Pero volvamos al argumento principal, que Ucelay se siente obligado a tomar de nuevo desde su nacimiento, como si no nos hubiera presentado ya a Cambó y no conociéramos, explicadas por él mismo, todo lo que era preciso saber sobre sus «contradicciones con Prat». El argumento quedó en que hacia 1916 se habían presentado todas las circunstancias para fundir en una sola propuesta las diversas direcciones por las que había crecido el nacionalismo catalán tal como lo encarnaba la Lliga que, mientras tanto, había podido comprobar la naturaleza quimérica de convertir el axioma de unidad cultural en la realidad de una unidad política: la Solidaritat había durado poco y a la Lliga le salían competidores por la izquierda. El clímax llega de manera abrupta con la proclamación de una opción ideológica y una práctica política que funde los proyectos de Cataluña y España. Es, ya se puede suponer, obra de Prat, pero no andan lejos Cambó y D'Ors: Per Catalunya y l'Espanya Gran es su título, publicado a la vez en catalán y en castellano, parcial y tardía concesión a Unamuno, que en «El imperialismo catalán» había escrito que si los catalanistas querían realmente catalanizar España tendrían que «hacerlo en castellano» Y añadía: «Esta es la clave de la cosa: no se puede vasconizar España en vascuence, ni se puede catalanizarla en catalán». En castellano, pues, y en catalán proclamó la Lliga su propósito de trabajar por Cataluña y por una España grande, que Ucelay interpreta con una evocación de resonancias fascistas: trabajar por la Espanya gran significa salir a «la conquista del Estado».
Lo cual nos lleva como de la mano, y por pura contaminación imaginaria de conceptos, a la última incursión en el destino de las metáforas. Contaminación no viene aquí a cuento por casualidad. A lo largo del libro, Ucelay realiza arriesgadas aproximaciones de conceptos sostenidas en la afinidad, parentesco o anfibología de las palabras. Así, cuando equipara la propuesta de Prat, «Cataluña quiere una constitución española amplia, libre, expansiva», con el lema España «una, grande, libre», que ni el más imaginativo de los hermeneutas hubiera podido nunca atribuir al prócer catalán y que, si se cree a Dionisio Ridruejo, fue acuñado por Juan Aparicio, autor también de aquel otro «Por la patria, el pan y la justicia». O cuando asegura que Cambó fue de los primeros en asumir la idea de imperio, antes que Prat, porque ya en 1899 había escrito que el «regionalismo no es hijo de derechos históricos sino del particularismo o reconocimiento del imperio de la variedad». O, en fin, cuando nos dice que la definición de imperio de Fernández Cuesta no habría podido ser mejorada por el mismo Prat de la Riba, aunque sea algo más que dudoso que este connotado fascista hubiera ido a beber de la fuente pratiana.
Como se aprecia sin más en estos ejemplos, Ucelay no se siente nunca constreñido por el significado de las palabras escritas o pronunciadas en un determinado contexto; ni tampoco por lo que llama «evolución discursiva», que le habría obligado a tratar sus materiales desde una posición de culminación final, impregnándolos de sentido teleológico. Lo que en verdad pone en movimiento su imaginación es su asombrosa capacidad para conectar conceptos surgidos aquí y allá, libres de sus constreñimientos contextuales y de su posición en un discurso, como si fueran fogonazos destinados a ser absorbidos en el remolino de una síntesis posterior. Lo que queda entonces es acercar por encima del tiempo y del espacio, con conexiones puramente azarosas, a veces personales, otras meramente de oídas o de lecturas, palabras con significados bien distintos según quién y cuándo las pronuncia. Esta libertad que él mismo se toma como hermeneuta se la concede también a los publicistas, que pueden y de hecho realizan conexiones entre materiales como si se tratara de condimentar un plato que luego ofrecen a los comensales reunidos. La política, al cabo, aparece aquí como una oferta elaborada precisamente con el propósito de suscitar su propia demanda, un punto de vista muy sugerente para los tiempos que corren.
A la conquista del Estado
Por todo lo cual no será pura casualidad que la idea de imperio, de raíz almiralliana, elaboración pratiana, proyecto camboniano y culminación dorsiana acabe connotada con la de conquista del Estado, título que Ramiro Ledesma dio a la primera publicación estrictamente fascista aparecida en España. La Espanya Gran , es decir, el imperialismo cultural catalán, es «la conquista del Estado». Tal vez lo presenta Ucelay en estos términos porque se dispone a emprender la postrera navegación de un libro rebosante de ellas: la de una vinculación genética entre el imperio propuesto por los catalanes de la Lliga y el imperio concebido por los españoles de Falange. Es la materia de un epílogo que nos lleva más allá de lo anunciado en el prefacio como límite temporal de un estudio que se proponía dilucidar la interacción entre catalanismo y españolismo entre 1885 y 1917. De españolismo hasta este momento no ha habido mucho: casi nada de los liberales del xix , apenas Ortega, muy escaso Unamuno, hay Baroja a propósito de los judíos, una incursión por Sánchez de Toca y los mentados hispanoamericanismo y africanismo: todo sin el nervio habitual en el autor hasta que aparece el sin par Ernesto Giménez Caballero, imberbe en 1917, pero que ocupa buena parte de un largo epílogo dedicado a desbrozar las implicaciones para el futuro del imperialismo catalán.
Tesis de este epílogo es que el sintagma «comunidad de destino» vino del marxismo austríaco -o del austromarxismo- al fascismo español pasando por el nacionalismo catalán. Personalizando: D'Ors en Bilbao tratando con el grupo formado en torno a la revista Hermes y con la llamada por Ucelay «Escuela imperial del Pirineo», más conocida como Escuela Romana del Pirineo, y sobre todo Giménez Caballero como agente de Cambó avanzados ya los años veinte. Lo cual abre un nuevo campo a la exploración de las conexiones entre imperialismo catalán, tal como aquí se ha entendido, con el fascismo español, tal como será formulado por ese personaje cuyos artículos le parecían a Manuel Azaña lunáticos, pero al que últimamente se concede una importancia desmedida. Una exploración que culmina en 1930, cuando Cambó ve tirada por los suelos su ambiciosa perspectiva de coalición entre intelectuales de Madrid y Barcelona, no porque no se haya producido el encuentro al que tantos recursos dedicó, sino porque fueron otros, que Ucelay llama «izquierdosos», los que se alzaron con el santo y la limosna.