Aquí estamos. Varias decenas de miles de extranjeros de todas las nacionalidades imaginables -entre comisarios, personal de atención a los pabellones, técnicos, concesionarios, proveedores, arquitectos y constructoras, artistas, grandes chefs de cocina, organizadores de eventos de todo tipo-, cordialmente invitados a Shanghai, sesenta años después de haber sido fulminantemente expulsados. Antes, durante casi un siglo, los europeos habíamos hecho y deshecho a nuestro antojo en la «perla de Asia» o «la puta de Oriente», según quien juzgue, gozando del privilegio de la extraterritorialidad, regidos por leyes propias dentro de las llamadas Concesiones internacionales. También hoy se nos autoriza a instalarnos en un espacio acotado, el recinto Expo, sólo que en la orilla opuesta del río Huangpo, en Pudong, por entonces una zona pantanosa e insalubre, más allá de los límites urbanos. Cuatrocientas hectáreas sometidas por supuesto a las leyes chinas, como no se han cansado de repetirnos los funcionarios de la Expo durante su preparación. Aunque por la manera en que lo repetían, parecía como si intentasen convencerse a sí mismos. Una Exposición Universal, la mayor de la historia, con cerca de doscientos países participantes que durante seis meses representarán el mundo exterior dentro de China, ¿puede pasar sin consecuencias? Así lo cree posible el Estado más omnipresente y planificador del planeta, que tan a gala ha tenido siempre anticiparse a los acontecimientos y construir murallas preventivas frente a las contaminaciones exteriores, incluso la virtual de internet. Al fin y al cabo vienen de organizar los Juegos Olímpicos de Pekín, donde excepto mínimos incidentes, las cosas se mantuvieron bajo control. Pero unos juegos duran dieciséis días, no seis meses, y además los Juegos Olímpicos se celebraron en la capital histórica de China, donde en el pasado los embajadores venían obligados a postrarse en un humillante kow tow, mientras en Shanghai se vivía una humillación inversa. Y si existe el espíritu de las ciudades, cuánto tardará en imponerse el de una ciudad fundada para ser internacional, ventana al mundo, puerto libre aduanero y no baluarte ni cordón sanitario de viejos imperios ensimismados. ¿Pensaron en ello al proponerla como sede los planificadores de Pekín? Shanghai, nuevamente emporio comercial de Asia, es sin duda muy diferente de lo que fue, pero también del resto de las ciudades chinas. Tras la apertura económica, a la caza de oportunidades de negocio, residen en ella ya muchos más extranjeros que en la capital, trescientos mil, que han ido implantando sus propios bares, tiendas y un cosmopolita estilo de vida. ¿Regresan por donde solían? Entre estos signos de nuevos viejos tiempos y con el resto del mundo en crisis económica, Shanghai se embarca en el dispendio de una Exposición Universal. ¿Para pregonar que es distinta o que de nuevo es la misma? ¿Pueden acaso cambiar las ciudades cuando tan difícil resulta con las personas? La Expo, anunciada como la más espectacular de la historia, acaba de abrir sus puertas.
Shanghai, 1996
La primera vez que viajé a Shanghai, la ciudad ya impresionaba. Venía de hacer una travesía por el Yangtzé, primera localización de un documental sobre el impacto en el «río azul» de la presa de las Tres Gargantas, entonces recién comenzada. El documental terminaría rodándose al año siguiente con el título La Vieja China y el Nuevo Río, dirigido por Pedro Carvajal, pero entonces viajábamos productor y guionista y la escala en Shanghai tenía por objetivo, en el programa que el Centro Intercontinental de Comunicaciones de Pekín nos había preparado, mostrarnos la acuciante necesidad que la «Nueva China», personalizada en Shanghai, tenía de energía eléctrica. Si en la capital las visitas comienzan siempre con un recorrido por la Ciudad Prohibida, nuestros anfitriones nos condujeron de inmediato al Bund, el soberbio sky line de bancos y edificios de representación sobre el río Huangpo, herencia de las Concesiones internacionales. Pero no era ese Bund lo que querían mostrarnos. En la otra orilla, un horizonte de grúas y edificios apenas en esbozo, tan sólo comprensibles en la maqueta con que acompañaron la presentación, nos fue señalado como la nueva ciudad financiera de Pudong, destinada a convertir en anecdóticas las cities de Singapur, Hong Kong o Tokio. De sus futuros edificios emblemáticos sólo la antena de televisión la Perla de Oriente lucía acabada, mientras el rascacielos Jing Mao, augurado como el mayor del mundo, debía de ir por el noveno o décimo piso. Catorce años después de aquel viaje, la arquitectura vertical de Pudong saluda a la Expo Universal como si siempre hubiese estado allí, convertida en la principal atracción turística de Shanghai, el espejo en el que más les complace mirarse a los chinos de hoy, porque les devuelve una imagen de crecimiento económico sin límites. Pero además de aquel, también entonces nos llevaron a otros lugares en inminente transformación, cuyo destino final sólo hoy, catorce años después, estoy en condiciones de constatar. En el mismo Pudong, a la altura de donde se alza el puente Lupu, visitamos los Altos Hornos de Shanghai, en cuyo inmenso solar es donde, tras demolerlos por completo, se celebra la Expo. Allí, entre chispas y humaredas de sus envejecidas chimeneas nos mostraron el horno donde se estaban forjando las compuertas de la presa de las Tres Gargantas, orgullo de la siderurgia china. Tras la primera línea de ejecutivos con corbata -tan asimilados al look occidental como los que hoy dirigen la Expo-, ancianos embutidos en trajes Mao ejercían de última autoridad demostrándonos que al acero y la electricidad serían siempre inseparables del comunismo. Pero el caso es que a los Altos Hornos los ha sustituido una Exposición Universal que acabará dejando paso a una nueva zona residencial y de oficinas abierta a la especulación inmobiliaria, el motor del moderno Shanghai.
Y no sólo en esa orilla del río. En la otra, también recinto de la Expo, destinado a exhibir las mejores prácticas urbanas de las ciudades participantes, pocas huellas quedan de los astilleros Jiangnan, que durante un siglo fueron los mayores de toda Asia. Podría interpretarse como una nueva señal de que el régimen chino ha dado por agotado el modelo de la industrialización para apostar por un postcomunismo de servicios que aún no se sabe cuánto funcionará. Porque, ¿no era con los obreros metalúrgicos y de la construcción naval con quienes, desde Petrogrado a Shanghai, se construyó el mito y se forjó el acero de un proletariado militante?
Un paseo por las Concesiones