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Revista de Occidente 338-339 Revista de Occidente

INÉDITOS: Recuerdos de un siglo*

por Isaiah Berlin
Revista de Occidente nº 338-339, Julio / Agosto 2009

Número de páginas: 2
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Me resultó imposible seguir andando. La última vez que me había ourrido algo así fue cuando leí la noticia de la muerte del presidente Roosevelt, en 1945. En aquella ocasión estaba dictando un telegrama en la Embajada Británica, donde me encontraba destinado durante la guerra, y mi asistente entró con un mensaje arrancado del teletipo. «No puedo mirar nada mientras estoy escribiendo a máquina, por favor, no me interrumpa, en media hora habré terminado», dije, a lo que él contestó: «Creo que debe echarle un vistazo a esto».
Cuando supe que Roosevelt había muerto me quedé un tiempo como paralizado. No quería hablar con nadie, el mundo en el que creía parecía haberse derrumbado. Me di cuenta de que mis sentimientos hacia Roosevelt y todo lo que él representaba eran más fuertes que los que en aquel momento sentía por cualquier otro ser vivo -hacia Winston Churchill sentía una admiración incomparable, sabía que había salvado nuestras vidas, pero mis simpatías estaban con los liberales y Roosevelt era mi líder, como lo era de todos los americanos que había conocido y que se habían convertido en amigos míos. Nuestra esperanza de que se produjese un gran aumento de la justicia, el conocimiento, la libertad y la felicidad había desaparecido. Continué en un estado de letargo varios días. No cabe duda de que era poco realista: una prolongación de la era Roosevelt no habría logrado todas esas cosas, y su sucesor en muchos aspectos hizo más para convertirlas en realidad que el propio gran presidente. Pero en aquel momento no lo veía así.
No me sentí tan afectado cuando me enteré de la muerte de Kennedy, pero él también, con todos sus evidentes errores, había sido un libertador y un héroe, situado siempre en el lado bueno de todos los asuntos públicos que importaban. Rogué que me dejaran descansar un cuarto de hora más o menos antes de comenzar mi conferencia. Bebí dos vasos de agua fría, entré en la sala y di la conferencia con toda normalidad. Estas dos muertes destacan claramente sobre otros acontecimientos, y no precisamente para mejor, y fueron los momentos más oscuros de mi vida. No pienso que la muerte de ninguna figura pública actual, aparte de los sentimientos que podría provocarme en el caso de que se tratase de un amigo personal, supondría para mí un impacto similar.
Guerra de los Seis Días
Durante la Guerra de los Seis Días estaba en Londres. Como otros muchos hombres y mujeres decentes, especialmente por supuesto mis compañeros judíos, me sentí terriblemente preocupado por la supervivencia del Estado de Israel. No tenía duda de que Nasser no habría proclamado la Guerra Santa ni sus hombres habrían hablado de arrojar a los judíos al mar o arrasar sus pueblos sin estar seguros de que tenían suficiente apoyo militar para derrotar a los israelíes. Independientemente de cuáles fueran las razones que provocaron el estallido de aquel conflicto, el ciudadano medio británico tenía la impresión de que sería una guerra de exterminio, un segundo holocausto. El hecho de que ningún otro país ni tampoco las Naciones Unidas levantaran un dedo para ayudar a los israelíes era muy mala señal.
Me enteré de la noticia de la victoria israelí al término de una cena con el embajador americano en Londres. Los políticos británicos y americanos presentes expresaron unánimemente su alivio ante el resultado. Sentí un entusiasmo tan irreprimible que le dije a quien estaba a mi lado, el director de un conocido periódico: «Esto demuestra que después de todo hay un Dios en el Cielo», a lo que él respondió: «Creo que aquí soy el único pro-árabe» -de hecho era amigo personal de Nasser. Pensé que era el momento de mostrarse magnánimo y, como me sentía generoso, le felicité por su coraje social, ya que estaba rodeado de sionistas y simpatizantes. Este periodista estaba tremendamente entristecido por el resultado y se fue pronto. Mi esposa y yo nos quedamos hasta tarde y de camino a nuestro apartamento teníamos la sensación de andar en el aire. Se produjo una gran oleada de simpatía hacia Israel, incluso entre gente que hasta entonces no había dedicado un solo pensamiento a Oriente Medio; nada de lo que los comunistas y antisionistas pudieran decir en ese momento podía destruir el raro placer de sentirse -aunque acabó siendo un periodo muy breve- unidos en un mismo sentimiento con la mayoría de nuestros compatriotas. Momentos como éste no pueden durar, aunque algunas veces, si uno tiene suerte, vuelven.
Traducción: Julio Crespo MacLennan.
* Los siguientes fragmentos, que se publican aquí gracias a la amabilidad de Henry Hardy, son extractos de unas cartas escritas por el filósofo Isaiah Berlin en 1979 a unos editores canadienses que tenían intención de publicar un libro sobre cómo reaccionaron personajes célebres ante los momentos más dramáticos del siglo XX. El libro nunca se publicó y estas cartas han quedado como un valioso testimonio inédito de las reflexiones de Isaiah Berlin sobre el siglo XX.
 
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