Revolución rusa
En febrero de 1917 aún no había cumplido ocho años, y mis impresiones eran, como se pueden imaginar, más visuales que sociológicas. Recuerdo que fui despertado por mis padres, me asomé al balcón de nuestro apartamento, que estaba en un sexto piso, y vi una gran multitud blandiendo pancartas en las que había escritas frases como «tierra y libertad», «abajo la autocracia», «abajo el gobierno del zar», «todo el poder para la Duma», y otras por el estilo. Las tropas, más que marchar, andaban en formación hacia la multitud, y cuando los soldados la alcanzaban parecían mezclarse con ella de forma pacífica. A mí todo eso me parecía fascinante y no me podía apartar del balcón.
Ese día mismo día, cuando me sacaron a pasear vi un espectáculo aterrador; un policía evidentemente leal al gobierno zarista, del que se decía que había estado disparando a los manifestantes desde un tejado, era arrastrado por una turba hacia un terrible final. El hombre estaba pálido y aterrado y parecía luchar débilmente contra sus captores. Esta imagen se me ha quedado grabada y me ha imbuido un horror permanente hacia cualquier tipo de violencia.
Pearl Harbour
El 7 de diciembre de 1941 muchos americanos estaban escuchando tranquilamente una retransmisión por radio desde el Carnegie Hall. Esa tarde invernal, Arthur Rubinstein interpretaba un concierto de piano con la Filarmónica de Nueva York cuando de repente el programa fue interrumpido con el anuncio de que los japoneses habían bombardeado Pearl Harbour. Tanto en la sala de conciertos como en sus casas el público se sintió horrorizado por la noticia. En Inglaterra, sin embargo, el susto por el ataque sorpresa fue compensado por una sensación de alivio, ya que los británicos se dieron cuenta de que los americanos entrarían en guerra y respaldarían a las tropas de la Commonwealth y de Rusia con dinero, equipamiento, armas y sus ejércitos. Anthony Eden, a la sazón ministro de Asuntos Exteriores de Winston Churchill, estaba viajando a Rusia para reunirse con Stalin cuando recibió una llamada del primer ministro, que le informó de lo ocurrido en Pearl Harbour. Al igual que Churchill, Eden se sintió aliviado y entusiasmado de que Estados Unidos estuvieran finalmente en la guerra. «Antes habíamos creído en el fin pero nunca vimos el medio, ahora los dos estaban claros», escribió en sus memorias.
En aquel entonces yo estaba destinado en Nueva York como funcionario del Ministerio británico de Información, y mi trabajo consistía en dar a conocer a los periodistas y al público de Estados Unidos datos sobre el esfuerzo bélico británico. Ese domingo almorcé en un hotel de Lexington Avenue, y tomé un taxi de regreso a mi oficina del Centro Rockefeller, ya que tenía trabajo atrasado. El taxista me contó lo ocurrido en Pearl Harbour, y no puedo negar que tras el shock inicial me sentí entusiasmado. Tras aquello, no había duda sobre qué bando ganaría la guerra. Al llegar a la oficina encontré a una colega inglesa que escribía a un norteamericano, voluntario en la aviación británica, que había caído prisionero en Alemania, y justo cuando estaba a punto de compartir mi entusiasmo con ella, vi que la mujer estaba llorando. Lo sentía por Estados Unidos, ella había creído con Roosevelt que Estados Unidos podía ganar la guerra sin entrar en ella, y pensar en las pérdidas que aquel país iba a sufrir la angustiaba profundamente. Hice lo que pude por convencerla de que compartía sus sentimientos, pero no era sincero del todo. La dejé para ver a mi jefe, que estaba exultante, como creo que lo estaban casi todos los británicos que vivían en Estados Unidos.
La crisis de los misiles
Por aquella época era profesor visitante en Harvard. Escuché las noticias de la radio en compañía de un gran número de estudiantes que se habían congregado en una de las salas de la universidad. Los estudiantes, así como uno o dos profesores, estaban muy deprimidos, la guerra les parecía inevitable, una guerra que supondría la utilización de armas nucleares y horrores inimaginables. Yo estaba convencido de que la Unión Soviética no se arriesgaría a una guerra global, que sólo había que temer el acto de algún loco en el poder, y que ni Kennedy ni Kruschev estaban locos en absoluto, como tampoco lo estaban sus colaboradores. Salí a cenar con un químico francés y tres historiadores americanos e intenté convencerles de que no había ningún motivo para inquietarse y mucho menos para caer en la desesperación: que el único problema era lograr que los rusos no sintieran que estaban cediendo demasiado y brindarles la posibilidad de una retirada digna. Poco después me di cuenta de que mi enfoque era totalmente erróneo, que el destino de la humanidad pendía de un hilo, que la posibilidad de una guerra global era mucho mayor de lo que cualquiera con autoridad en Estados Unidos estaba dispuesto a admitir. Permanecí en mi propio paraíso de los tontos los cuatro días siguientes, mientras los demás me miraban como si estuviese un poco trastornado, lo que debía ser cierto. Mis amigos parecían preocupados por mi equilibrio mental.
Estuve con Joseph Aslop y su esposa en una cena de despedida a Charles Bohlen, que había sido nombrado embajador de Estados Unidos en París, cena a la que asistieron el presidente y la señora Kennedy. Ése fue el día en que las fotografías de las bases de misiles rusos en Cuba le fueron mostradas al presidente. Éste se comportó con mucha sangre fría, hablando sobre política y comentando las noticias del día de forma (aparentemente) ligera durante la cena, y en un tono más serio cuando las señoras se levantaron. Luego salió al jardín, donde habló con Charles Bohlen, y sólo con él, sobre lo crítico de la situación. Pero como ninguno de los demás presentes sabíamos lo que había ocurrido, nuestro estado de ánimo no se vio afectado. La crisis, en lo que respecta al público, sólo estalló después de mi regreso a Harvard.
Asesinato de John Fitgerald Kennedy
El 22 de noviembre de 1963 llegué a la Universidad de Sussex para dar una conferencia sobreMaquiavelo. Después de cenar con los anfitriones, me dirigía a la sala de conferencias cuando alguien me dijo: «¿No es terrible?» Pensé ingenuamente que para quien me hacía la pregunta lo terrible era tener que dar la conferencia, ya que él sabía, como el resto de mis amigos, la agonía que sufro cada vez que tengo que hablar en público. De modo que contesté: «Sí, me siento fatal, pero supongo que tendré que pasar por ello». Minutos más tarde, otra persona me dijo: «Qué noticia más terrible ». Entonces me di cuenta de que algo había pasado y fui informado de que el presidente Kennedy había sido asesinado.