Onfray no oculta su simpatía hacia Erasmo, que ensalza la locura del verdadero cristiano («pobre, humilde, dulce, pacífico, generoso»), ni su admiración hacia Montaigne: católico, justifica el suicidio; casado, aconseja que el marido sea sordo y la mujer ciega ante posibles infidelidades; envuelto en feroces guerras de religión, desaprueba la tortura y la violencia; cree en la trascendencia, sin difamar lo inmanente; habla del inconsciente y de la herencia biológica, y considera que Dios nos regala la libido para usarla y no para reprimirla. En La fuerza de existir. Manifiesto hedonista (2008), Onfray muestra su faceta menos inspirada: vituperio de la tradición judeocristiana, con argumentos de manual de bachillerato; incursiones en el terreno de la estética, manifestando el mismo desprecio hacia Platón, Kant y los herederos de Duchamp, incapaces de comprender su gesto libertario; reivindicación de un Nietzsche anticapitalista, sin problemas para admirar el genio judío y deplorar la sociedad de consumo. En suma: pensamiento provocador, panfletario, escasamente original, pese a su máscara subversiva. Lo más apreciable de esta obra son las páginas autobiográficas, que plantean la relación causal entre el cuerpo y la filosofía. Las ideas son una prolongación de la experiencia. Es imposible separar la historia del cuerpo, las incidencias biográficas del pensamiento. Toda filosofía es una egodicea , la peripecia de un cuerpo pensante y sufriente. Onfray no ha inventado el best-seller filosófico, pero demuestra una enorme habilidad para disfrazar ideas tanto ajenas como propias, fingiendo una síntesis que derrumba el edificio de la teología y reescribe la historia de la filosofía, rescatando obras y autores marginales. Las banalidades se ocultan bajo una pretendida transparencia y la irreverencia arroja una cortina de humo sobre el vacío de pensamiento. La ofensiva contra la teología y la filosofía se limita a redundar en tesis que ya se habían formulado con prosa más elocuente y más espesor conceptual. Estas gravísimas limitaciones no impiden que Onfray se interne en el pensamiento de Erasmo y Montaigne, elaborando una tesis de indudable originalidad: hay un cristianismo hedonista, opuesto al odio hacia el cuerpo propagado por el platonismo. Al margen de polémicas hermenéuticas sobre la tradición cristiana, Slavoj Î i Ï ek nos recuerda en El frágil absoluto (Pre-Textos) el valor del legado paulino. La Epístola a los Corintios no puede despacharse como el delirio de un histérico: «Sin amor nada soy. El amor es paciente; el amor es benigno. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (13: 4-7). Pablo de Tarso no excluye, sino que integra: «Ya no hay judío ni griego; ya no hay esclavo ni libre; ya no hay varón ni hembra, pues todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gálatas 3: 28). Sería absurdo negar las flagrantes contradicciones que salpican las epístolas paulinas, pero hay un radicalismo universalizador que Î i Ï ek considera digno de preservar como origen de conceptos más modernos. Al vincular la Declaración de Derechos Humanos al cristianismo surge de inmediato la objeción de una ortodoxia encargada de velar la interpretación canónica de las Escrituras, pero, con independencia de las Iglesias que se disputan la herencia cristiana, hay un mandato incondicional que impone no sólo amar al prójimo, sino al enemigo, al otro en su forma menos comprensible, en cuanto antagonista que pretende arrebatarnos la vida. No puede despacharse la tradición judeocristiana sin desmontar los argumentos de Levinas («conocer a Dios es hacer justicia al prójimo», «el infinito sólo posee la gloria a través del acercamiento al otro»), Jankélévitch o Hannah Arendt. Los dos últimos secularizan el mandato cristiano del perdón para ofrecer la posibilidad de reescribir el pasado. El perdón instaura «un orden nuevo; es fundador del porvenir» (Jankélévitch); permite superar la irreversibilidad de los hechos, ofreciendo la posibilidad de comenzar de nuevo (Arendt).