-¿Y eso? ¿No acaba de decirme que el exilio es lo mejor que jamás le sucedió?
-Sí, lo es. Se lo explico: la situación en que me encuentro es tan dura que cuando supero algo, me sirve como un estímulo increíble. Tengo la sensación que la experiencia del exilio es el mayor reto que un escritor y un intelectual europeo pueda afrontar, al igual que lo es la de un americano que resida en Europa.
-¿Cómo es el regreso del refugiado al país de origen?
-Siempre es un momento de gran emoción, una confrontación nostálgica con el propio pasado. Al regreso a la patria lo llamaría «turismo a posteriori»: visitas los lugares de tu biografía que habías abandonado. ¿Cómo es el regreso al país de origen? Depende de la relación que has establecido con tu país.
-¿Cuál es su relación con Rumanía?
-Mi primer retorno a mi país en 1997 fue una visita tensa, desagradable («el regreso del húligan») porque el país estaba muy deteriorado, se respiraba en él un ambiente nacionalista muy estúpido y una abierta hostilidad pública hacia mi persona. Rechacé aparecer en público, rechacé las entrevistas alegando que sólo había venido a visitar a mis amigos y algunas tumbas. Más tarde me preguntaron en repetidas ocasiones por qué no me instalaba en mi país.
Contesté lo que contesto siempre: que sólo regresaría definitivamente si no sintiera más que indiferencia hacia mi patria.
-¿Y sus visitas posteriores?
-En la primavera de 2008, mi estancia allí fue algo así como la gira de una estrella del rock. Entrevistas en televisión, conferencias y debates, la entrega de dos doctorados honoris causa por las universidades de Bucarest y Cluj, artículos elogiosos en toda la prensa, el proyecto de publicar mi obra completa en veintidós volúmenes en una editorial importante, etc.
-¡Qué cambio! ¿Cómo se lo explica?
-Un cambio drástico, sí. ¿La explicación? Seguramente por la mezcla de pragmatismo y de evolución -real o cosmética- que caracterizan a la Rumanía que ha entrado en la Unión Europea y tiene que mostrar otra cara: la existencia visible de una nueva generación, más occidentalizada y libre de prejuicios y del viejo provincianismo estrecho de miras. Pero al dejar el país, después de una acogida tan festiva sentí que yo ya no pertenecía a ese lugar.
-¿Y qué sintió al volver a Nueva York?
-Que tampoco pertenezco a este país ni a esta ciudad que, sin embargo, es y será mi último domicilio.
-¿Por qué el último?
-Aquí tengo mi refugio, sólo aquí siento en profundidad lo que caracteriza nuestra era: esa confrontación esencial del individuo con lo «global» y su comunicación inmediata, su posibilidad de difundir rápidamente una información y sus peligros de consecuencias planetarias.
-Parece que la cultura de los países pequeños (por ejemplo la checa) no acepta como propios a aquellos escritores que crearon parte o la totalidad de su obra en otros idiomas (Kafka en alemán, Kundera en francés). Las culturas pequeñas restan, mientras que las grandes suman. ¿Cómo reaccionan los rumanos ante ello?
-Me parece que eso no es cuestión sólo de los países pequeños, aunque es cierto que en ellos seguramente existe un resentimiento que se debe a un espacio reducido, provinciano, tribal. Hace años hablé con una escritora australiana que, para mi gran sorpresa, me dijo que incluso en un país tan grande como Australia, tradicionalmente refugio de exiliados, existe el mismo comportamiento mezquino con los escritores que se fueron de allí que el que se da en los países pequeños.
-¿Hay culturas que recuperan a sus escritores repudiados, exiliados, perdidos?
-Sí, la rusa por ejemplo está ahora recuperando a escritores del exilio antes repudiados como Nabokov, Bunin, Brodsky, y Polonia ha hecho lo mismo con Gombrowicz (aunque mucho menos con I. B. Singer o Czeslaw Milosz).
-Escritores muertos.
-Sí, la situación es siempre más fácil con los escritores muertos, que se pueden utilizar post mortem políticamente o como propaganda cultural cuando haga falta. Pero incluso a los escritores muertos que tuvieron una relación crítica con el cliché nacional (o nacionalista) de su país se les suele censurar o incluso ignorar.
-¿Es del todo negativa la experiencia de haber vivido en un país totalitario?
-En los tiempos oscuros la vida suele estar sometida a una gran presión. Pero hay que admitir que esos tiempos ofrecen momentos de una intensa solidaridad y afecto, estimulados por lo exiguo del espacio privado, por la dificultad de expresar los ideales, o de vivir a fondo la relación con los demás. Si los riesgos que uno corre o el paulatino proceso de desmoronamiento psíquico no destruyen la existencia (como pasó con mucha, demasiada gente), esa traumática «iniciación» en la capacidad humana hacia el mal puede tener un efecto duradero, «pedagógico» en cuanto a tu comprensión de las ambigüedades del comportamiento humano. Si uno está verdaderamente preparado para asimilar las lecciones que la vida le ofrece en esas condiciones tan adversas, puede adquirir la tozuda costumbre de examinar el sentido del destino humano, de sentir compasión hacia todas las formas de sufrimiento para, al fin y al cabo, intentar ser bueno y desempeñar acciones de bondad.
-¿De modo que hay aspectos positivos en la vivencia del totalitarismo?
-Si he dicho que esta extrema y agotadora experiencia no es del todo negativa es porque creo que uno puede aprender incluso de ella. No quiero decir en absoluto que sea deseable vivir unos tiempos tan duros.
-¿Son duraderas las consecuencias de haber vivido mucho años en un Estado totalitario?
-Esas consecuencias existen, y son graves. El veneno de una vivencia como ésta es muy, muy duradero. Y no deja de infiltrarse profundamente en tu vida entera, en tu biografía entera.
-¿Siente envidia hacia la joven generación que no ha vivido un horror semejante?
-No. Si miro a los jóvenes de hoy, liberados de las muchas limitaciones y de las heridas que sufrió mi generación, aun así no los envidio. A pesar de que su vida mucho más fácil podría parecer digna de envidia, yo no cambiaría la mía por la de ellos.
-¿Cómo es que el totalitarismo llegó a durar tanto tiempo?