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Revista de Occidente 278-279 Revista de Occidente

Santayana y España: una recapitulación

por Daniel Moreno Moreno
Revista de Occidente nº 278-279, julio-agosto 2004

Número de páginas: 4
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La relación de Santayana con España va más allá del hecho de que naciera en Madrid en 1863 de padres españoles, de que escribiera poemas y artículos sobre España y de la anécdota de su fallecimiento, elevada a la categoría de símbolo por algunos intérpretes. Es cierto que el accidente que precipitó su muerte en 1952 ocurrió cuando bajaba las escaleras del Consulado de España en Roma, adonde había acudido para renovar el pasaporte español, al que no renunció nunca. Sin embargo, buceando en la obra de Santayana, se descubren otras conexiones con España que están directamente ligadas, como a través de un cordón umbilical, con el nervio interno de su pensamiento. Propongo al lector un nuevo examen de los datos que vinculan a Santayana con España, tanto de los ya conocidos como de los que han pasado desapercibidos, presentados desde su contexto filosófico. Sin duda el primer aspecto en esta relación fue la educación religiosa de Santayana. Sus padres eran deístas de tradición ilustrada. Su padre, Agustín Ruiz de Santayana, le escribía en 1884: «Te faltaba un amigo "agnóstico" que representara en tu imaginación la edad futura. Pero en su defecto acuérdate de mí, que en mi corto entendimiento estoy firmemente convencido de que no está lejos el tiempo en que se reconozca universalmente que el hombre no puede comprender nada sobrenatural, y que todas las religiones son inventos o creaciones humanas, como los poemas. Entonces no habrá cultos, ni sacerdotes. No habrá más que un sentimiento de admiración por lo que está fuera de nuestro alcance». Y en 1886: «porque no puedo pasar por que se diga que la religión hace a los hombres mejores o más felices, creo todo lo contrario, que la religión erigida en sistema social hará a los hombres peores y más infelices que lo son por naturaleza. Abundan los ejemplos y las pruebas en favor de esta opinión, no sólo en España, que es en este respecto el país más desgraciado de Europa, sino en todo el mundo». Por esto asoció Santayana desde temprana edad ciertos aspectos de la religión con la superstición, con intereses demasiado mundanos, y vinculó religión y poesía desde su obra Interpretations of Poetry and Religion (1900). Hay que recordar que en 1930, recapitulando brevemente la historia de sus opiniones, afirma, en referencia a su educación religiosa:
Mi madre, como su padre antes que ella, era deísta: ella estaba segura de que había un Dios, porque, ¿quién más podría haber hecho el mundo? Pero Dios era demasiado grandioso como para preocuparse especialmente por el hombre: sacrificios, oraciones, iglesias y cuentos sobre la inmortalidad fueron inventados por sacerdotes pícaros con el fin de dominar a los tontos. Mi padre, excepto en el deísmo, era claramente de la misma opinión. Así, aunque aprendí mis oraciones y el catecismo maquinalmente, como era inevitable entonces en España, sabía que mis padres veían la religión entera como obra de la imaginación humana: y yo estaba, y aún lo estoy, de acuerdo con ellos.
El padre de Santayana dirigió también su atención hacia Lucrecio, puesto que solía citar, en apoyo de sus críticas a la religión, el famoso verso «Tantum religio potuit suadere malorum» ( De rerum natura , I, 101), que Santayana utilizaba también como frase hecha. Se explica así el papel central que ocupa Lucrecio como poeta de la naturaleza en Three Philosophical Poets: Lucrecio, Dante, Goethe (1910) y como representante del naturalismo no humano al que se adscribe Santayana. De Lucrecio admira la consideración de la misma naturaleza como medida de naturalidad, sin admitir criterios extra o sobrenaturales que puedan juzgarla desde fuera. Santayana hereda de este modo la tradición librepensadora europea. Por ello no puede estar de acuerdo con la tradición sobrenaturalista dominante en Boston, ciudad donde se forma, y en Harvard, en cuya universidad ejerció como profesor durante veinte años, pero de la que se retiró en 1912. Por esto mismo, cuando visita Alemania para ampliar su formación, detecta en autores como Kant, Hegel o Nietzsche un olor a púlpito que le desagrada. En particular, las discusiones en torno al clásico problema del mal en el Departamento de Filosofía de Harvard le llevaron a distanciarse de J. Royce y W. James y propiciaron su alejamiento físico y filosófico. Santayana considera que se intenta exorcizar la innegable realidad del mal convirtiéndolo en un bien. Para J. Royce en particular el mal es una dificultad insalvable porque convierte las distinciones morales en la sustancia del mundo. Para Santayana los conflictos morales ocurren en la mente del hombre, la naturaleza no presenta más que colisiones físicas o voluntades que persiguen algún interés inocentemente, ajena a las ideas de bien o mal que el hombre se forja tomándose a sí mismo como centro del universo. Acentos epicúreos se escuchan también en la postura de Santayana respecto a la inmortalidad. La existencia de una vida futura no es cuestión de creencias religiosas, sino de investigación científica y no tiene relevancia espiritual puesto que sería en todo caso un proceso natural aunque prodigioso. La muerte no es triste, sino que es el fin natural de todas las cosas, puesto que éstas son esencialmente transitorias.
Es el instinto animal el que lleva a afirmar compulsivamente que la vida no acaba nunca, el que necesita imaginar la permanencia del yo. La herencia paterna en Santayana no es por tanto baladí puesto que entronca con el leit-motiv de su filosofía, distancia respecto a la religión entendida literalmente e interés en la corriente materialista griega como alternativa al pensamiento moderno.
A su estancia en Harvard está vinculado también otro aspecto de la relación de Santayana con España. El año clave es 1898. Santayana cuenta en Persons and Places (1944, 1945, 1953) la reacción de W. James y G. H. Palmer durante las negociaciones de paz entre España y Estados Unidos que pondrían fin a la guerra de Cuba. James se sentía defraudado por su país porque, aunque se podía defender la invasión de Cuba basándose en el mal gobierno español en la isla y en el sufrimiento de los nativos, no había ninguna excusa para la anexión de las Filipinas, que era una simple muestra de ambición, imperialismo y corrupción. Palmer defendía que el curso de la historia era en última instancia el Juicio de Dios, así que no había nada criticable en esos hechos. Frente al enfado de W. James, Santayana, por su parte, se muestra resignado y en paz, con un talante que, según recuerda, coincidía con el que encontró en España cuando pasó por Irún y Ávila, justo después del armisticio. Esta reacción, típica de Santayana, lo aleja de la que compartieron los integrantes de la generación del 98 y ha llamado la atención de los críticos porque no muestra ni un solo rasgo de alteración afectiva frente a los hechos. Con todo, hay que mencionar el testimonio de B. Russell, que en sus Portraits from Memory (1956) afirma que el proclamado desasimiento de Santayana no le parecía del todo completo, en especial durante la guerra hispano-norteamericana, un conflicto donde él recuerda que Santayana tomó apasionadamente partido a favor de España. Las diferencias con James son, con todo, más profundas que esta diferente interpretación política porque representan dos maneras de enfrentarse al ideal. W. James creía, inocente y románticamente, en los ideales expresados en la Declaración de Independencia y esto le hacía quejarse con amargura ante las primeras pruebas de imperialismo de su país. Santayana no cree que los ideales pudieran dirigir la acción de los gobiernos; pueden, sí, inspirar leyes y reformas, pero es ingenuo confiar en que sean algo más que ilusiones impotentes.
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