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Revista de Libros 141 Revista de Libros

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por Carlos López-Fanjul
Revista de Libros nº 141, Septiembre 2008

Número de páginas: 3
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La hipótesis darwinista clásica propone que la selección natural actúa siempre y cuando los individuos difieran genéticamente en sus respectivas eficacias biológicas o, lo que viene a ser lo mismo, cuando varía el número de descendientes que cada uno aporta a la generación siguiente. Expresado así, el proceso selectivo parece tan sencillo y evidente como para justificar de pleno la conocida reacción de Thomas H. Huxley a la presentación en sociedad de la teoría: «How very foolish not to have thought of that!». Sin embargo, el asunto no es ni mucho menos tan elemental, como se ha podido ir comprobando en las sucesivas ampliaciones o reformulaciones del pensamiento evolucionista que se han registrado desde entonces hasta hoy. Darwin era manifiestamente consciente de que la reproducción suele ser cosa de dos, y dedicó parte de su esfuerzo intelectual a demostrar que, en cada sexo, la selección puede obrar con diferente intensidad y funcionar a través de mecanismos distintos. No obstante, su planteamiento del problema era, por androcéntrico, parcial, al presuponer unos machos esencialmente polígamos, cuya eficacia umentaría con el número de cópulas, y unas hembras predominantemente monógamas que, en el mejor de los casos, sólo dispondrían de una cierta capacidad de elección de pareja. Aunque, como veremos, la situación es mucho más compleja, no deja de ser cierto que el potencial reproductivo masculino es considerablemente mayor que el femenino y que, al mismo tiempo, el éxito reproductivo de los machos es mucho más variable que el de las hembras, de manera que ambos factores determinan que la selección proceda con mayor intensidad en los primeros y sea la responsable directa del dimorfismo sexual; pero esto es sólo una parte de la historia.
Tuvo que pasar un siglo para que los evolucionistas modificaran esas ideas, dictadas por los convencionalismos decimonónicos, haciéndolas más acordes con la realidad biológica general, caracterizada tanto por la rareza de la monogamia en el reino animal, condición que sólo atañe a un tres por ciento de las especies pertinentes, como por la fragilidad de la conexión entre cópula y fecundación, tantas veces pregonada por la sabiduría popular. En primer lugar, es un hecho actualmente comprobado, a pesar de la obvia dificultad a la hora de establecerlo, que las hembras de la gran mayoría de las especies animales no participan pasivamente en el coito, sino que son al menos tan promiscuas como los machos. En segundo lugar, la competición entre esos machos por el acceso a las hembras, el factor clásico de la selección sexual darwinista, no finaliza con la cubrición sino que continúa, a través de la rivalidad entre los correspondientes espermatozoides, hasta el preciso momento en que uno de ellos logra fecundar el óvulo. Por último, la capacidad de elección femenina también se prolonga más allá de la inseminación, ejerciéndose seguidamente en el interior del tracto reproductor entre los espermatozoides del mismo o distinto origen. En resumidas cuentas, las modernas técnicas desarrolladas en las últimas décadas, entre ellas las moleculares, han permitido incorporar al cuestionario neodarwinista la respuesta a la incertidumbre que agobiaba al joven Pablos quevediano, cuando preguntaba a su madre «si me había concebido a escote entre muchos, o si era hijo de mi padre sólo».
Los factores referidos determinan lo que, metafóricamente, se ha denominado guerra de los sexos , una permanente carrera de armamentos entre dos fuerzas condenadas a entenderse, aunque, en cada etapa, quede por determinar cuál es el precio; esto equivale, en términos evolutivos, a que la adquisición de cualquier ventaja que permita ejercer cierto control sobre el proceso reproductor a uno de los dos sexos contendientes redundará en la inmediata puesta en práctica de contramedidas por parte del otro. En un lenguaje más técnico, quizás menos sensacionalista, el conflicto entre los sexos es el resultado de la relación inversa entre sus respectivos intereses reproductivos, determinante de un proceso de coevolución continuo que es responsable en buena medida de la diversidad de estructuras, funciones y comportamientos sexuales entre los distintos grupos animales.A la exposición de las opiniones del actual neodarwinismo sobre estos asuntos está dedicado el primero de los libros que aquí se reseñan.
Tim Birkhead es un conocido investigador británico que ha dedicado la mayor parte de su vida profesional al estudio de la competición entre espermatozoides como fuerza motriz de la selección sexual. El tema se presenta en toda su amplitud en Promiscuidad , que es una obra de divulgación excelentemente concebida, fácilmente comprensible y bien escrita, donde se describen las distintas facetas de esa particular fase del proceso selectivo con un detallado pormenor que incluye el examen riguroso de multitud de datos obtenidos a partir de pacientes estudios llevados a cabo en variadas especies y, al mismo tiempo, examina cada uno de ellos a la luz de las distintas hipótesis propuestas para su explicación. Ésta es una de las características que hace más recomendable esta obra donde, lejos de ofrecerse una justificación monolítica de unas determinadas observaciones, se desmenuzan distintas posibilidades interpretativas y se exponen minuciosamente las razones que empujan a su autor para aceptar unas y rechazar otras.
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