Y llegan tiempos en los que la indignación y la vergüenza son tan grandes que sobrepasan a todo cálculo y toda prudencia, y uno debe actuar, es decir, hablar.
J. M. COETZEE, Diario de un mal año (2007)
Afirmar que es vano buscar a JohnMaxwell Coetzee en sus novelas sería tanto una evidencia como una impropiedad. Ambas inexactas y ambas razonables. Nada debería preocuparnos a los lectores que el autor se proyecte más o menos, en todo o en parte, si eso no pasara de ser un juego especular. Lo que ocurre en las novelas de Coetzee es que el problema de la autorrepresentación sobrepasa con mucho el reflejo narcisista para alcanzar un sentido y una trascendencia sin parangón entre los creadores actuales. Ni siquiera en Philip Roth, con ser en éste un aspecto capital en toda su novelística. El rastreo de Coetzee resultará baladí a quien se proponga husmear las huellas del autor empírico, como el narratólogo narrador de La previa muerte del lugarteniente Aloof (2009) de Álvaro Pombo. Más que nada porque lo que va a encontrar son espacios abandonados, lugares en los que parece haber habitado fugazmente el autor para ausentarse de pronto, siluetas sin figura: Coetzee se sustrae al cazador de certezas y deja tras de sí un rastro de ambigüedad. Su gesto característico es huidizo, no tanto el de quien se enmascara como el del que se embosca. No se transforma en otro sino que se hurta a la mirada, precisamente para que la del lector (la mirada y el enjuiciamiento de las situaciones antes las que lo empuja) esté limpia de condicionantes, exenta de mediaciones, expuesta a su propia intemperie. Tú mismo, no esperes auxilio didáctico ni paternalismo autorial, juzga, viene a decirnos Coetzee.
Ese gesto fugitivo es fácil reconocerlo en sus novelas, en especial desde Foe (1986), pero también en la figura pública del escritor, envuelta en un enjambre de anécdotas que ilustran su supuesta hurañía. Hay quien ha comparado su actitud con el ocultamiento de J. D. Salinger o Thomas Pynchon, pero nada más equivocado. Con su obstinada reclusión, éstos se delatan, hacen exhibicionismo de su misterioso rechazo a ser vistos y oídos, aunque alguno de ellos (Pynchon) haya autorizado reveladoramente su parodia en Los Simpson, donde aparece con una bolsa de papel cubriéndole la cabeza. Coetzee se encuentra a años luz de estas actitudes histriónicas con las que tales autores construyen una trademark, un personaje público cuyos atributos son, precisamente, los de su invisibilidad y carestía. Coetzee se deja ver y entrevistar, acude de vez en cuando a congresos, dicta, cuando se tercia, conferencias y acepta con sobriedad reconocimientos y premios. Pero en ninguna de esas liturgias asociadas al deber de cortesía profesional deja desprotegido ningún flanco por donde sea posible asaltar su intimidad, sea esto lo que sea. De las dos veces que ha ganado el premio Booker, ninguna ha acudido a recogerlo; su negativa a participar en presentaciones de libros, declaraciones periodísticas y otras ceremonias de promoción es férrea; en una ocasión en que compartió mesa con otros escritores de su rango se limitó a advertir de que él no iba a decir nada pero que estaría encantado de escucharles; cuando recibió el premio Nobel en Estocolmo, no defraudó la expectación de quienes esperaban por fin un discurso sobre sí mismo: agradeció lacónicamente el galardón y leyó un texto titulado He and His Man, escrito por un Robinson Crusoe que habría utilizado el seudónimo de Daniel Defoe para publicar sus memorias de náufrago... Repite en el primer volumen de sus memorias, Infancia, que tiene el corazón endurecido, pero a esa cauterización emocional que sufrió de pequeño conviene añadir la madurez del que reconoce en el ocultamiento a todo trance poco menos que un remilgo pueril. Y a pesar de su extrema discreción pública, ha procurado que sus posiciones políticas fueran palmarias. Su condena del régimen segregacionista de Sudáfrica fue inequívoca: el apartheid desfigura las relaciones entre los seres humanos y adultera la vida interior de las personas, como manifestó con toda contundencia al recibir en 1987 el premio Jerusalén. Igual de clara fue su protesta ante la guerra del Vietnam en 1970, que le costó perder la residencia en los Estados Unidos, o ante la política exterior belicista del gobierno Bush o, en otro orden, ante la crueldad con los animales, institucionalizada en la industria alimentaria. Coetzee encarna al escritor intelectual con un fuerte compromiso moral que no está dispuesto a ceder, por ello, ni un ápice de su vida privada ni al circo mediático ni a sus pistas laterales. Ha saltado fuera del escenario donde se representa la sociedad del espectáculo y, aunque ha ido construyendo una carrera literaria de una majestuosa solidez, podría suscribir el lema cartesiano: larvatus prodeo, avanzo velado.
Y a despecho de esta vocación de emboscado, Coetzee es uno de los novelistas que con mayor y más variado artificio técnico se ha proyectado en sus ficciones. En la mayoría de ellas hay alguien que escribe, ha escrito o debe hacerlo, sea o no escritor profesional, alguien se que enfrenta a una situación que exige una toma de posición ética, alguien que pertenece al gremio universitario o que se ve atrapado en una relación humana asimétrica, donde la mutua comprensión está dificultada por las diferencias culturales o socioeconómicas. Coetzee ha trabajado con aguda conciencia de la innegable cuota de autorrepresentación que acarrea la escritura ficcional desde su primera novela, Tierras de poniente (1974), cuya segunda mitad está narrada por un antepasado suyo, Jacobus Coetzee, un brutal colono que, en su penetración hacia el Sur africano en el siglo XVIII, ejecutó sobre los indígenas una venganza sanguinaria e inmisericorde. A esa vileza el autor no se siente ajeno y parece asumir la deuda -cuando menos- de conciencia que la atrocidad perpetrada por aquel Coetzee ha hecho contraer a sus descendientes. Pero también topamos con un Coetzee en la primera narración de esa novela, en la que Eugene Dawn, un asesor militar demenciado redacta informes con planes de exterminio contra los vietnamitas que entrega a su superior, un tal Coetzee, al que menciona sin que aparezca. No me parece dudoso que este supervisor invisible está inspirado en el Yudi enigmático del Molloy de Samuel Beckett que le pide a Moran que escriba un informe sobre su búsqueda de Molloy. Yudi, simbólica figuración del Autor, el Ser Superior (Yahvé), no sólo crea sino que ordena y controla las peripecias de sus criaturas, como Coetzee las de Dawn. Pero estos primeros reflejos de sí mismo, en torno a 1972, por cuenta de su inconformismo político y de su admiración por Beckett, habrán de hacerse más complejos en su obra posterior.