Mientras esperamos un segundo volumen, que indague en otras mil páginas la trayectoria aquí esbozada al modo epilogal, no será inútil un breve ejercicio, una reflexión al margen. Supongamos que, en efecto, el origen de los conceptos de unidad, destino, imperio utilizados por Falange en Madrid hubiera que ir a buscarlo a Viena o más cerca, a Barcelona. ¿Qué se derivaría de ese hallazgo? ¿Que los fascistas madrileños querían decir con esas metáforas exactamente lo mismo que decían los marxistas austríacos y los nacionalistas catalanes? O bien, ¿que el fascismo español es hijo legítimo, por vía directa, de la coyunda del marxismo austríaco con el nacionalismo catalán? El origen de una cosa no es su significación, escribió Ortega, hablando precisamente del movimiento regionalista catalán. El significado de un concepto nunca está determinado por su origen; los conceptos son como materiales con los que se construye sentido, pero el sentido no depende exactamente del significado que el concepto tuvo en su origen; tampoco depende de la cercanía o familiaridad léxica con otros conceptos. El concepto, la metáfora, la idea, sólo adquiere un significado en el relato del que forma parte. Especialmente cuando se trata de intelectuales, expertos en inventar grandes relatos, los conceptos pueden significar cosas distintas según a qué relato sirvan. Al optar por una hermenéutica que privilegia la absoluta libertad de los conceptos, entendidos como metáforas circulando sueltas por el mundo, metáforas rebotando, cualquiera puede pegar un salto, levantar la mano, atraparlos y apropiárselos para servir a un relato que nada o poco tiene que ver con el presuntamente original.
Por ejemplo, y para terminar. En el caso de «comunidad de destino» como definición de la nación, se podría haber buscado su origen en el célebre epílogo de Menéndez Pelayo a su Historia de los heterodoxos, como ya había hecho Florentino Pérez Embid, un distinguido miembro de Falange Española llegado a la madurez intelectual a la sombra de Rafael Calvo Serer, al presentar ese texto. Cierto, Menéndez Pelayo nunca habló de una comunidad de destino, y cuando habló de imperio fue para evocar el perdido, no para proponerlo como empresa de futuro; pero repitió varias veces, en pocos párrafos, las palabras unidad y destino; como habló también de destino Ortega cuando azuzaba a los jóvenes a «poner la mano sobre la historia y crear destino», de modo que se podría trazar una genealogía ideal del concepto central de unidad de destino en Falange Española con antecedentes en los que para nada entrasen ni la socialdemocracia alemana ni el nacionalismo catalán, sino Menéndez Pelayo y Ortega. Todo sería entonces cuestión de hermenéutica. Y de esto es de lo que va finalmente esta magna obra de Enric Ucelay, un torrente de sugerencias con hallazgos deslumbrantes y flujos y reflujos en ocasiones irritantes, por el que se avanza un poco a trancas y barrancas, hasta llegar exhaustos a la cumbre. Para el interesado en la historia intelectual y política de España y de Cataluña, de Cataluña como sueño de unidad cultural, de España como proyecto imperial de Cataluña, el viaje habrá merecido la pena: Ucelay nos ha regalado una obra verdaderamente excepcional.
Santos Juliá es catedrático de Historia del Pensamiento Político en la UNED. Entre sus últimas publicaciones destaca Historia de España, en colaboración con Julio Valdeón y Joseph Pérez.
Acto conmemorativo de la «Reconquista». Discurso de Cambó en Covadonga delante del rey Alfonso XIII y Victoria Eugenia (1918).