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Revista de Libros 90 Revista de Libros

De metáforas y juegos: Cataluña conquista España

por Santos Juliá
Revista de Libros nº 90, junio 2004

Número de páginas: 5
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Lo cual implicaba una nueva aspiración: Cataluña una, Cataluña imperio, sí; pero con el propósito de intervenir en los asuntos de España. Una nueva mirada al pasado, que no debe desanimar al lector impaciente tal vez por tantos rebotes hacia delante y hacia atrás como Ucelay propina a sus metáforas, para seguir en esta ocasión «los horizontes imperiales hispánicos». Sería buena hora de cumplir el propósito de indagar la «evolución paralela de españolismo» anunciada en las primeras páginas; pero lamentablemente todo se solventa con una evocación de Menéndez Pelayo, olvidando la tradición del pensamiento liberal que desde principios del siglo xix , y aun en el xviii , tuvo al imperio como causa de la ruina de la nación, una perspectiva que seguramente habría iluminado la otra parte del propósito anunciado.
¿Horizontes imperiales hispanos en la primera década del siglo? El asunto, la verdad, no da para mucho, de modo que se puede pasar directamente a desentrañar el enigma del «intervencionismo». ¿Qué significa exactamente que un nacionalismo imperialista catalán intervenga en los asuntos españoles? Y la respuesta no puede ser, en este caso también, más sencilla: intervenir significa poner a Cataluña a la cabeza de España para sacarla de su decadencia, regenerarla, impulsarla en su retorno a la civilización. Implica, pues, el postulado de una «superioridad catalana» que, teorizada en un «desvergonzado racismo» por Pompeyo Gener, tendrá su expresión, en los medios de la Lliga, en la afirmación de una mayor densidad y dinamismo de su sociedad civil: el imperialismo será, pues, el de la sociedad civil, pujante en Barcelona, inexistente en Madrid.
Es hora, por tanto, de que Francesc Cambó entre en escena y ocupe, junto a Prat, su lugar en la primera fila de este gran espectáculo en el que comienza a «dar vueltas» la idea imperial. Es curiosa la inflexión del libro cuando se trata de la relación entre decisiones políticas específicas y el mundo de las ideas. Cuando Cambó retorna al primer plano de la política en Madrid, después de su conferencia en Zaragoza y de las elecciones parciales de marzo de 1912, consigue establecer una provechosa relación con Canalejas y luego con Romanones. El proyecto de ley de Mancomunidad no parece tropezar con obstáculos insalvables. Ha triunfado, pues, la posición que Ucelay llama camboniana, estatalista; pero en Barcelona, Prat de la Riba ha reforzado su control de la Lliga. Triunfan los dos: Cambó en Madrid, Prat en Barcelona. Era, sin embargo, necesaria «una resolución ideológica adecuada» al potencial conflicto de estos triunfos en capitales por principio rivales. Hacía falta una ideología que, significando poco en el terreno concreto, permitiera a las diferentes posturas internas de la Lliga maniobrar sin que las hostilidades se hicieran visibles. La ideología aparece entonces como mera secreción de la política, como reconciliación en el falso mundo de las ideas de las desavenencias, muy reales, en la práctica; como enmascaramiento de luchas por el poder. La primera pretensión de que las metáforas sirven para conducir la acción, o para interpretarla en el terreno simbólico cede, cuando hay política por medio, a la más prosaica función de resolver en el plano de la ideología las divergencias estratégicas o los conflictos de poder.
En todo caso, cuando se entra en la cuarta parte del largo y en ocasiones laberíntico recorrido que nos propone Ucelay, la unidad cultural está ya firmemente asentada y la atención gira a partir de ahora en torno a la idea imperial, que Cambó hace suya, aunque llegar a ella le costara también lo suyo: Taine, Le Play, Fustel de Coulanges, Barrès, fueron sus maestros. Pero el modelo político, la Lliga, era made in Britain. Una mezcla, pues, de Barrès, hispanófilo notorio, filtrado ahora no por Emerson ni Carlyle sino por un aprendizaje político que le proporcionó «muchos elementos de contrapeso» en la dirección de orientar al conjunto del nacionalismo hacia la resolución de los problemas de España. Ucelay efectúa este sorprendente giro sin avisar previamente al lector. Se acaba­ron, pues, las evoluciones discursivas, las ideas que surgen en un lugar y un tiempo determinados y rebotan aquí y allá, iluminando la escena. Ahora manda la política y la idea pasa a ser una mera excrecencia, una especie de ungüento para sanar las heridas causadas por los conflictos prácticos.
Jugando a reyes-emperadores
Imaginativos como eran, el enfrentamiento al que podrían estar destinados Prat, con su énfasis en la unidad cultural, en el trabajo político hacia dentro de Cataluña, con el propósito de hacer nación, y Cambó, con su decidido empeño en intervenir en la política española, representar a Cataluña en las Cortes, negociar con los políticos madrileños, utilizar la tribuna parlamentaria, se resuelve en un deep play, un «juego profundo», con un trío de reyes-emperadores que pueden servir «de farol para jugadores esperanzados». Tres imperios, tres modelos ejemplares: Austria-Hungría, Alemania unificada, Gran Bretaña: federalismo imperial, gran bloque germano, hegemonía, jerarquía y democracia británica. No hay que excluir a ninguno, mejor jugar con todos.
Tres cartas, tres imperios: serán precisos también tres jugadores. Las posiciones de Cambó, que juega a fondo la carta intervencionista, corren peligro de enfrentarse con las de Prat, que sigue dedicado a la causa nacionalista mientras se propone el paso del espejo irlandés al británico. Será en 1916 cuando aparezca una gran oportunidad y afirme su presencia el tercer jugador de esta partida, Eugeni d'Ors, que ha segregado ya suficientes metáforas como para pavimentar un terreno en el que es posible y hasta obligado el encuentro de la unidad con el imperio. Muy sencillo también: consiste en trasladar lo cultural de la primera al segundo, esto es, en definir el imperio como un estadio cultural. D'Ors, que realiza en su persona aquel aforismo de Ortega, nada moderno y muy siglo xx , que despreció el modernisme mientras alumbraba el noucentisme, leyó también a Emerson, a Carlyle y a Roosevelt, sobre todo a Roosevelt, viejos conocidos, y de ellos, como intelectual que era, sacó el proyecto de un imperio cultural que podía combinar, por tanto, acciones dentro y fuera de Cataluña: intervención en problemas locales y posesión de los instrumentos de gobierno; pero también intervención en los asuntos generales españoles, expansión comercial, espiritual, política. Son lecciones rooseveltianas que Ucelay deja de momento para darse una vuelta por las metáforas circulando sueltas por el mundo hispánico, quizá el más débil de sus capítulos, en el que, tras unas consideraciones sobre el hispanoamericanismo y el africanismo, define Iberia, la obra maestra de ­Isaac Albéniz, como «pequeños retratos locales para piano» y presenta a Manuel de Falla en la misma línea de Albéniz y Granados, aunque... «modernizando algo»: un incomprensible inciso como crítico musical no especialmente sagaz.
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