www.revistasculturales.com

El portal de la Asociación de Revistas Culturales de España


Última actualización: (CET)

La cultura pasa por aquí
Revista de Occidente 281 Revista de Occidente

Tres conceptos de historia atlántica

por David Armitage
Revista de Occidente nº 281, octubre 2004

Número de páginas: 6
imprimir

El historiador británico E. P. Thompson dijo en una ocasión que cada vez que tenía noticia de un dios nuevo sentía la necesidad de blasfemar. Muchos han experimentado lo mismo a propósito de la historia atlántica y la importancia que últimamente ha adquirido. Ese escepticismo ha hecho que surjan algunas cuestiones pertinentes. La historia atlántica ¿descubre problemas nuevos o ayuda a que los historiadores planteen cuestiones más trascendentales que las que se dan en áreas de investigación tradicionales, como las que se ocupan de las naciones-Estado concretas? ¿Puede un historiador pretender realizar alguna aportación fundamental a una historia que, en el momento de máxima expansión, relaciona cuatro continentes a lo largo de cinco siglos? ¿No será sólo una forma más aceptable de estudiar la historia de imperios marítimos como el español, el portugués, el francés, el británico o el holandés? En resumen, ¿qué es lo que hace de la historia atlántica una nueva forma de aproximarse a problemas reales, y no simplemente una excusa para la superficialidad o una defensa del imperialismo?
Si la blasfemia es una respuesta al auge de la historia atlántica, es improbable que proporcione réplicas adecuadas a estas importantes cuestiones. Enfoques más provechosos se pueden encontrar en la genealogía -la historia de la historia atlántica- y en la anatomía -las formas que la historia atlántica ha asumido y podría asumir en lo sucesivo. Siguiendo el primero de ellos, el historiador de Harvard Bernard Bailyn propuso una genealogía de la historia atlántica que remonta sus orígenes a las tendencias anti-aislacionistas de la historia del siglo XX en los Estados Unidos. La especial presión en favor del compromiso internacional que daría nacimiento a la historia atlántica tuvo sus raíces en la primera guerra mundial pero creció con más fuerza durante y después de la segunda. Periodistas norteamericanos contrarios al aislacionismo como Walter Lippmann y Forrest Davis hicieron causa común con ciertos historiadores, muchos de ellos católicos conversos, primero en la lucha contra el fascismo en Europa y luego en la lucha contra el comunismo en los inicios de la guerra fría. Con el propósito de unificar a sus aliados ideológicos, lanzaron la idea de que, al menos desde la Ilustración, en el mundo del Atlántico Norte había existido una «civilización» común que vinculaba las sociedades norteamericanas (sobre todo, naturalmente, Estados Unidos) con Europa a través de un conjunto compartido de valores pluralistas, democráticos y liberales.
Ese conjunto de valores tenía sus más profundos orígenes en una herencia religiosa común que terminó siendo denominada, por primera vez en los años 40 y en esos mismos círculos de Estados Unidos, «judeocristiana». Así, por ejemplo, cuando el historiador de la Universidad de Columbia Carlton J. H. Hayes tituló en 1945 su discurso como presidente de la American Historical Association «La frontera americana: ¿frontera de qué?», la respuesta que él mismo se dio fue simple y muy propia de la época: «de la tradición grecorromana y judeocristiana». En este contexto, el Atlántico se convirtió en «el océano interior de la civilización occidental», además del Mediterráneo del imperio norteamericano de postguerra. Las historias atlánticas escritas en los días inmediatamente posteriores a la guerra -por ejemplo, las de Jacques Godechot ( Histoire de l'Atlantique [1947]), Michael Kraus ( The Atlantic Civilization: Eighteenth-Century Origins [1949]) y R. R. Palmer ( The Age of the Democratic Revolution [1959-63])- daban por sentado el papel fundamental que el Atlántico desempeñaba en este concepto de civilización.
