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Revista de Occidente 352 Revista de Occidente

Etiópicas del siglo XXI

por José María Lassalle
Revista de Occidente nº 352, Septiembre 2010

Número de páginas: 2
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Ser capaces de ir más allá del mito y trascenderlo puede parecer un empeño superfluo cuando se habla de Etiopía. Cercana y distante a la vez, elevada a las quiméricas alturas del sueño pero sumergida en el lodazal de una historia en la que se distribuyen responsabilidades propias y ajenas, Etiopía aloja geografías íntimas que es imposible abarcar y comprender. Quizá sucede con todos los destinos del viaje, también del imaginario. Hugo Pratt, uno de los genios del cómic del siglo XX, ubicó al Corto Maltés en De otros Romeos y otras Julietas deambulando por tierras etiópicas en tiempos de la Gran Guerra, siguiendo la estela de aquel Burton que llegó hasta Harar y se internó hacia el corazón del país buscando respuestas a su propia identidad. En su historia, Pratt puso en boca del Corto Maltés una declaración de principios que define al personaje más que en ninguna otra de sus famosas historias. Le hizo decir: «Yo no soy un héroe...Soy como los demás. Y como los demás tengo derecho a equivocarme sin estar obligado a hacer examen de conciencia cada vez...». Curiosa declaración de principios para un aventurero conradiano que deambuló por medio mundo y tuvo que llegar a Etiopía para reconocerse como era realmente.
No es de extrañar. Hugo Pratt fue uno de aquellos italianos que, acompañando a sus familias, dejó su Venecia natal para emprender siendo chiquillo la tarea imperial de aposentarse en la Etiopía conquistada por Mussolini. Allí, con diez años, descubrió que sufría lo que todos los hombres: el mal de una identidad perdida y nunca encontrada del todo. Etiopía le inspiró y por eso le dedicó esa serie maravillosa de Los escorpiones del desierto, donde el protagonista vuelve a ser fiel reflejo de esa especie de heterodoxo aventurero que ya dibujó de la mano del Corto Maltés. Esta vez, se trataba de un oficial de caballería polaco alistado en el ejército británico durante la Segunda Guerra Mundial, Vladimir Koinsky. Le hizo vivir la liberación de Etiopía y la experiencia colonial de italianos y franceses de Vichy aposentados a su vera, en Eritrea y Djibouti. Pero en medio de esa experiencia conoció a personajes que también estaban tratando de descubrir quiénes eran: el teniente Stella, el doctor Abubaquer, el teniente de la Motte, el capitán von Moltke, Guerrino Modena o Madame Brezza. Aposentados en los límites de un Occidente que se ponía a sí mismo en cuestión, todos ellos vivían la angustia de descubrir el trasfondo de una identidad volátil, al borde de disolverse sin sentido en el corazón de su fragilidad. De ella escapó Koinsky, no sin antes decirse que: «Debo encontrar el modo de marcharme. Todas estas historias son maravillosamente románticas, pero yo debo seguir adelante». ¿Por qué? Quizá porque el único que le demostró que sabía quién era resultó ser un nativo rebelde, Beni Amer Cush, que había tratado al Corto Maltés. Un halconero que disfrutaba mandando a los cielos a su ave de presa, Al Andalus, que citaba poetas andalusíes y que afirmaba que «no siempre las preguntas tendrán respuesta».
Y es que en contacto con aquellas tierras retorcidas por cordilleras inmensas y cortadas por desiertos y ríos de profundidad insondable, el viajero empequeñece y calla ante un espacio que sobrecoge e impone una disciplina silenciosa: la de escuchar y ver, para aprender sin más. Etiopía habla, y quien se asoma a ella, escucha. No puede ni debe hacer más. Como diría Beni Amer Cush, el país devuelve las preguntas sin dar a veces respuesta, de este modo deja abierto lo inexplorado para que uno se interpele a sí mismo y afronte el umbral de descubrir su particular identidad. Bastaría deambular por las oscuras estancias de las iglesias de Labilelá o asomarse a los cañaverales del lago Tana, donde comienza el Nilo su lenta marcha hacia el Mediterráneo, para comprender que estamos ante un país especial. Etiopía es África, con mayúsculas. Es la cristiandad en contacto con el sincretismo, el judaísmo y el islam. Es una tierra orgullosa, que salvó su independencia milagrosamente, a pesar del zarpazo sufrido a manos del fascismo durante la invasión de 1935. De ella nos vinieron la reina de Saba y la leyenda del Preste Juan. Hasta ella llegaron el mito del Arca de la Alianza, Rimbaud y nuestro Pedro Páez. Fue defendida por el hijo de Vasco de Gama de los intentos de someterla al islam y en 1978 fue el destino escogido por el polaco Ryszard Kapuscinski para escribir El Emperador, un libro que dibujó el horror de la tiranía comunista que Mengistu edificó sobre las ruinas del imperio del rey de reyes. Pero sería injusto quedarnos con la anécdota imaginaria de Pratt o simplemente recrearnos con su pasado para hablar de Etiopía. No es cierto. Uno de los antiguos cortesanos de Haile Selassie entrevistados por el periodista polaco en su famoso libro dijo que: «Tan solo perdura el recuerdo: lo único que se ha salvado, lo único que queda de la vida». Sin embargo, cuando se habla del pasado de Etiopía hay que añadir puntos suspensivos... ¿Por qué? Porque el país es una especie de eterno retorno que se realimenta y perdura en un presente sin solución de continuidad. Hoy Etiopía, como lo fue ayer, pero como lo seguirá siendo mañana, es un país de futuro. Lo tiene a pesar de las injusticias estructurales y las inquietudes que no acaban de despejar las dudas sobre la limpieza del proceso que estuvo detrás del experimento político iniciado a partir de 1991.
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