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Revista de Libros 90 Revista de Libros

De metáforas y juegos: Cataluña conquista España

por Santos Juliá
Revista de Libros nº 90, junio 2004

Número de páginas: 5
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Entra Prat de la Riba

Así, dicho de la manera más sucinta posible, estaban las cosas cuando apareció alguien capaz de colocar todas las piezas en su sitio y disponer definitivamente el rompecabezas ideológico. Ese alguien será Enric Prat de la Riba, que procede al modo de los grandes sintetizadores: tomando una pieza de aquí, otra de allá, hasta completar el puzzle . No hay, por tanto, en contra de lo que en algún momento prometía el autor, una evolución discursiva; mucho menos aún se encontrará una interpretación del discurso a partir de las experiencias políticas. Ucelay, al tratar las ideas como metáforas sueltas, se siente tan libre como su mismo objeto: las metáforas han ido surgiendo en Cataluña, pero también en todo el universo mundo y flotan en el aire, rebotan de un lado para otro, a la espera de que alguien las baje a tierra y complete el rompecabezas, una metáfora de metáforas, como bien se puede ver.
Este trato con las ideas, además de reiteraciones que en otra disposición de los materiales serían innecesarias y que provocarán a más de un lector cierta impaciencia al verse obligado a re-visitar una y otra vez momentos, lugares y personajes a los que creía haber exprimido todo el jugo posible decenas o cientos de páginas atrás, ofrece el riesgo de presentar la gran síntesis como una alquimia en la que se van añadiendo distintos productos en diferentes dosis hasta dar con la mezcla adecuada a un fin previamente determinado por un sujeto clarividente. Algo de alquimista tiene el Prat de la Riba que Ucelay presenta en su capítulo cuarto: toma la noción de autogobierno de Almirall, pero la somete a una purga de su artilugio republicano a través de un filtro oportunamente proporcionado por De Maistre. Ah, pero esto habría dado tal vez una mezcla reaccionaria; para evitarlo, a Almirall filtrado por De Maistre se añaden unas gotas de pensamiento político liberal de ­raíz protestante y ya tenemos a Prat de la Riba convertido en alguien «radicalmente moderno, aunque no siempre lo pareciera».
Como por arte de birlibirloque, Prat de la Riba habría destilado un precipitado moderno no por una evolución que le lleva desde proclamar la bancarrota del sistema parlamentario o de denunciar los males que esperan a la sociedad y a la patria si se introduce el sufragio universal, hasta la creación de un partido político capaz de ganar elecciones, sino gracias a combinar en un imaginario laboratorio opuestos ideológicos. Al corazón revolucionario del programa federal, Prat de la Riba añade una reforma religiosa o espiritual de España, que funde con su opuesto más extremo, el esquema carlista, al que suprime lo que tenía de más dinámico, su cesaropapismo, lo cual le lleva a dar un rodeo por el distinguido obispo de Vic, Torras i Bages, que acabará también en sus manos, reducido, como Almirall, a mero antecedente glorioso de la nueva verdad que él mismo alumbra: la unidad cultural de Cataluña, no como derivada de la religión católica -Torras veía a Cataluña saliendo directamente del soplo divino-, tampoco como una mirada al mundo desde la montaña, sino como tejido social alternativo al poder público, como sociedad civil: leer a De Maistre como un romántico que defiende tejido social ante el poder y recoger la idea de self-government sin ceder nada ante el democratismo francés. Y así, sin romper ni manchar ninguno de los cristales atravesados con su fabulosa capacidad de síntesis, Prat de la Riba es radicalmente moderno, aunque en ocasiones se empeñara, con singular éxito en mi opinión, al menos hasta 1901, en no parecerlo.
