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Revista de Occidente 281 Revista de Occidente

Tres conceptos de historia atlántica

por David Armitage
Revista de Occidente nº 281, octubre 2004

Número de páginas: 6
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Historia cisatlántica

La «historia cisatlántica» estudia lugares concretos como localizaciones específicas dentro del mundo atlántico y trata de definir esa singularidad como el resultado de la interacción entre la especificidad local y una red de conexiones (y comparaciones) más amplia. El término «cisatlántico» nació también a finales del siglo XVIII. Su progenitor fue Thomas Jefferson, que lo utilizó para negar las acusaciones, formuladas por naturalistas europeos como el conde de Buffon, de que la fauna del Nuevo Mundo era débil y estaba deficientemente desarrollada. En sus Notes on the State of Virginia (1785), Jefferson replicó aportando un gran volumen de información destinada a refutar unos cargos basados, según él, en los prejuicios y la mera ignorancia. «No pretendo negar», concedía, «que en la raza del hombre haya variedades que se distinguen por las capacidades del cuerpo y de la mente. Creo que esas diferencias existen, y que lo mismo ocurre en las razas de otros animales. Quiero sólo sugerir una duda: ¿el tamaño y la capacidad de los animales dependen de cuál es la orilla del Atlántico en la que crece su alimento o de quién proporciona los elementos de que se componen? ¿Es la naturaleza partidaria de lo cisatlántico o de lo transatlántico?» Jefferson utilizaba el término «cisatlántico» para referirse a «este lado del Atlántico», distinguiéndolo del mundo transatlántico europeo, un significado al que dotó de mayor contenido político cuando en 1823 le dijo al presidente James Monroe que el interés de los Estados Unidos era «no tolerar nunca que Europa interviniese en los asuntos cisatlánticos». El término era así al mismo tiempo una señal diferenciadora y el indicador de una nueva perspectiva americana definida precisamente en relación con el océano Atlántico.
La historia cisatlántica, en el sentido más expansivo que proponemos aquí, es la historia de un lugar cualquiera -una nación, un Estado, una región, incluso una institución concreta- puesto en relación con el mundo atlántico en que se encuentra. Es probable que su monumento más notable sigan siendo los ocho volúmenes de Seville et l'Atlantique (1955-60), de Huguette y Pierre Chaunu, que desbordó los límites de una sola ciudad para abarcar el mundo atlántico en su conjunto. Funcionando al revés, la historia cisatlántica a gran escala ha sido cultivada, aunque no exactamente bajo esta denominación, por geógrafos históricos que han estudiado la Atlantic America (D. W. Meining), la Atlantic Europe (E. Estyn Evans) o la amplia área cultural Facing the Ocean (Barry Cunliffe), que abarca de Groenlandia a las Canarias. La obra de esos autores integra regiones en apariencia muy diferentes en un contexto atlántico común, en lo geofísico, lo cultural y lo político. El Océano Atlántico, y la relación común que con él mantienen esas regiones, proporciona el vínculo, pero no es en sí mismo el objeto del análisis.
Este enfoque se acerca mucho a la historia circunatlántica, pero se centra no en el océano mismo sino más bien en la forma en que unas regiones específicas se ven definidas por su relación con dicho océano. Semejante relación a lo largo del tiempo permite que los especialistas describan modelos más amplios, para descender luego de las vinculaciones más generales al impacto concreto que las relaciones atlánticas han tenido en las distintas regiones. Cunliff, por ejemplo, empieza con la prehistoria y acaba justo antes del comienzo de la primera modernidad; de modo similar, Meining abarca la historia de todo un continente hasta el mismo siglo XX. Sus enfoques sugieren lo que podrían lograr las historias cisatlánticas del período de la modernidad temprana (pero también de épocas posteriores) si se concentrasen en unidades de análisis más limitadas y en franjas temporales menos amplias.
La historia cisatlántica puede aminorar las distinciones artificiales entre historias que habitualmente se distinguen entre sí a partir de oposiciones como internas y externas, locales y foráneas o nacionales e imperiales. El auge de la historia nacionalista en el siglo XIX coincidió con la invención de historias extranacionales como la de la diplomacia o la de la expansión imperial. Las fronteras entre dichas historias han sido impermeables hasta épocas recientes, cuando el auge del multilateralismo de postguerra, de la descolonización y de la creación de federaciones transnacionales, junto con el sentimiento separatista aparecido en el nivel subnacional, han ayudado a desdibujar algunos de esos límites.
Cuanto más amplios son los intentos de dar cuenta de los procesos históricos, más difíciles pueden ser de desmontar. Por ejemplo, los procesos a los que se refieren las etiquetas «edad moderna temprana»-dentro de la historia europea- y «colonial» -dentro de las historias de la América británica o española- son diferentes: la primera implicaba un movimiento hacia la modernidad, mientras que «colonial» entrañaba la subordinación a un imperio que precedería a la independencia y a la apropiación de la categoría nacional y estatal. A la historia latinoamericana raramente o nunca se le ha aplicado la etiqueta «edad moderna temprana», y en la de Norteamérica los intentos de reemplazar el término «colonial» no han obtenido un éxito completo. La incompatibilidad de esos grandes relatos totalizadores ha tenido efectos especialmente debilitantes en los análisis del período denominado «tempranomoderno» o «colonial», sobre todo porque ha oscurecido las continuidades entre procesos que habitualmente se estudiaban por separado, como la formación de estados europeos y la construcción de imperios extraeuropeos. Como ocurre con las comparaciones que posibilita la historia transatlántica, la historia cisatlántica se enfrenta a tales separaciones insistiendo en las características comunes y analizando los efectos locales de los movimientos oceánicos.
A este nivel de lo local, la historia cisatlántica puede estudiar con mayor provecho los lugares más obviamente transformados por sus vinculaciones atlánticas: ciudades portuarias y grandes ciudades. Por ejemplo, la economía de la ciudad inglesa de Bristol, que en el siglo XV dependía del comercio del vino, pasó en el XVII a especializarse en productos atlánticos. Esto entrañaba no sólo un radical cambio de orientación -del este al oeste, de Europa a las Américas-, sino también trastornos en el orden social, la ordenación del espacio cultural y la distribución del poder. Similares transformaciones se pueden observar en otros asentamientos en torno a la cuenca atlántica, lo mismo en las riberas atlánticas de Europa y de África que en las ciudades del Caribe o a lo largo de la costa este de Norteamérica. Por ejemplo, las encrucijadas del mundo atlántico adquirieron un nuevo significado cuando aumentaron las rivalidades entre los imperios y los poderes locales se beneficiaron de la competencia entre quienes querían asegurarse su lealtad, como pasó con los indios cunas de los istmos de Darién. Allí donde las poblaciones locales se encontraban o entraban en conflicto con gentes venidas de fuera (no siempre europeos) aparecía lo que el historiador americano Richard White ha denominado un «terreno intermedio» de negociación y lucha. Dichos terrenos intermedios no habrían existido de no ser por la circulación y la competencia creadas por el aumento de la densidad de conexiones dentro del sistema atlántico. Asimismo, nuevas economías vinieron a satisfacer demandas nuevas, gracias a la exportación generalizada del sistema de plantación desde el Mediterráneo a las Américas en los siglos XVI y XVII o mediante procesos de especialización gradual -surgidos de manera más orgánica- como el que llevaron a cabo en el siglo XVIII los productores de vino de Madeira, que crearon los vinos epónimos en respuesta directa a la variación de gustos de los consumidores.
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