Historia circunatlántica
La historia circunatlántica es la historia del Atlántico como zona identificable de cambio e intercambio, circulación y transmisión. Es pues la historia del océano como un espacio distinto de cualquiera de las diferentes zonas marítimas de menor extensión que aquél comprende. Incluye las riberas atlánticas, pero sólo en la medida en que éstas forman parte de una historia oceánica y no de un conjunto de historias nacionales o regionales lindantes con el Atlántico. Es la historia de las gentes que cruzaron el Atlántico, que vivieron en sus orillas y que participaron en las comunidades que hicieron posibles, de su comercio y sus ideas, y también de las enfermedades que diseminaron, de la flora que trasplantaron y de la fauna que transportaron de un lugar a otro.
La historia circunatlántica puede ser el modo más obvio de acercarse a la historia atlántica. Sin embargo, de las tres formas posibles de entender la historia atlántica es la que menos se ha investigado. Sólo en la última década el historiador del teatro norteamericano Joseph Roach dio nombre a esta concepción de la historia atlántica. «El mundo circunatlántico tal como surgió de las revolucionadas economías de finales del siglo XVII», escribe Roach, «era un torbellino en el que mercancías y prácticas culturales cambiaban muchas veces de manos». Según esto, «el concepto de mundo circunatlántico (en oposición al de mundo transatlántico) insiste en la importancia fundamental que las historias de diásporas y genocidios en África y las Américas, la del Norte y la del Sur, tuvieron en la creación de la cultura de la modernidad».
Esta historia es circunatlántica en dos sentidos: incorpora todo cuanto existe alrededor de la cuenca atlántica, y es móvil y relacionante, siguiendo de este modo la huella de las circulaciones que se han producido en el mundo atlántico. Hubo muchas zonas de intercambio más pequeñas con características similares, por ejemplo en torno a los límites de la cuenca atlántica, en el Oeste de África, en Europa occidental y alrededor del Caribe. Sistemas menores de ese tipo existieron dentro de culturas marineras más limitadas que desarrollaron sus propias identidades y su interdependencia miles de años antes de los viajes de Colón. El gran logro europeo fue relacionar todas estas subzonas en un sistema atlántico único. Dentro de este sistema se producía una interacción entre las sociedades que los migrantes habían dejado atrás y aquellas que entre todos creaban al otro lado del Atlántico: logro que autoriza a afirmar que el Atlántico fue un invento europeo, sin dejar de reconocer la contribución a ese desarrollo de los pueblos no europeos. En cambio, las subzonas del Océano Índico habían quedado unificadas mucho antes de que llegasen los portugueses y otros europeos.
La mayor parte de las historias circunatlánticas han seguido el modelo del «Atlántico blanco» e insistido en la integración en perjuicio de la circulación. Las historias circunatlánticas alternativas que han buscado su inspiración en la historia del Atlántico negro han insistido en la movilidad más que en la estabilidad, resultando como consecuencia de ello menos teleológicas. En palabras del sociólogo británico Paul Gilroy, el Atlántico fue un crisol de «criollización, mestizaje e hibridación»; fuera de este crisol de identidades surgió lo que Roach llamó una «intercultura a lo largo de todo el borde atlántico». Puesto que la cultura y la identidad han despertado mayor interés que el comercio y la política, se ha prestado más atención a la fluidez del proceso de intercambio que a cualquier estabilidad en los resultados de ese mismo proceso. En consecuencia, abordar la historia atlántica como parte de una narración lineal, sea ésta la de la modernización o la de la globalización, resulta cada vez menos convincente.
La historia circunatlántica es una historia transnacional. Su cronología convencional empieza exactamente en el período habitualmente asociado al momento de ascenso del Estado, finales del siglo XV y comienzos del XVI, pero concluye justo antes de la época de la nación-Estado, a mediados del siglo XIX. Las formaciones políticas características de esta época eran los imperios y las monarquías compuestas, no los estados. La historia del mundo atlántico ha sido frecuentemente explicada como la suma de las historias de dichos imperios, aunque necesariamente sólo podía englobar las perspectivas europeas del sistema atlántico. Un historia realmente circunatlántica escapa al marco cronológico de la nación-Estado; desborda asimismo los límites geográficos de los imperios, igual que aquellos lingotes de plata que pasaron del Imperio de la América hispana a China, creando un vínculo entre el mundo atlántico y el comercio asiático que fue el punto de partida de una economía auténticamente global en el siglo XVI.
Como historia de una zona, sus productos y sus habitantes, la historia circunatlántica es un ejemplo clásico de historia oceánica transnacional: clásico, pero no definitorio, porque, a diferencia del estudio de Fernand Braudel sobre el Mediterráneo, no ha logrado identificar ninguna unidad climática y geológica. Como el mismo Braudel señalaba, «el Atlántico, extendiéndose de un polo al otro, refleja los colores de todos los climas de la Tierra». Es por tanto demasiado diverso en la variedad de sus zonas climáticas -del Ártico a los Cabos, y de las regiones costeras de la Europa occidental al archipiélago del Caribe- para que el determinismo geográfico tenga en él ninguna utilidad explicativa. El Atlántico se parece al Océano Índico en esa variedad, así como en los vínculos culturales y económicos que dentro de él se fueron creando gradualmente, pero no en que tales vínculos fuesen muy anteriores a la intervención de los europeos. Y si el Océano Índico destacó por su precocidad, el Pacífico ha marchado con retraso, si lo juzgamos según los criterios del mundo atlántico. El Pacífico contó igualmente con subzonas expansivas creadas por culturas de navegantes miles de años antes de la entrada de los europeos, pero también fue, en última instancia, una creación europea, en el sentido de que fueron los europeos los primeros en verlo como un todo; y también los primeros que lo distinguieron de su vecino y tributario, el Atlántico.
A pesar de estas significativas diferencias, las historias oceánicas del Mediterráneo, el Océano Índico, el Atlántico y el Pacífico, comparten una importante característica que las define: como historias específicamente oceánicas (y no, por ejemplo, marítimas o imperiales) reúnen tierra y mar en una relación que los historiadores del Índico han calificado de «simbiótica, pero asimétrica». Es decir, ambas son interdependientes, y aunque la historia del océano sea la que predomine, no constituye el único objeto de estudio, como ocurriría en la historia marítima propiamente dicha. Las historias nacionales de los estados e imperios territoriales sólo forman parte de esta historia cuando un océano crea conexiones a larga distancia entre ellos. Como todas las historias oceánicas, la historia circunatlántica es trans nacional, pero no inter nacional. Lo internacional sería por el contrario el ámbito de lo que podríamos denominar historia transatlántica.