Pues, se preguntará el deslumbrado lector, ¿cómo puede ser que un tejido social, una sociedad civil y una gran ciudad pujantes, activas, dinámicas, conciban el sueño de una «unidad cultural»? ¿Cómo se puede reclamar, a la vez, un individualismo de raíz protestante y una unidad espiritual de raíz católica? ¿Cómo se conjuga la creencia en un espíritu del pueblo, un alma de la nación, y la modernidad de una ciudadanía formada por individuos libres y autónomos? Pues muy sencillo: reformulando la unidad cultural «como axiomática». Es un hecho; la unidad cultural es un hecho, y con eso, Prat de la Riba «cerró la discusión estéril». Más aún, con eso, Prat de la Riba es un auténtico modernizador, porque de un postulado que podría evocar un propósito medievalizante o, en el mejor de los casos, una nostalgia romántica, con sólo convertirlo en axioma y liquidar la posibilidad misma de discusiones estériles, queda transmutado en motor de modernización. No había más que edificar activamente lo que se postulaba como hecho: la politización que Prat preveyó ( sic: Ucelay tropieza en más de una ocasión con el verbo prever) para la unidad cultural catalana y su modélica sociedad civil implicaba pasar de ayuntamientos y diputaciones al Parlamento. Y eso sólo se podía conseguir politizando la cultura con el propósito de... ¡edificar activamente la unidad cultural! Así se cierra el círculo; así al rompecabezas no le falta ni una pieza, sólo que el dibujo final es el de la serpiente que se muerde la cola: la unidad cultural es un hecho, no una metáfora, que sostiene una política destinada a edificar activamente la unidad cultural. Un rompecabezas perfecto.
Imperio de la sociedad civil
Construida la primera metáfora, quedaba por dar el paso a la segunda. Este Prat de 1901, que había mostrado su enemiga al parlamentarismo y se había manifestado una y otra vez contra el sufragio universal y por la representación estamental, emerge en 1906 como un auténtico «imperialista catalán». Para explicar cómo ha podido llegar a este nuevo postulado, Ucelay afirma que Prat de la Riba dio forma «al pensamiento catalanista» a fuer de sintetizar una vez más materiales de la más diversa procedencia, que no teme repetir: contrarrevolucionarios franceses, escuela histórica del derecho, tradición filosófica catalana. Con eso, la inteligencia sintética de Prat es capaz de establecer una «síntesis efectiva, moderna, flexible». Tan flexible es que aquí todo se aprovecha: la contrailustración sirve para corregir los excesos abstractos del pensamiento liberal, de la misma manera que la lectura de Emerson, Carlyle y, sobre todo, Roosevelt -recordadas como una docena de veces- servirán para corregir los excesos de la contrarrevolución. Lo cual ofrece la oportunidad de mirar a todas partes en busca de inspiración: Gran Bretaña y Estados Unidos, por un lado, Alemania y Austria-Hungría por otro. ¿Por qué no podría ser España una mezcla, la más lograda, de todos ellos y así tomar de unos su fuerza expansiva, de otros la pluralidad de reinos?
Dicho y hecho: acostumbrado a convertir axiomas en proyectos, Prat situó la unidad cultural que definía al nacionalismo catalán en un contexto imperial. El nacionalismo no es un sentimiento pasivo, sino activo: busca su expansión por cualquier medio. El catalán no podía ser menos: se hace, pues, imperialista. ¿Sólo metafóricamente? No, la metáfora adquiere un «sentido práctico». Prat es un moderno, al menos en 1906, aunque no aparezcan aquí muy claros los caminos por los que ha llegado a esta modernidad. Y como no es un neotradicionalista, sino un abanderado de la modernidad, deja caer una «bomba conceptual»: compara las Cortes de Cataluña con el Parlamento de Inglaterra para subrayar la originalidad inglesa al combinar señores temporales y eclesiásticos en una cámara, dejando a los comunes la otra. De ahí postula para Cataluña un imperialismo dentro de su espacio cultural que implicaba una «España nuevamente imperial», operación en la que percibe Ucelay una síntesis del programa federal con el tradicionalista: ¿un precipitado de Almirall con Torras? A tales alturas había llegado Prat de la Riba hacia 1906, año de plenitud conceptual.
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