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Revista de Occidente 348 Revista de Occidente

Soledad Ortega y Victoria Ocampo. Una amistad heredada

por Marta Campomar
Revista de Occidente nº 348, Mayo 2010

Número de páginas: 8
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Como vicepresidenta de la Fundación Ortega y Gasset de Argentina, fundada por Soledad Ortega en los años 80, considero que estos epistolarios que hemos consultado y comentado son un legado histórico importante que une a ambas fundaciones de uno y otro lado del Atlántico y que, como dejó dicho Soledad Ortega a Victoria, contribuyen a hacer perdurar la memoria de su padre entre las generaciones futuras.
La desaparición de Ortega en 1955 había dejado en Victoria Ocampo un vacío emocional y cierto desasosiego al recordar las traumáticas circunstancias en que se habrían marchado los Ortega de Buenos Aires en febrero de 1942. Según consta en la carta enviada a Máximo Etchecopar desde Portugal en 1943, la última estadía entre argentinos se le había convertido a Ortega en una verdadera pesadilla. Ya no tenía sentido intentar una docencia ante una sociedad que, secuestrada por los complejos de lo personal, con sus potencias espirituales trabadas por el conflicto bélico internacional y por su propia crisis interna, no iba «a las cosas». En materia docente su círculo de amigos liberales se desligaban de las exigencias ideológicas con que Ortega les impulsaba a posicionarse con mayor flexibilidad ante cambios sociales irreversibles. En este entorno le resultaba difícil entenderse con un público lleno de objetores en el cual sentía que para decir algo, solamente algo, tenía que renunciar a decir todo lo demás.
Una de las experiencias más irritantes era comprobar que su larga trayectoria docente era cuestionada por su cautelosa reticencia a jugarse de un lado o del otro en la contienda internacional, creándose en torno a su persona una ambivalente conducta social. Guillermo de Torre, colaborador de Sur, describía la última docencia orteguiana de «salvación equívoca»  [ 1 ] impregnada de cierto temor a exponer crudamente sus nuevos puntos de vista y en contradicción consigo mismo, sin poder el filósofo conciliarse con sus antiguas enseñanzas. Ésta fue la tesitura crítica que adoptó un sector influyente de la revista Sur, cuyos integrantes juzgaban a Ortega con dureza por no ser hombre de partido.
En esta etapa de su vida Victoria Ocampo lo calificaba de pensador excesivamente «discreto»; callaba por pura discreción porque sabía que las cosas de España no eran bienvenidas. Opinaba Victoria que «Ortega era exageradamente discreto, pues a veces ciertos malentendidos nacen de un demasiado hermetismo en el callar. Apreciaba la discreción en los demás. Y al amoldarse uno instintivamente a esa manera de ser, o más bien dicho al reciprocarla acaba uno por cohibirse un poco» [ 2 ] .
El mensaje incluido en estas palabras de Victoria publicadas en un artículo en Sur de 1956, que formaron parte en 1955 de un homenaje a Ortega en la Universidad de la Plata, adquirían un cierto tono de autoconfesión y sinceramiento cuando ya habían asado los eventos que dividieron el mundo entre 1939 y 1942. En la tensa situación de esos años bélicos, un roce de la revista Sur con una revista nacionalista de derechas, Sol y Luna, donde participaba Máximo Etchecopar en defensa de la porción de herencia española radicada en la identidad argentina, derivó en que Ortega retirara su nombre de los colaboradores fundacionales de Sur. Victoria aceptó el gesto a regañadientes.
Entraría el séquito de Sur, y por consiguiente su fundadora, dentro de esa pesadilla que Ortega intentó erradicar de su mente retornando a Europa en 1942, poniendo fin a su docencia argentina en los albores de una gran transformación nacional. Desde el diario La Nación, él habría advertido como inminente el resurgir del populismo de masas que había quedado a la deriva, confirmándose su pronóstico de que el país, a pesar de su éxito económico y del liberalismo dogmático de las elites terratenientes que no sabían convivir con los dioses del consenso, carecía de una creencia común. No tenía resuelto lo que Ortega denominaba su «vigencia colectiva», su ecuación de nivelación social, ni el tema de la concordia política ciudadana. En tiempos de guerras en que se volatilizaban las ideas, y las pasiones y las banderas políticas radicalizaban la sociedad, se generaron rencores y discordias sociales que afloraron en la década peronista.
Habría que dejar en claro que Ortega nunca se inmiscuyó en la libertad de expresión de la revista de Victoria, pero en esta ocasión se sintió agredido por las insinuaciones de que el intelectual debía jugarse por «la libertad», que hacían ver su posición de neutral espectador de fenómenos sociales como una actitud de objetividad distanciadora reprobable. Ésta sería la opinión de Leon Dujovne en 1968 a la hora de evaluar la concepción de la razón histórica en la obra de Ortega [ 3 ] .
Como le confiesa Ortega a su amigo Lorenzo Luzuriaga [ 4 ] , con quien compartía el exilio en Argentina, en lo personal se mantenía en un expectante silencio, aunque públicamente predicaba la necesidad de una concordia sustantiva para los argentinos, quienes ofuscados por lo que ocurría en Europa se desentendieron del mensaje que presagiaba Ortega en su docencia de despedida. Esos nubarrones sociales que crecían dentro de la república (como en tiempos del Imperio romano), y que se harían sentir en la historia argentina a partir de 1943 con el triunfo del peronismo, eran una realidad bien presente en la mente de Ortega. El precio de esta disociación social lo pagaría Victoria Ocampo. Se manifiesta claramente en el intercambio epistolar con Soledad Ortega, a quien la escritora argentina confesó sentir una hipersensibilidad y rechazo ante el populismo peronista.
Con los años, Victoria admitió en su biografía que en la última etapa de su relación con Ortega habían interferido tiempos desapacibles de desentendimiento mutuo. La guerra civil española y la segunda guerra mundial habían dejado entre ellos una cierta disconformidad de opiniones que revelaba, sobre todo por parte de Ortega, el desgaste y desencanto con la sociedad argentina, lo que dejó en la conciencia de Victoria un profundo malestar y el temor a reencontrarse con la mirada acusatoria de Ortega, que pudiera poner fin a su larga amistad. No obstante, al pasar ella por los mismos avatares de Ortega durante la persecución peronista, recordó el estado de ánimo del filósofo en 1941 y se identificó con su profunda desazón moral al vivir la persecución y el ostracismo en carne propia.
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NOTAS
  • [ 1 ]

    G. de Torre, «Unamuno y Ortega», Tríptico del sacrificio, Editorial Losada, Buenos Aires 1948, pp. 33-52.

     

  • [ 2 ]

    «Mi deuda con Ortega y Gasset», Número de Homenaje a Ortega y Gasset, revista Sur, Julio-Agosto 1956, pp. 206-220.

     

  • [ 3 ]

    L. Dujovne, La concepción de la historia en la obra de Ortega y Gasset. Colección Rueda Filosófica, Santiago Rueda editor, Buenos Aires 1968.

     

  • [ 4 ]

    El epistolario de Ortega y Luzuriaga conservado en los Archivos de la Fundación Ortega de Madrid resulta revelador respecto a la conducta personal de Ortega durante el periodo de exilio argentino.

     


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