La historia del tráfico de esclavos y de la esclavitud, de África y los africanos, y en términos más generales de las razas, tuvo un papel pequeño, o ningún papel en absoluto, en semejante modalidad de historia atlántica. Esta variante se ocupaba de la historia del Atlántico Norte más que de la del Atlántico Sur, de la América anglosajona más que de América Latina, y de las conexiones entre América y Europa más que de la relación entre las Américas y África. Era homogénea en lo racial, aunque no necesariamente en lo étnico. La revolución de Santo Domingo -la revuelta de esclavos más amplia y de mayor éxito del hemisferio occidental y un punto culminante en el ciclo revolucionario que golpeó el mundo atlántico a partir de 1776- no era un acontecimiento que pudiese figurar en esta versión de la historia atlántica, ni aparecía por tanto en The Age of the Democratic Revolution de Palmer. Tampoco había historiadores del Atlántico negro que fuesen reconocidos como partícipes en una empresa historiográfica común. W. E. B. Du Bois, C. L. R. James y Eric Williams, por poner sólo los tres ejemplos más destacados, se habían dedicado a temas que eran obvia y conscientemente atlánticos en su ámbito -las dinámicas del comercio de esclavos y la abolición; la relación entre esclavitud e industrialismo; la misma Revolución haitiana- durante más de sesenta años antes de que la suerte de la historia atlántica se relacionase con el auge de la OTAN. Sus décadas de aportaciones al campo proporcionan una genealogía más amplia, multiétnica y auténticamente internacional que la que proponen la mayoría de los defensores del Atlántico blanco, que, como muchos otros genealogistas, han pasado por alto estos antepasados incómodos o desagradables.
El enfoque genealógico de la historia atlántica pone al descubierto un Atlántico blanco con raíces en la guerra fría, un Atlántico negro cuyos orígenes se remontan a la postguerra civil estadounidense y un Atlántico rojo que enlaza con el cosmopolitismo de Marx. Esas ascendencias radicalmente distintas pueden haber impedido en sí mismas cualquier intento de conciliar las diferentes modalidades de la historia atlántica hasta el advenimiento de una época supuestamente post-ideológica -esto es, posterior a la guerra fría y al imperio. El surgimiento de historias atlánticas multicolores, y de historias del mundo atlántico que no sólo incluyen el Atlántico norte anglófono, da fe de los frutos de la fecundación cruzada. A partir de ese éxito, debería por mi parte volver a la anatomía de la historia atlántica para proponer una triple tipología de dicha historia. Como cualquier buena tricotomía, se supone que ésta es exhaustiva, aunque no exclusiva: debería abarcar todas las formas de historia atlántica concebibles, sin descartar que puedan combinarse unas con otras. Como historiador británico que enseña en los Estados Unidos, en las páginas que siguen he extraído mis principales ejemplos de la historiografía del mundo atlántico anglófono. Ejemplos similares se podrían sacar con facilidad de las historias de los mundos atlánticos de lengua española, portuguesa o francesa. Con esta reserva in mente , me permitiré proponer los tres conceptos siguientes de historia atlántica:
1. Historia circunatlántica: historia transnacional del mundo atlántico.
2. Historia transatlántica: historia internacional del mundo atlántico.
3. Historia cisatlántica: historia nacional o regional en un contexto atlántico.
En este ensayo mi propósito es describir cada uno de estos enfoques, explicar su utilidad y sugerir su relación con las otras dos modalidades. Prestaré especial atención al tercer concepto -la historia cisatlántica- tanto porque necesita ser explicado con mayor detalle como porque puede ser el más útil como medio de integrar historias nacionales, regionales o locales en la perspectiva más general que proporciona la historia atlántica. También me preguntaré, para concluir, por las limitaciones de la historia atlántica, como ejemplo de historia oceánica y como tendencia historiográfica de moda.
Número de páginas: 6
imprimir


¿Desea opinar sobre este artículo en el foro? Pinche aquí.

Todos los artículos que aparecen en esta web cuentan con la autorización de las empresas editoras de las revistas en que han sido publicados, asumiendo dichas empresas, frente a ARCE, todas las responsabilidades derivadas de cualquier tipo de reclamación
Página generada el Sábado, 15 de Noviembre de 2008 05:19:40