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Revista de Libros 143 Revista de Libros

Memorias de un estafador

por Victoria Combalía
Revista de Libros nº 143, Noviembre 2008

Número de páginas: 2
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Este es un libro muy divertido y lleno de errores, pero en el que su autor ya avisa, desde su primera página, que es un falsario. De modo que el lector puede o no creerse la veracidad de lo que lee. Se cuenta aquí la historia de un belga que trabajaba en una fábrica de queso emmental y a quien le proponen hacer entrevistas a actores y actrices de Hollywood para la revista Panorama de Amberes. La revista era tan modesta que no podía permitirse pagarle el viaje a Hollywood y, por tanto, él se veía obligado a inventar las entrevistas. Se le ocurrió poner a Dalí entre sus personajes y descubrió que «Dalí vendía». Más tarde, un financiero estadounidense, que supuestamente invertía en diamantes y en propiedades inmobiliarias, le propuso dirigir la rama de inversiones en arte de su compañía. Aceptó, tras reconocer que era un total desconocedor del tema («pero usted ha entrevistado a Dalí», le replicó el financiero), y aprendió la segunda lección de su vida: «A cualquiera puede dársele gato por liebre».
Empieza entonces la parte más abradacabrante del libro, en la que se nos cuenta cómo timó, una y otra vez, a nuevos ricos. Compraba «dalís» en subastas sin saber si eran verdaderos o falsos y los vendía con tres o cuatro frases que sin duda debían ser dichas con mucho aplomo y gracia natural: «El mercado de arte tiene ámbito mundial y ha crecido un treinta por ciento durante los últimos cinco años. El dinero nuevo procedente de China, India y Rusia está haciendo que los precios se disparen. Un día yo se lo revenderé con ganancia. Dalí ha subido un 25,94% anual entre 1970 y 1980; cuando Dalí muera, los precios se dispararán». Uno de los primeros errores del libro es éste: en los años setenta, ni China (entonces bajo Mao), ni India ni Rusia habían entrado en el mercado internacional del arte, de modo que el lector que sea un poco conocedor del tema ya presiente que estos recuerdos están escritos por alguien de poca fiabilidad. Sin embargo, sus descripciones son geniales, como sus subidas de adrenalina al ver los fajos de billetes cayendo por los suelos y las reacciones de sus clientes, todos menos uno de dudosa ética en sus respectivos negocios. Es también muy divertida la imitación del acento de Dalí, que arrastraba las erres y enfatizaba cada sílaba: «Porrr lo tanto, Dalí construirá un pene definitivo en tela de nailon y con un diámetro a-pro-xi-mado de dos metrosss».
Como era de prever, al farsante acaban denunciándolo, lo detienen en su casa, lo juzgan y le confiscan todos sus bienes: treinta y un días de prisión, que se redujeron a dos semanas. Vuelve a España, a Cadaqués, pues entretanto se ha enamorado de una catalana de la zona. Allí, según él, conoce al verdadero Salvador Dalí, ya anciano y en silla de ruedas (de repente pasamos a los años ochenta, pues Dali murió el 23 de enero de 1989), con el cual no puede llegar a hablar.
Los episodios que harán vender más el libro son los supuestos recuerdos de escenas sexuales de Dalí contados por gente próxima a él. Sin embargo, uno de ellos, Francesc en el libro y Cisco para los habituales de Cadaqués, de quien fui clienta cuando él regentaba su peluquería llamada Roman's, está muy enfadado. Sabedora de que varias de las personas aludidas en el texto quieren ponerle un pleito al autor, me fui a hablar con Cisco, tan desconfiado como siempre. En el libro, Francesc le dice al autor que es gay y que él había sido el juguete sexual de Dalí, y también el modelo de muchacho de perfil y de espaldas para El descubrimiento de América por Cristóbal Colón . Según sus supuestas «declaraciones», él dormía en la cama de Dalí, pero éste nunca lo tocó, sino que sólo le acariciaba el pelo. Siempre según el libro de Lauryssens, Gala era déspota con el servicio y en los años setenta no tenían dinero ni para el queroseno de la estufa.
«Para empezar, yo no soy gay, como asegura en su libro este señor», me cuenta Cisco. «El señor Dalí era todo un señor y Gala se portaba muy bien con el servicio. Sí, yo iba allá cuando era pequeño porque mi madre, Catalina, que ahora tiene más de noventa años, era la asistenta de los Dalí. Sólo una vez dormí con mi madre en la cama de Dalí, porque ellos no estaban; esto, ya se sabe, lo suele hacer el servicio. Dalí era muy amable con nosotros, los niños, y a veces nos preguntaba: "¿Hay luna llena?", y si había íbamos al bar del Hotel Port Lligat y él "fregaba" la luna con un billete de mil pesetas. Esto nos encantaba. Pero, ¿cómo iba a tocarnos el señor Dalí, si no dejaba acercarse a nadie del pueblo, porque tenía horror al posible contagio de virus? Y la verdad, Cadaqués era muy primitivo en los años cincuenta y sesenta».
En realidad, yo creo que Stan Lauryssens se hace un lío entre Francesc, el peluquero, y Carlitos, un homosexual declarado, al que yo también conocí, que sí que ejerció de juguete (o de intermediario) sexual para los Dalí. Carlitos era colombiano (de Barranquilla), guapo, muy zalamero y se hacía el inocente, pero no era mala persona; había actuado en el musical Hair y había sido un seguidor de Richard Alpert, gurú del Flower Power y la psicodelia de los años sesenta. Cuando yo lo frecuenté, vivía muy modestamente (Gala lo había echado a patadas de la casa). Más tarde abrió dos galerías de arte de gusto bastante desigual que no le fueron muy bien. El pobre murió de sida, dejando unas memorias llamadas Sexo, surrealismo, Dalí y yo (Barcelona, RBA, 2001) en las que, más allá de este primitivo título, el lector encontrará multitud de episodios sexuales y anécdotas curiosas: sus descripciones de Gala son particularmente suculentas.
Número de páginas: 2
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