Memorias del mundo atlántico (Presentación)
Manuel Lucena Giraldo
Existen dos tipos de hombres, los sedentarios y los nómadas, los señores de la tierra y aquellos que se hicieron dueños del mar. Los impulsos de ambos han dibujado la historia del mundo, porque definieron continentes y civilizaciones. Pero no hay que engañarse. De la misma manera que estamos hechos de agua, por ella y a través de ella se construyeron los itinerarios de la historia universal, los mapas del pasado que permiten descifrar las realidades del presente. En especial si, como en el caso de Europa, existe un milagro que es necesario explicar: por qué una pobre y superpoblada península de Asia fue capaz de protagonizar la apertura del orbe y la primera globalización, representada por los imperios ibéricos. Quizás algo tienen que ver los motivos que siempre desplazan grandes contingentes de población, la necesidad de sobrevivir, el ansia de riqueza, la guerra, la persecución a las ideas religiosas y políticas, pero también hay que evaluar factores culturales, la curiosidad, la ausencia de despotismos inmovilizadores, la ruptura de los esquemas de tradición y autoridad.
El primer mar que los europeos encontraron fue el Mediterráneo, pero su primer océano de verdad fue el Atlántico. Éste sería un motivo suficiente para que el estudio y la reflexión sobre la aventura multisecular que fue convertirlo en un hábitat permanente constituyera un empeño de primer orden, y la memoria marítima no quedara sólo para poetas y nostálgicos. No sólo porque fue en el encuentro y el choque con otras civilizaciones donde los europeos dieron lo mejor y lo peor de sí mismos, donde convivieron el mal acompañado de moderna tecnología y el bien absoluto, utópico y angélico. Fue también en las fronteras marítimas y sus expresiones continentales donde se forjaron el moderno totalitarismo y los derechos humanos, el mestizaje, la esclavitud, las formas de fusión que iluminan el mundo. Estas reflexiones son válidas en especial para naciones colocadas en la periferia continental, como España, Portugal o Gran Bretaña, obligadas a abrirse al mar para ser algo y no negarse. Por supuesto, en este juicio se apunta una percepción de su historia como un dinamismo continuo y fructífero entre el mar y la tierra, las elites talasocráticas, comerciales y piráticas frente a las continentales, aristocráticas y militares. Y también existe tras esta historia ingenua sólo en apariencia la voluntad de afirmar que el futuro de Europa no puede hacerse desde el rocoso centro continental, lejos de las periferias que se han proyectado en las cuatro direcciones del mundo y en especial sobre el Atlántico, negando la experiencia magnífica y trágica de la expansión europea, al margen de la ciudadanía de los navegantes, hecha de palabras arrastradas por el viento. Ojalá que los estudios que se incluyen a continuación, que como poco pretenden estar al margen de los convencionalismos, añadan memorias al debate.
Tres conceptos de historia atlántica
David Armitage
Hoy todos somos atlantistas -o así parece a juzgar por la explosión de interés por el Atlántico y su mundo como objetos de estudio entre los historiadores del norte y el sur de América, el Caribe, África y Europa occidental. El contexto atlántico está empezando a influir en el modo en que la literatura, la economía y la sociología se ocupan de temas como la representación teatral, la primera historia de la globalización y la sociología de las razas. Sin embargo, ningún campo parece haber adoptado la perspectiva atlántica con más seriedad y entusiasmo que la historia. En efecto, J. H. Elliott ha dicho que la historia atlántica es «uno de los nuevos desarrollos historiográficos más importantes de los últimos años». Se trata de algo que está afectando a la enseñanza de la historia en todos sus niveles, especialmente en Estados Unidos: la historia atlántica cuenta hoy con sus propios congresos, seminarios y programas de postgrado; se conceden premios a los mejores libros sobre el tema; incluso se ponen a punto los primeros libros de texto. Como ocurriera con las historias nacionales que está destinada a complementar, e incluso a reemplazar, la historia atlántica se está institucionalizando. Así pues, éste podría ser un buen momento para preguntarse qué es la historia atlántica y en qué se está convirtiendo, antes de que se consolide y se vuelva totalmente inflexible.
El atractivo de la historia atlántica reside, en parte, en la naturaleza: después de todo, un océano es una realidad natural. Podría parecer que el Atlántico es una de las pocas categorías históricas que tiene una geografía no artificial, al revés de lo que ocurre con las historias de los Estados y las naciones, con sus fronteras cambiantes y sus imperfectas conjunciones entre lealtades políticas y límites geográficos. La historia atlántica también parece tener una cronología razonablemente clara, que empezaría con la primera travesía de Colón en 1492 y concluiría, convencionalmente, con la era de las revoluciones a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX. Posee por tanto un distinguido pedigree su identificación con la modernidad «temprana», anterior al inicio de la industrialización, a la democracia de masas, a la nación-Estado moderna y al resto de rasgos distintivos clásicos de la modernidad plena, cuyos orígenes tanto Adam Smith como Karl Marx asociaban con los viajes de descubrimiento europeos, y especialmente con el que tuvo lugar en 1492.
El Océano Atlántico fue un invento europeo. El resultado de sucesivas oleadas de navegación, exploración, colonización, administración e imaginación. No surgió totalmente formado en la conciencia europea, como tampoco lo hizo «América», aunque desde luego figurase en los mapas -y por tanto en las mentes- dos siglos antes de que las Américas alcanzasen su dimensión y su contorno reales. Y fue un invento europeo no porque los europeos fuesen sus únicos habitantes, sino porque ellos conectaron por primera vez sus cuatro orillas en una sola entidad, en cuanto sistema y en cuanto representación de una realidad natural diferenciada. Los límites concretos del océano eran, por supuesto, fluidos: estaba menos claro dónde acababa que cuáles eran los territorios que bañaba y relacionaba, puesto que se pensaba en «el Océano» como en una única masa de agua en movimiento, y no como la suma de siete mares distintos.
El nacimiento de la historia atlántica se produjo con retraso respecto a la invención europea del Océano Atlántico. Hasta finales del siglo XX, la historia atlántica fue intermitente y poco valorada como objeto de estudio. Al menos desde finales del XIX habían existido historiadores atlánticos; también había habido historias reconocidamente atlánticas. Pero sólo en la última década la historia atlántica ha hecho su aparición como un subcampo definido, e incluso como una subdisciplina de la historia. Sólo ahora un amplio sector de historiadores, junto con otro tipo de estudiosos, parecen haber convertido su atlantismo en un fetiche.