, tal como fue canalizada a través sobre todo de puertos de primer orden como Londres o Bristol en el siglo XVII. La política puede someterse a un análisis similar. El Estado inglés colonizó simultáneamente en este período dos tipos de espacio, mediante el reforzamiento de su autoridad en la propia Inglaterra y la extensión de esa autoridad a territorios situados fuera de sus límites. La necesidad de incorporar a las elites locales y de afirmar simbólicamente la autoridad resultó ser un problema común a ambos espacios. De forma parecida, la creación de una economía atlántica no fue simplemente cuestión de encontrar nuevos mercados exteriores sino que también entrañaba una creciente implicación de la economía doméstica en el intercambio atlántico, antes incluso de la revolución comercial del siglo XVIII. Las dimensiones de esta participación en el comercio atlántico aún ha de ser investigada en los niveles más íntimos de la ciudad, la aldea e incluso la familia. La historia cisatlántica tendrá así que abarcar el Estado inglés en toda su amplitud sin dejar de perder de vista la intimidad de la esfera doméstica. Tratando cada dato como parte de una común experiencia atlántica en marcha, sería posible proporcionar explicaciones más complejas y convincentes de las relaciones entre el Estado, el mercado y la familia que las que teníamos hasta la fecha.
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Braudel advertía de que «el Mediterráneo histórico parece ser un concepto que puede ampliarse al infinito», y se preguntaba: «¿Hasta dónde resulta legítimo ampliar sus límites espaciales?». La misma pregunta podríamos hacernos sobre el Atlántico, y también sobre su historia. Parecería que la historia circunatlántica no tendría que rebasar las orillas del océano; tan pronto como abandonamos el sistema circulatorio del Atlántico en sí mismo considerado entramos en el conjunto de las historias cisatlánticas. La historia transatlántica combina dichas historias cisatlánticas en unidades comparables; las posibilidades combinatorias son varias, pero no infinitas, porque la contigüidad al Atlántico determina la posibilidad de comparación. Las historias cisatlánticas, aunque cuenten en apariencia con límites más precisos, pueden ser en realidad las de mayor amplitud: penetran profundamente en los continentes del anillo circunatlántico, llegando tan lejos como los bienes, ideas y gentes que circulaban en el interior del sistema atlántico. Las regiones alejadas del litoral también tendrían así historias cisatlánticas.
Los tres conceptos de historia atlántica que aquí hemos esbozado no son excluyentes, sino que más bien se refuerzan entre sí. Examinados en su conjunto, hacen posible una historia tridimensional del mundo atlántico. Una historia circunatlántica debería hacer uso de los resultados de distintas historias cisatlánticas y generar comparaciones entre ellas. La historia transatlántica puede relacionar tales historias cisatlánticas debido a la existencia de un sistema circunatlántico. A su vez, la historia cisatlántica alimenta las comparaciones transatlánticas. Tal conjunto de historias que se fertilizan mutuamente podrían mostrar que la del Atlántico es la única historia oceánica que cuenta con estas tres dimensiones conceptuales, por ser quizá la única a la que se le puede otorgar un ámbito transnacional, internacional y nacional al mismo tiempo. Apenas se han establecido todavía comparaciones globales entre las distintas historias oceánicas, comparaciones que deberían tener una importancia fundamental en cualquier futura historia de los océanos.
La historia atlántica no ha muerto a causa de la sobreabundancia de manuales, como ha ocurrido en otros campos. No ha generado un canon de problemas, acontecimientos o procesos. No sigue un método ni una práctica generales. Ha empezado a rebasar, con buenos resultados, los límites de la modernidad temprana (c. 1492-1815) en los que habitualmente se ha querido confinarla. Es, como el mismo Atlántico, un territorio fluido, en perpetuo movimiento y que en principio carece de fronteras, dependiendo ello de cómo lo definamos; esto es parte de su atractivo, pero también uno de sus inconvenientes. No es probable que sustituya a las historias nacionales tradicionales y tendrá que competir con otras modalidades de historia transnacional e internacional. Sin embargo, como campo que relaciona las historias nacionales, facilita las comparaciones entre ellas y abre nuevos campos de estudio o dota de instrumentos de análisis más precisos a formas de indagación mejor asentadas, sus posibilidades son seguramente mayores que sus desventajas. La historia atlántica -en su variantes circunatlántica, transatlántica o cisatlántica- conduce a los historiadores hacia el pluralismo metodológico al tiempo que amplía sus horizontes. Seguramente es todo lo que se le puede pedir a un campo de estudio que empieza a constituirse.
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