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Revista de Occidente 278-279 Revista de Occidente

Santayana y España: una recapitulación

por Daniel Moreno Moreno
Revista de Occidente nº 278-279, julio-agosto 2004

Número de páginas: 4
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El sostenido interés de Santayana por los avatares políticos españoles produce una serie continua de comentarios en íntima conexión con su filosofía política. Así, una vez que se distancia del liberalismo inglés y francés, al que culpa de la falta de grandeza y de la confusión moral que detecta en su época, equipara el naciente régimen mussoliniano con el del general Primo de Rivera, quien había dado un golpe de Estado en septiembre de 1923 apelando al agotamiento de la democracia y del sistema parlamentario. A la vez publica dos diálogos titulados «On Self-Government» sobre la legitimidad de la democracia, en los que exhibe la mayoría de los argumentos tradicionales contra ella. La supuesta legitimidad que adquiere al basarse en la voluntad de los gobernados no asegura que las leyes que apruebe sean buenas. La indudable dignidad intrínseca de la libertad pierde tal carácter cuando es atribuida a la mayoría del pueblo, que es ignorante de sí mismo y de la sociedad en la que vive. El recuento de votos no tiene en cuenta el efecto de la prensa y de los partidos, que controlan la opinión pública, ni la posición de los que no pueden votar. Ante la proclamación de la república, Santayana le declara a G. Sturgis que los republicanos no gozan de sus simpatías, pero que la dictadura de Primo de Rivera ha tenido la poca fortuna de asociarse con intereses militares, reales, aristocráticos y clericales, cuando, a su juicio y seguramente con la experiencia de Italia como referencia, no tiene por qué darse esa vinculación. Unos meses más tarde le escribe a Mercedes de la Escalera, una amiga de la familia: «Esta revolución es cosa triste para nosotros, que vemos deshacerse el mundo en que hemos vivido, pero hay que desengañarse. Todo lo humano cambia sin cesar, y ninguna civilización puede sostenerse en la forma que tenía, ni volver a ella». No es de extrañar el perfecto castellano de esta cita, puesto que Santayana conservó siempre el idioma que aprendió en Ávila para comunicarse con sus conocidos españoles e hispanoamericanos.
Otro suceso que motivó sus comentarios, en este caso de alabanza, fue la actuación del ejército en el control de la insurrección anarquista de diciembre de 1933. De nuevo vuelve a estar pendiente de los periódicos para ver cómo acaba el conflicto. En una carta dirigida a Rafael, compañero habitual en sus paseos campestres en Ávila y participante en el posterior levantamiento contra la república en 1936, se alegra porque «parece que se ha restablecido la tranquilidad, y que la tropa en general se ha portado bien. Era lo esencial». En noviembre de 1936, Santayana vuelve a mostrarse entusiasmado con las noticias que le llegan de España. Llega incluso a planear un libro, que no llegó a ver la luz, con el título The Revolt of the Nations , para recoger el giro que a su juicio está tomando la historia. Occidente se ha visto gobernado durante dos mil años sucesivamente por fuerzas no naturales y parece llegado el tiempo de que se restablezca la situación natural originaria que permita que España, por ejemplo, resurja de nuevo tan vigorosa como en la Edad Media, acompañada por otras naciones con idéntico destino. En 1946, sin embargo, parece ya desilusionado con la manera en que se desarrollan los acontecimientos. Comentando un libro sobre el alma mística de España, afirma temer que el alma real de España esté a esas alturas bastante desintegrada.
En la única novela de Santayana, convertida en gran éxito editorial, The Last Puritan. A Memoir in the Form of a Novel (1935), España está también presente, pero esta vez en forma de ausencia. A pesar del carácter de memoria que recoge el título, no hay ninguna referencia en ella a España porque el personaje principal, Oliver Alden, encarna el puritanismo de Boston llevado a su fin lógico, una tradición que dejó sin aire que respirar a numerosos miembros de su generación. De modo que si Santayana mismo no sucumbió a ella fue porque contaba con tradiciones alternativas: la filosofía griega, España, el materialismo, el catolicismo. España queda fuera, pero como alternativa liberadora. Es significativo que cuando Santayana analiza en sus cartas la figura de Oliver lo hace desde la contraposición del Fausto de Goethe con el Don Quijote de Cervantes.
Oliver se enraíza en la tradición fáustica más que en la quijotesca. Fausto no puede ser convertido porque su propia naturaleza es bárbara, incapaz de ver más allá de su campo de acción. Don Quijote sí que puede ser convertido, no está perdido por completo. Santayana ve un gran acierto en que Cervantes le haga despertar de su locura, que le haga aceptar que es Alonso Quijano, un humilde hombre de carne y hueso, que no hay gigantes -Bien, Belleza, Dios-, sino molinos, una realidad con la que trabajar, que a veces ayuda al espíritu y otras entorpece su labor. Antes que despertar Fausto prefiere la muerte, porque despertar supondría algo peor que la desaparición física. En el imaginario santayaniano, por tanto, sí que España y las tradiciones asociadas a ella estaban presentes.
La diferencia de talante buscada por los críticos entre autor y personaje, entre Santayana y Oliver, se explica si se tiene en cuenta el origen español del primero y norteamericano del segundo. La tragedia de Oliver radica en la resistencia calvinista a admitir la contingencia y la relatividad propias de la existencia. Como puritano secularizado, pretende convertir en valores absolutos el dominio de las circunstancias y las elecciones de cada día. Santayana se apoya en la ironía, se distancia incluso de la desesperación y vacío que pueda sentir Oliver. Santayana no es un peregrino en busca de algún lugar santo, sino un filósofo desilusionado en paz con el mundo y consigo mismo. El último rescoldo del sentido común abulense transmitido por su padre le hace pensar ante el panorama que acongoja al último puritano: «¡Déjalo estar!». Nada más lejos de su talante que la conciencia angustiada que el romanticismo aportó a la tradición gentil y que es la que asfixia a Oliver.
Antes de la publicación de la novela, por ejemplo, le manifiesta Santayana sus dudas al editor sobre si la mezcla o casi identidad entre sátira y sentimientos elevados que presentaba, rasgo que considera muy importante y «muy español», será del gusto inglés. Un crítico norteamericano reciente ha destacado el fatalismo, el sarcasmo y la aceptación de las cosas tal como son como características distintivas de la novela. Un talante que considera cercano al paisaje que rodea Ávila y que detecta también en Goya y Cervantes.
De modo que Santayana habría permanecido «genuinamente español» hasta el final de sus días.
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