Desde hace unos años, cuando viajo a los Estados Unidos, suelo encontrarme con el rumano Norman Manea (Bukovina, 1936), residente entre Nueva York y el mítico Bard College, donde enseña literatura. Nos citamos en uno de los pequeños cafés de Manhattan donde, con una copa de vino en la mano, conversamos sobre temas literarios, históricos y políticos. En esta ocasión, el escritor de melena blanca, melancólico y dotado de un fino y sarcástico humor, que tal vez resultaría menos ajeno en un café parisino rebosante de intelectuales que en esta capital de la prisa, se explaya sobre algunos de los temas que han marcado sus libros de ensayos y sus novelas, sobre todo la autobiográfica El regreso del húligan (publicada en español por Tusquets): el exilio y el retorno al país de origen, el totalitarismo y el presente pragmático, la evolución de la sociedad postcomunista durante los veinte años de democracia y, naturalmente, la literatura y cómo encontrar el tiempo necesario para dedicarse a ella.
-Usted es un exiliado y en sus novelas y en sus ensayos ha reflexionado sobre esa experiencia y sobre el hecho de que el exiliado nunca deja de serlo. ¿No hay, pues, regreso del exilio?
-E. M. Cioran, que se había exiliado en París antes de la Segunda Guerra Mundial, dijo en 1989: «Después de más de cincuenta años he regresado a mi patria, pero creo que mi estancia aquí no durará mucho porque me he acostumbrado a no sentirme en mi casa en ninguna parte. Y seguramente es mejor así.»
-¿Está de acuerdo con él?
-Totalmente. Aunque es verdad que hubo y hay exiliados que regresaron.
-¿Quiénes?
-Solzhenitsin, Lenin, Prokofiev, Smetana, Brecht y más recientemente el poeta polaco Zagajewski: todos ellos regresaron del exilio.
-Pero otros optaron por no volver.
-Sí. Por ejemplo ThomasMann, Joyce, Hertzen, Gombrowicz, Sandor Márai, Tristan Tzara, Paul Celan o Fondane.
-El exilio rumano fue importante para la cultura francesa. ¿Sería lo que es la cultura francesa sin esos célebres artistas rumanos en sus filas, y sin otros muchos escritores emigrados?
-No sólo los exiliados rumanos fueron importantes para la cultura francesa sino también viceversa: ¿qué serían esos artistas e intelectuales sin la influencia francesa? La cultura francesa estaba abierta a influencias extranjeras y daba la bienvenida a los artistas del mundo entero. Tzara, Fondane, Ionesco, Victor Brauner, Celan, Cioran, Brancusi, Enescu son nombres importantes no sólo en el contexto cultural francés sino en el universal.
-¿Dónde se puede sentir en casa un exiliado?
-Tener un hogar no siempre implica tener una patria. Desde este punto de vista los Estados Unidos parecen ser el mejor lugar del mundo porque son «el mejor hotel». Lo que significa que aquí no te obligan a comportarte de ninguna manera especial, y, además, los servicios no están mal: el teléfono y el agua corriente siempre funcionan, las facturas mensuales llegan correctas, etc. América es el país de los emigrantes: aquí no existe ni el carnet de identidad (los ciudadanos demuestran su identidad con el carné de conducir) y el gobierno se llama «administración».
-¿Cómo es eso de vivir entre distintas culturas?
-Soy de una región «cosmopolita» de Rumanía, Bukovina, que había formado parte de Europa Central y donde había un continuo contacto entre la cultura judía y la alemana-austriaca. En cuanto a mí, me considero un centroeuropeo y sin ninguna duda mis obras tienen un carácter centroeuropeo. Eso quiere decir que antes de haberme exiliado yo ya sabía perfectamente qué significaba hallarse en la encrucijada de varias culturas.
-La palabra «emigrante» o «exiliado», ¿tenía otro significado en la época del totalitarismo comunista del que tiene hoy en los países del Este?
-En aquellos tiempos esta palabra tenía un significado político y un exiliado no podía volver a su patria sin correr un riesgo enorme (el caso de la poeta rusa Marina Tsvietáieva, a la cual se le imposibilitó la vida en la Unión Soviética hasta que no tuvo otro camino que el suicidio, es sólo uno entre muchos casos terribles).
Ahora uno puede regresar aunque a su vuelta le espera más de un obstáculo digno de tenerse en cuenta.
-¿Qué diferencia ve usted entre un exiliado y un emigrante económico?
-Un emigrante puede salir de su país por motivos que no sean políticos: religiosos, morales, económicos e incluso por un amor no correspondido o por la esperanza de poder hacer una carrera más rápida en el extranjero, vete a saber. Sin embargo en el fondo tiene los mismos problemas que un exiliado.
-¿Cuándo y en qué condiciones se fue usted de Rumanía?
-Cuando tenía cinco años, la dictadura nacionalista-militar del mariscal Antonescu me deportó con mi familia a un campo de concentración. Ése fue mi primer exilio. En una extraña pero significativa simetría, a los cincuenta años me vi forzado a abandonar otra vez Rumanía, esta vez gobernada por el dictador Ceausescu, que afirmaba ser lo opuesto al anterior. En medio de estas dos situaciones extremas experimenté algo así como un exilio interno para poder soportar la vida cotidiana en una sociedad tiranizada.
-La primera deportación y luego el refugio en su interior, ¿le prepararon para el exilio en sí?
-En absoluto; el exilio es algo completamente distinto. Pero debo admitir que, desde la perspectiva actual, tras veinte años de refugiado, creo que el exilio fue el mejor obsequio que el destino jamás me haya hecho, aunque en su momento me pareció algo sumamente indeseable. El exilio lo he pagado y lo sigo pagando muy caro.
-¿Cómo?
-Tras muchas dudas, a mis cincuenta años no tuve más remedio que irme de Rumanía. Lo perdí todo: mis amigos, mi querida biblioteca, los lugares que había amado, y sobre todo mi lengua.
-¿Cómo fueron sus primeros pasos en América?
-No deseaba instalarme en América, sabía que su cultura era demasiado distinta de la mía y que era un país difícil para mi contexto cultural. Pero por fuerza tuve que venir a parar aquí, y además sin conocimiento alguno del inglés: siendo un desconocido y ya no muy joven escritor rumano.
-¿No pensó en dedicarse a otra profesión?
-¿A cuál? No podía trabajar de taxista porque no sé conducir, ni tampoco de vendedor: conmigo, la tienda habría quebrado en un abrir y cerrar de ojos. De modo que tuve que empezar de cero y, pasito a pasito, abrirme camino en la selva de lo desconocido Y aún hoy, tras veinte años en esta dadaísta capital de emigrantes y refugiados, a pesar de todo lo que he logrado, tengo la sensación de ser un extraño, de no entender nada y estar absolutamente solo.