La cuestión religiosa acompaña al ser humano desde sus primeros pasos como animal racional. Ese inicio paradójico anticipaba una larga historia de disputas, apologías y refutaciones, que se ha cumplido, en ocasiones de forma cruenta (guerras, feroz represión de las libertades, cárcel o muerte para disidentes y escépticos), no pocas veces de manera ridícula (descripciones minuciosas del hipotético más allá, comercio de reliquias, profecías incumplidas) y, en ningún caso, sin que razón y fe hayan encontrado una fórmula definitiva de conciliación. En su Tratado de ateología (2005), Michel Onfray acometía un implacable ataque contra las religiones, responsabilizándolas de una elevada cuota de infortunio en la historia de la humanidad. Al margen de su vehemencia, la obra no aportaba nada que no se encontrara ya en Freud, Nietzsche o Bataille, al que se invocaba, pero sin emular su justificación de la irracionalidad. Bataille destruye el más allá, pero no la experiencia religiosa. El hecho de que el hombre sea un animal finito no significa que pueda prescindir de lo sagrado. La tortura que se ensaña en un cuerpo vencido o el carácter gratuito e innecesario del arte muestran la necesidad de incluir en la experiencia humana el despilfarro, una hipertrofia del sentido, que no puede explicarse en términos racionales. La religión no se ocupa tan solo de ahuyentar el miedo a la muerte. Su capacidad de simbolizar y ritualizar lo incomprensible y monstruoso augura su continuidad en el tiempo.
Onfray utiliza argumentos escasamente originales. No hay otra vida, el alma no es inmortal, es absurdo difamar el cuerpo, los dioses surgen de una patología colectiva, religión y política se conciertan para oprimir al hombre. La religión está asociada a la pulsión de muerte, al desprecio hacia la mujer y al temor a la diferencia. Incapaz de convivir con el otro, se ha aliado con el poder temporal para consumar su exterminio. No sin cierto ingenio, Onfray recurre al insulto para acusar a las religiones monoteístas de orquestar una ofensiva mundial contra los prepucios. El elogio de la castidad nace del odio a la condición femenina: «Las mujeres son demasiado. Demasiado deseo, demasiado placer, demasiado exceso, demasiadas pasiones, demasiado desenfreno, demasiado sexo, demasiado delirio» ( Tratado de ateología ). Las cartas paulinas son despachadas como «la neurosis de un aborto». La pluralidad de interpretaciones sólo acredita el oportunismo de un enfermo con suficiente ambición política para sembrar de contradicciones sus epístolas. Hay que anticiparse a los tiempos y adaptarse a lo que venga. Esa perversidad se prolonga hasta nuestros días. El cristianismo inventó el etnocidio. Católicos y protestantes confraternizaron con Hitler. El judaísmo y el islam no son menos deplorables. Las tres religiones constituyen la mayor amenaza contra la democracia y la paz mundial.
Las sabidurías de la Antigüedad. Contrahistoria de la filosofía I (2006) es un libro que extiende el trabajo de demolición a la historia de la filosofía, que ha marginado sistemáticamente a las escuelas refractarias al dualismo ontológico surgido de la tradición órfico-pitagórica. Una línea de pensamiento que adquiere su primera madurez con Platón y que más tarde florecerá en la escolástica, salpicando a toda la filosofía posterior hasta el Siglo de las Luces, no sin ciertas excepciones, como Spinoza y algún materialista despistado o contumaz. El mérito más importante de Onfray es su afán en recuperar a Demócrito y Epicuro, pero su investigación no exhuma ninguna novedad, salvo ciertos golpes de humor, como recordar el énfasis de Demócrito en la esterilidad (mejor no procrear porque es imposible educar) y el onanismo (el amor sólo es una imbecilidad transitoria). Onfray, que no disimula su admiración por Nietzsche, repite la pirueta conceptual del eterno retorno: hay que vivir el instante como si pudiera acontecer una y otra vez, pero con la sabiduría del que sólo cree en la finitud. La alegría no puede proceder del pasado ni del futuro, dimensiones del tiempo que sólo existen en la memoria o en la anticipación. Esa apuesta no incluye al otro, pues el yo sufre intolerables perturbaciones al relacionarse con los demás. El objetivo del filósofo es «el cuidado de uno mismo», sin prodigar el sufrimiento ajeno. Este hedonismo no implica desenfreno, pues el placer nos convierte en esclavos cuando no moderamos sus exigencias.
Ahí está el caso de Diógenes. Su talento para la provocación («Perro regio, onanista y pedorrero») no es digno de imitación, pues desconoce el límite y el término medio. Además, su desprecio por lo material no reconoce el legítimo placer de tener. La estela de Bataille aparece en Onfray cuando recupera el elogio de Medea entonado por la escuela del perro. Medea no es una mujer letal, sino una maga con el poder necesario para hacer a los hombres fuertes y vigorosos, familiarizándoles con lo terrible. De nuevo, sopla el aliento de Nietzsche, especulando sobre los fundamentos de la moral judeocristiana. Más perspicaz resulta el análisis de Epicuro, donde la filosofía se convierte en terapia del cuerpo y el alma. El papel de la filosofía como medicina curativa no excluye el suicidio, la opción más oportuna ante el infortunio o el dolor irremediable. La filosofía no vale nada si no se transforma en estilo de vida. Esa circunstancia no afecta a lo comunitario, pues el hedonista anhela vivir oculto, no comprometerse. Sólo hay que cultivar la amistad, una emoción razonable, que contribuye a facilitar nuestro tránsito por el mundo. Lucrecio es la expresión más lúcida del hedonismo. La guerra y la muerte son la verdadera teleología de la historia humana, una finalidad sin fin, pero que no se corresponde con el juicio estético kantiano, sino con el compás de una sinfonía terrorífica. Hay una claridad brutal en el ateísmo, que hace retroceder a la teología: «Cuando el filósofo trabaja, el sacerdote retrocede». El hedonismo trágico de Lucrecio invita al hombre a ser como una ciudadela inexpugnable, sin olvidar que su libertad consiste en «querer lo que se da», sin codiciar lo irrealizable.