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Revista de Occidente 336 Revista de Occidente

Norman Manea: «Tener hogar no es tener patria»

por Monika Zgustova
Revista de Occidente nº 336, Mayo 2009

Número de páginas: 4
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-No fue Dios, ni la Historia, ni el Destino ni nada semejante quien impuso este tipo de sociedad totalitaria. Fue el hombre. Esa clase de sociedad respondía a algunas de las necesidades del hombre, a sus aspiraciones, resentimientos, deseos de venganza, frustraciones y esperanzas. El hombre inventó ese proyecto social y político, el hombre le insufló vida, el hombre lo saboteó y, al final, lo destruyó. Algunas condiciones históricas favorecieron esos proyectos de un idilio diabólico, otras premisas históricas se opusieron a ellos y los aniquilaron. Tendríamos que abandonar para siempre esas grandes promesas de felicidad.
-¿Es posible entender desde el punto de vista actual por qué en su momento la gente llegó a creer en la ideología de la eterna justicia y felicidad y por qué la obedeció ciegamente?
-Si hoy observamos detenidamente el comportamiento tanto de los ciudadanos como de los gobernantes, con sus sagaces pero aparentemente «normales» métodos de corrupción, y las mucho más sutiles señales de sumisión y de esclavitud modernas, podemos entender que unas condiciones mucho más adversas, las totalitarias, la gente obedeciera tanto tiempo a una autoridad represiva. El Estado era el dueño de todo y de todos, el Poder único y general.
-¿Quién puso el primer ladrillo en el edificio del totalitarismo comunista del siglo XX? ¿Lenin?
-Sí. Según Lenin, cualquier revolución (incluso cualquier rebelión) debe ser precedida por cinco minutos de libertad. Y Lenin demostró que sabía cómo explotar esos cinco minutos de confusión y esperanza en 1917.
-Los disidentes, ¿tenían que haber hecho más?
-No creo que fuera posible hacer mucho más de lo que se hizo mientras la Unión Soviética fue poderosa. Al dar ésta claras señales de debilidad y de ansias de cambio, ya fue otra historia. La tendencia a conservar las cosas siempre puede más que el coraje de atacarlas, el egoísmo es más resistente que la abnegación. No podemos pedir a la gente que sean héroes, sobre todo cuando eso equivale a un suicidio. Solzhenitsin pidió una única cosa: «No mentir. » Era un buen comienzo, aunque nada fácil, para recuperar algo de la integridad moral.
-¿Cómo se pasó del movimiento disidente a la caída del comunismo, en 1989?
-En Polonia, la oposición popular se centró en torno a la iglesia católica. En Rumanía, la iglesia ortodoxa era, al igual que en Rusia, una organización colaboracionista con el poder totalitario. Mientras que en otros países comunistas hubo gente como Havel, Michnik o Walesa, los rumanos no tuvimos ni la iglesia católica, ni la revolución húngara ni la Primavera de Praga. A principios de los 80, en una conversación con un intelectual rumano, imaginamos una revuelta popular: de un barrio periférico de Bucarest salen veinte personas que organizan una manifestación callejera; la policía los mira con desdén pero sin intervenir; en diez minutos llegan a ser cien personas, luego doscientas, después ochocientas, y cuando por fin llegan a la Plaza de la Universidad, el centro de la ciudad, ya son entre cincuenta y ochenta mil. ¡Y se acabó! Seguramente algo parecido sucedió en 1989. En aquel otoño caían los regímenes uno tras otro, de un día para otro.
Cuando las puertas se entreabrieron, fue imposible detener lo que durante tanto tiempo se había anhelado.
-Entonces se acabó la guerra fría y algunos esperaban una paz eterna.
-Y, claro, no fue así. Poco después, en todas partes del mundo surgieron nuevas formas de fanatismo, fundamentalismo y ferocidad.
-¿Qué pasó tras la matanza de los Ceausescu?
-La mayoría de los comunistas se autoproclamaron víctimas, oponentes y disidentes del régimen. Hubo un gran resurgir del nacionalismo, de las consignas de la antigua derecha, como si no se estuviera en vísperas del siglo XXI sino de la Segunda GuerraMundial. Muchos de los miembros de la policía secreta se acostumbraron rápidamente a la crueldad de la primera fase del capitalismo y se enriquecieron.
-¿Qué se ha hecho de los antiguos disidentes?
-Han tenido los destinos más variados. Unos están en Occidente, otros siguen en su país, otros más se mueven entre ambos mundos. Algunos, ansiosos de ganar celebridad en el carnaval cotidiano, se pusieron a escribir panfletos en la nueva prensa, otros evolucionaron hacia una extraña mezcla de nacionalismo-anticapitalismo-antimodernismo-antiamericanismo, y hubo quien se convirtió en agente inmobiliario o empresario.
-¿Están en la política, como Havel?
-La clase política rumana actual cuenta con pocos ex disidentes, y sí en cambio con muchos herederos de la nomenklatura del partido, muchos oportunistas y dealers.
-¿Qué ambiente se respira en la Rumanía actual?
-La atmósfera en ese «país triste lleno de humor», según un poeta, es una mezcla de corrupción y anticomunismo feroz, simplista, cómodo y resultón.
-¿Por qué el populismo está en alza en los países del Este?
-El populismo se da allí donde los políticos intentan permanecer en el poder a toda costa, y sobre todo durante una transición tan difícil de la dictadura a la democracia, de la economía dirigida por el Estado a la libre economía de mercado, del aislamiento a la comunicación. El alza del populismo se puede explicar por el hecho de que los ciudadanos del Este vivieron décadas en una sociedad rígida, hipócrita, ineficiente y mal gobernada y siguen mirando la política con reticencia. Si aparece alguien que promete que va a solucionarlo todo se le hace caso sin crítica. Además, estamos en una época en que el mundo entero atraviesa por una profunda confusión, nadie sabe explicar muy bien qué ha ocurrido ni qué ocurrirá, nadie sabe a ciencia cierta cómo se pueden evitar crisis y conflictos más amplios en ese ambiente actual de fuertes contradicciones socio-políticas.
-¿Hay que temer a Rusia?
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