Michael Reid. The Forgotten Continent: The Battle for Latin America's Soul. Yale University Press, New Haven
La América Latina es cosa mentale . La gente ve en la región lo que quiere ver. En el mejor de los casos, ve lo que su ignorancia y prejuicios le permiten ver. Si se invierte la lente a la manera de las Cartas persas de Montesquieu, los resultados son instructivos. Comparados con Brasil, Chile, Colombia y México (vale decir la amplia mayoría de la población del hemisferio), buena parte de los países europeos -por no mencionar los de otras regiones- han sido, a lo largo de los últimos doscientos años, republiquetas más o menos inestables, desiguales y pobres. Ningún sátrapa latinoamericano se compara con los europeos, desde Napoleón hasta Hitler; ningún período de violencia se equipara a los horrores de la guerra civil europea de 1914-1945; la inestabilidad de varios períodos de la vida republicana francesa o italiana poco tiene que envidiar a la de Bolivia; la vida en las favelas de Río de Janeiro no es mucho peor que en las de Nápoles o Marsella, o incluso que en muchas de las residencias municipales gratuitas del Estado de bienestar británico. Y, en compensación, Buenos Aires, São Paulo o Ciudad de México tienen mejores librerías y restaurantes que París, Madrid o Milán; se juega mejor fútbol y la gente de la calle es más cortés. Quien no haya vivido en la América Latina no sabe lo que es la dulzura de vivir, si es que puede pagársela.
La versión oficial es diferente. Los anaqueles de todo el mundo crujen bajo el peso industrializado de la bibliografía miserabilista, según la cual la América Latina es el peor de los mundos posibles y la culpa es de España, Inglaterra y Estados Unidos con sus consecutivas modalidades de imperialismo. De alguna manera, los pueblos de la región son víctimas pasivas, ignorantes, de su propio destino (excepto en el caso de los que escriben), a los que la historia simplemente les ocurre. Esta versión constituye todo un género. Es cierto que, en el caso de la historia latinoamericana, podemos agradecer que a esta versión noire no corresponda otra color de rosa. Pero es alarmante que la abrumadora mayoría de los libros disponibles sobre la región sean más ejercicios retóricos antiamericanos o antiliberales que historias o interpretaciones de la zona. Las alternativas son pocas, difíciles de localizar y en ediciones casi siempre agotadas. Amigos y conocidos me preguntan con frecuencia qué pueden leer para formarse una idea aproximada pero cabal de la América Latina. Suelo responder, con algo de malicia marxista (línea Groucho) que, si prefieren no creer a sus ojos, traten de leer la decena de volúmenes de la historia latinoamericana de la Universidad de Cambridge.
El defecto es que la benemérita historia de Cambridge, además de enciclopédica y cara, no llega a cubrir el último cuarto de siglo, que es sin duda el período más importante desde la época de la independencia. Tres factores han cambiado todo desde entonces. El primero es irreversible: la patria del buen salvaje tiene ahora una población mayoritariamente urbana. Los otros dos podrían ser transitorios: todos los países de la región tienen regímenes democráticos (con la excepción de Cuba), y todos tienen que adaptarse a la globalización (que puede desaparecer, como la del período 1870-1930). En otras palabras, la América Latina, por primera vez en su historia, comienza a participar de manera plena y concreta de la modernidad. Como el resto del mundo -excepto los Estados Unidos, que son la modernidad-, lo hace a rastras y pataleando, deseándola ardientemente al mismo tiempo que se rehúsa a pagar el precio. De hecho, la versión miserabilista de la historia latinoamericana forma parte de un género más antiguo y cosmopolita: el rechazo de la modernidad como la invención diabólica de un pequeño círculo de malvados, con el objeto de dominar, explotar y oprimir al resto de la humanidad.
Es posible ver la historia latinoamericana de otra manera. Las «jóvenes repúblicas» no son doncellas ingenuas y un poco bobitas, víctimas de extranjeros codiciosos y brutales. La región está compuesta de algunas de las repúblicas más antiguas de la Edad Moderna, con un denso trasfondo cultural de siglos. Los doscientos años de independencia que comienzan ahora a conmemorarse han sido genuinamente -trágicamente- independientes, al margen de algunos episodios de opereta más anecdóticos que decisivos para la región. (¿Son Vichy y la República de Saló más o menos «representativos» de la moderna historia europea que la ocupación de Haití o Nicaragua por infantes de marina estadounidenses? ¿Es la historia de Polonia y sus poderosos vecinos más o menos trágica que la de México y Estados Unidos?). El colombiano Germán Arciniegas tuvo la agudeza de señalar que el concepto mismo de independencia, en la acepción moderna, cristaliza en la América Latina. Es decir, los latinoamericanos han sido irrefutablemente dueños de su destino y, comparativamente, lo han hecho tan mal como cualquier otro. Eso que podríamos llamar una historia adulta de la América Latina existe y, hoy en día vastamente minoritaria, ocupa los anaqueles menos visibles y frecuentados de todas la bibliotecas (aunque no de las librerías). Pero, como es el caso de tantas otras disciplinas en los tiempos que corren, encontrar y estudiar esos textos es complicado, caro y laborioso, por lo que queda restringido a los especialistas. Una síntesis completa y breve de la historia latinoamericana moderna (desde la independencia), y de su estado actual, es algo que muchos hemos esperado durante largo tiempo. Forgotten Continent , de Michael Reid -que es, además, rigurosa y amena, honesta y lúcida-, satisface esa necesidad.
Los periodistas anglosajones, especialmente los ingleses, son una grey industriosa que cree, como Mallarmé, que todo termina en un libro. Los corresponsales estadounidenses tienen la ventaja de contar con un mercado enorme e insaciable, aunque los limita el mito adolescente del reportero duro pero sensible, y de prosa acartonadamente espartana. También les perjudica que, en términos profesionales, no les conviene quedarse mucho tiempo en un país o región. Sus libros tienden a ser instantáneas de un corto período, o laboriosos reportajes sobre un tema en particular, con dosis casi siempre excesivas de «color local». Los británicos, tal vez gracias a su reciente pasado colonial, suelen instalarse a largo plazo, aprenden mejor los idiomas, tienen lecturas más detenidas y amplias, y frecuentemente «go native», es decir, toman carta de naturalización cultural y sentimental. Se benefician, además, del estilo más fluido y natural que adquieren desde el colegio escribiendo essays -redacciones- todo el año (aunque entiendo que el sistema está desapareciendo). No sorprende que sus libros nos presenten un nítido espejo en el que frecuentemente nos reconocemos con mayor fidelidad que en los que nos ofrecen nuestros propios autores. Ese es el caso, por ejemplo, de John Hooper y los españoles, o John Ardagh (recientemente fallecido) y Francia.