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Revista de Occidente 281 Revista de Occidente

Tres conceptos de historia atlántica

por David Armitage
Revista de Occidente nº 281, octubre 2004

Número de páginas: 6
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La historia transatlántica

La historia transatlántica es la historia del mundo atlántico contada a través de comparaciones. La historia circunatlántica hace posible la historia transatlántica. El sistema circulatorio del Atlántico creó vínculos entre regiones y pueblos que anteriormente se habían mantenido separados. Esto permite que los historiadores transatlánticos lleven a cabo significativas -no arbitrarias- comparaciones entre historias que de otro modo estarían plenamente diferenciadas. Al revés de lo que ocurre con las «simbióticas, aunque asimétricas» relaciones que entre la tierra y el mar traza la historia atlántica en cuanto historia oceánica, la historia transatlántica se centra en las riberas del océano, y asume la existencia de naciones y estados, así como de sociedades y formaciones económicas (del tipo de las plantaciones y puertos) localizadas a lo largo del borde atlántico. Si puede establecer significativas comparaciones entre estas diferentes unidades es porque ya compartían determinados rasgos, al estar todas imbricadas en las relaciones circunatlánticas. Una historia atlántica común define, pero no determina, la naturaleza de la conexión entre entidades diversas; al ser una variable común, cabe excluirla de la comparación, pero podría convertirse en materia de estudio de una historia específicamente circunatlántica.
Hay dos razones que permiten afirmar que la historia transatlántica es una historia internacional. La primera es etimológica y contextual; la segunda, comparativa y conceptual. Ambos términos -«transatlántica» e «internacional»- se abrieron paso por primera vez en la lengua inglesa durante la guerra de Independencia norteamericana. Los primeros usos del término «transatlántico» aparecieron durante la contienda, en 1779-81. Los ingleses que primero lo utilizaron se servían generalmente de él en un sentido más preciso que el que yo le doy y, desde luego, que el convencional que hoy tiene para significar «de un lado a otro y en la orilla opuesta del Atlántico», como en el caso de aquellos «Hermanos transatlánticos» de Norteamérica de que hablaban los británicos o de la «actual guerra transatlántica» que se luchaba en, y también por, la América británica. En aquella época, sólo el político John Wilkes lo utilizaba en su acepción moderna cuando se refería a un «viaje transatlántico».
El término «internacional» surgió exactamente en el mismo momento, pero en un contexto ligeramente distinto, en los escritos legalesde Jeremy Bentham. En su Introduction to the Principles of Morals and Legislation (1780-89), Bentham intentó definir un segmento específico de la ley que aún no tenía una clara definición en inglés. Se trataba del derecho entre Estados como agentes soberanos, algo diferente de lo que tradicionalmente se ha denominado derecho de las naciones o ley que se aplica a las personas como miembros de sociedades étnicas o políticas más amplias. « Internacional es una palabra nueva», escribió Bentham. «Está pensada para denominar, de un modo más eficaz, la rama del derecho que se conoce como derecho de naciones». El contexto era diferente solo en la medida en que Bentham brindaba su neologismo a sus colegas los juristas, en una obra escrita en 1770 pero que no sería publicada hasta 1789.
Pero algo más que este origen común en el contexto de la guerra de América identifica historia transatlántica con historia internacional. Lo mismo que se puede decir que la historia internacional es la historia de las relaciones entre naciones (o, más frecuentemente, entre estados) que forman parte de un sistema político y económico más amplio, la historia transatlántica une a estados, naciones y regiones en un sistema oceánico. La historia transatlántica se adapta especialmente bien a las historias del mundo atlántico de los siglos XVII y XVIII, cuando la formación del Estado iba de la mano de la construcción del Imperio. Y resulta sobre todo útil como aproximación a las historias de los estados atlánticos más dados a lo largo de su historia al excepcionalismo -el Reino Unido y los Estados Unidos, por ejemplo- pero cuyas características comunes pueden manifestarse con mayor facilidad dentro de un marco de comparación atlántico.
La historia transatlántica como historia comparada ha seguido generalmente un eje que atraviesa el mundo atlántico de norte a sur. Así pues, ha sido con mayor frecuencia un ejercicio de historia interimperial que internacional. Anteriores estudios en esta variante historiográfica, y especialmente Slave and Citizen: The Negro in the Americas (1946), de Frank Tannembaum, Slavery in the America: A Comparative Study of Virginia and Cuba (1967), de Herbert Klein, o The New World of the Gothic Fox: Culture and Economy in English and Spanish America (1994), de Claudio Véliz, comparan los Imperios ibérico y británico a partir de sus diferentes sistemas de leyes, regulaciones económicas, creencias religiosas o estructuras institucionales. Sin embargo, se sigue atendiendo poco a la posibilidad de comparar las historias transatlánticas siguiendo un eje este-oeste. Cuando se ha emprendido este trabajo -por ejemplo, en el caso de estudios sobre Escocia y América en su calidad de «provincias culturales» de la metrópoli inglesa- ha sido normalmente dentro de un ámbito imperial, a menudo explícitamente dividido en centro y periferias.
Sin embargo las unidades de análisis pueden ser más amplias, y el marco más generoso. Por poner un ejemplo del Atlántico anglófono: nunca se ha establecido una comparación sistemática entre el Reino Unido y los Estados Unidos como uniones políticas duraderas a partir del siglo XVIII. El Reino Unido lo creó el Tratado de la Unión de 1707; los Estados Unidos, inicialmente previstos en la Declaración de Independencia, recibieron su unidad gracias a los Artículos de la Confederación, facilitándoseles una unión más duradera con la Constitución de 1788. Retrospectivamente se puede pensar que ambas formaciones conjugaron la estatalidad con unos nacionalismos ficticios: la británica se forjó en el antagonismo con la Francia católica (en el transcurso de los siglos XVIII y XIX); la estadounidense, como resultado, más que como condición previa, de la independencia y de la victoria en la guerra. Tanto el Reino Unido como los Estados Unidos definieron la ciudadanía en un sentido político y no étnico, así que ninguno de los dos se sometió a la clásica visión esencialista de la nación-Estado como plasmación política de una identidad inmemorial. Cada uno quedó definido por sus orígenes dieciochescos, y esas definiciones se pueden remontar a sus relaciones transatlánticas: los americanos, debido en parte a la larga duración de sus vínculos con Gran Bretaña y al esfuerzo para afirmar su independencia de Gran Bretaña; los británicos, debido en parte a las repercusiones de la derrota en la guerra de América y a la refundación de la nación al término de aquélla. A estos dos productos políticos de la guerra, podríamos añadir también la Norteamérica británica que pasó más tarde a ser Canadá, sumando así tres estados forjados en el último cuarto del siglo XVIII, unidos por una historia transatlántica común. Se podrían establecer útiles comparaciones entre ellos atendiendo a sus orígenes, a los diferentes caminos que cada uno emprendió a partir de finales del siglo XVIII y a su historia común dentro del mundo atlántico anglófono.
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