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Revista de Occidente 334 Revista de Occidente

Deseo de Japón

por Julio Baquero Cruz y José Pazó Espinosa
Revista de Occidente nº 334, Marzo 2009

Número de páginas: 3
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En su forma más popular, lo nipón no tiende al vacío sino al juego del sistema semiológico, a la elección oblicua del significante o del significado; una estructura y un sistema dirigidos por la falta de un dios único y regente, de un «nombre del padre» lacaniano absolutizador de los sentidos y de los significados. El mundo popular japonés, el Kabuki y el ukiyo-e son espacios de solaz hechos por campesinos y artesanos, enraizados en el objeto en sí y en el dios que cada objeto tiene dentro, que vive en él y puede salir en cualquier momento para llevar a cabo ante nosotros una representación de seres de ultratumba, viejos transmutantes y fantasmas. La replicación, el automatismo, el robotismo, el culto a la esencia son los materiales de ese mundo. Hoy en día, el anime. Como signo, mi circunstancia me define, dependo del contexto. Japón es históricamente lo que su contexto le dicta: un signo que se redefine con energía incesante en medio de una gran esquizofrenia social.
Estas dos tendencias, la culta y elevada hacia el vacío y la popular hacia el animismo, el budismo (como manifestación culta) y el shinto (como culto popular), desembocan en una abstracción muy temprana. Mientras que en Occidente el camino a la abstracción es lento y sigue un desarrollo lógico (primitivismo, realismo, impresionismo, vanguardias), en Japón la llegada a la abstracción es abrupta, carente de un desarrollo artístico o científico lógico, sin una construcción histórica que la justifique. Japón aterrizó en la abstracción cuando del ojo izquierdo de Izanagi surgió Amaterasu, del derecho Tsukuyomi y de la nariz Susanoo, en el más puro estilo de los dibujos animados. Los japoneses comienzan a admirar el
sakura -esa práctica de abstracción festiva- hace muchos siglos, y la contemplación de unos pétalos les lleva a unos significados profundos relacionados con la belleza, la fugacidad de las cosas, el nacimiento y la caída. Frente a la calavera metonímica del teatro occidental, los pétalos del cerezo son una metáfora que cada año repiten millones de japoneses para reencontrarse con unos significados concentrados en las diminutas hojas rosadas: belleza, nacimiento, plenitud, caída, muerte. La pasión analógica de Cristo adopta un sesgo casi digital: el pétalo o su ausencia.
La tendencia a la abstracción define toda la cultura japonesa. Un japonés es capaz de leer un haiku de Basho en la soledad de su cuarto y vivir la naturaleza más intensamente que si estuviera inmerso en ella. Puede sentir un pino en la descripción del viento en un poema, ver el mar en un diminuto recinto de grava, observar el universo en un jardín en el que no caben veinte personas. El platonismo, el mundo analógico y las correspondencias no han existido allí. La representación no tiene por qué parecerse a lo representado, esa obsesión compulsiva occidental, sino que debe subrayar su condición de simulacro. La primavera se anuncia los primeros días del invierno y la luna entre dos amantes es la presencia mediadora que los une. Las cosas son su esencia, aunque al final esa esencia no sea más que otro significante arbitrario. Lo que hay que hacer es aprender a sentir esa esencia. Concluido el aprendizaje, el mundo penetra en el individuo y ya nunca le abandona. Le basta un olor, una palabra, un reflejo, un diminuto recuerdo.
Reducir el deseo al vacío, a la nada, es tarea de monjes elegidos, de bodhisattvas. Reducirlo a la abstracción y a la representación, a la desnaturalización y, en última instancia, a la humanización extrema, es tarea de japoneses. No deberíamos hacerlo, pero si nos abandonamos al deseo, lo que nos espera al final es lo humano. Los límites no son otros que los que dicte la propia naturaleza humana. Si dejamos que la pasión cree un imperio de los sentidos, lo que ocurra será comprensiblemente humano, incluida la destrucción. Tras ese final el mensaje seguirá siendo siempre: 無. El silente sentido del vacío y de la nada.
Caminos del ser
Mientras que en la cultura japonesa la respuesta extrema al deseo es el vacío, el pensamiento occidental nos dice que «la conciencia es Deseo», que nuestra conciencia surge del deseo, que sin deseo esa conciencia no puede existir. Para el occidental, la plenitud del deseo satisfecho conduce a la felicidad absoluta, al ser perfecto, mientras que la infelicidad es el resultado del deseo insatisfecho. Eliminando el exceso de deseo -en ningún caso negándolo en su totalidad- o aumentando nuestra capacidad de conseguir lo que deseamos se alcanza igualmente la felicidad. El deseo es el negativo del poder. Entre ambos se encuentra la imaginación deseante. De modo que estamos atrapados en una rueda sin fin de deseo, destrucción y nuevo deseo. Nuestro deseo siempre es deseo de lo otro, de lo diferente, de lo que no tenemos, de lo que no comprendemos, de lo que nos elude y se nos escapa. Ese otro, tratamos de abrazarlo, de asimilarlo a nuestra conciencia, de devorarlo para que deje de ser diferente. Es la paradoja del deseo: tiende a destruir su propia razón de ser. Transformando el deseo en parte del ser deseante, destruye lo que le hace vivir.
En la clasificación de los seres del rokudo¯, hay kami (númenes), ningen (hombres), asura (titanes, guerreros cuyo karma les lleva a la lucha constante), chikusho¯ (animales), gaki (espíritus insaciables), los más interesantes, seres hechos de deseos y apetitos sin fin, representados con grandes barrigas, gargantas finas como una aguja y bocas diminutas; y por último jugoku, las criaturas del infierno, en el peldaño más bajo de la cadena del ser, una cadena en la que todo participa de todo, que más que una taxonomía nos ofrece unos caminos del ser, en la que no hay división entre lo humano, lo numérico y lo animal, en la que el hombre puede llegar a ser y en cierto modo siempre es en parte un kami, y un gaki, y un jugoku, en la que cada categoría encierra todas las demás. No en vano se dice que hay Budas en el infierno y algo del infierno en cada Buda.
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