La autobiografía de Revel es un libro entretenido y brinda retratos fascinantes de personajes famosos. Pierre Grappin, su superior en la Resistencia, fue nombrado decano de la Universidad de Nanterre en los años sesenta, donde fue blanco de los enragés ultrarradicales, que lo tildaron de «fascista». Louis Althusser fue también amigo durante años de Revel. Al igual que otros antes que él, Althusser «rejuveneció» el marxismo al imbuirlo de las modas filosóficas del momento, no del existencialismo de los años cincuenta, como había hecho Sartre, sino del estructuralismo de los años sesenta. Luis Buñuel, el compañero de Revel en Ciudad de México, donde fundó el primer club de cine de Latinoamérica, se debatía entre una educación jesuita que contribuyó a su admiración por la Unión Soviética y su anarquismo estético: «Si Buñuel hubiese vivido lo suficiente para conocer las matanzas de 1994 en Ruanda, le habría encantado saber que los soldados hutus, al entrar en las casas tutsis, preguntaban a sus ocupantes: "¿Tenéis dinero? Si tenéis, os matamos con metralleta; si no, a cuchillo"» (p. 238). Otro compañero, Bertrand de Jouvenel, era un intelectual que se desplazaba fácilmente entre las extremas derecha (el Partido Popular Francés de Jacques Doriot) e izquierda (el Frente Popular de los años treinta y el Programa de la Comuna de los años setenta). Emmanuel Berl, un judío extraordinariamente asimilado, representaba la nostalgia de Revel por la cultura literaria y hablada de la Tercera República. Al igual que Bertrand de Jouvenel, Berl apoyó tanto al Frente Popular como al Gobierno de Vichy de Pétain. «Los intelectuales -afirma Revel- tienen un oportunismo exterminador» (p. 242).
Sus dificultades para trabajar con los propietarios de L'Express, primero Jean-Jacques Servan-Schreiber y luego Jimmy Goldsmith, se explican en un detalle apasionante. En última instancia, a pesar de sus conflictos con ambos barones de la prensa, Revel prefería un sistema de información dominado por el mercado a un monopolio estatal, ya que el primero -sostenía- permitía más libertad y oportunidades. Su camaradería intelectual con el historiador Pierre Nora, los editores René Juillard y Robert Laffont (con quien Revel publicó Papillon de Henri Charrière, que vendió veinte millones de ejemplares en todo el mundo) y sus colegas en L'Express aportan anécdotas (y a menudo chismes) estimulantes. Raymond Aron, el filósofo y columnista de L'Express, «sólo se interesaba por el pensamiento de Aron, cuya riqueza, por otro lado, justificaba esa pasión exclusiva» (p. 595). Los retratos de Jacques Lacan y François Mitterrand son mucho más críticos. Al primero lo despacha rápidamente como un impostor ignorante; al segundo como un autócrata oportunista, vanidoso y corrupto. En muchos sentidos, Revel siguió siendo un devoto del parlamentarismo de la Tercera y Cuarta Repúblicas y un opositor de la Quinta República (1958 hasta hoy) que, ya fuera bajo la presidencia de De Gaulle o de Mitterrand, comparaba al «sistema PRI» de México y en general a la «monarquía bananera» de las dictaduras latinoamericanas (p. 447). El retrato de carácter más hostil de todos, en un volumen pródigo en muchos, se reserva para Georges Marchais, secretario general del Partido Comunista francés (1972-1994): «Arrogante, tiránico, vanidoso, mentiroso (este atributo respondía, todo hay que decirlo, a las exigencias orgánicas de su cargo)» (p. 433). En 1978, L'Express de Revel reveló que Marchais había sido en 1942 un trabajador voluntario para la empresa aeronáutica alemana Messerschmitt. Marchais replicó sistemática pero poco convincentemente que no había sido de forma voluntaria, sino que lo habían obligado a trabajar en Alemania.
La organización de esta autobiografía no es convencional y la traducción es excelente.
Memorias realiza constantes saltos cronológicos, ofreciendo al lector una seductora idea de un acontecimiento o una novedad y volviendo luego sobre ellos para aportar más información. Sólo al final se explica el misterioso subtítulo. El hijo de Revel, Matthieu, el traductor francés del Dalai Lama y monje budista él mismo, inspiró el título, que está sacado de una parábola budista
[ 7 ] : un ladrón entra en una rica mansión esperando encontrar «un copioso botín, y una vez dentro se da cuenta de que está completamente vacía y de que ha sido engañado por la apariencia del envoltorio» (p. 650). Revel concluye asimismo que los militantes políticos y los intelectuales del siglo xx se han engañado a sí mismos buscando atractivas utopías revolucionarias y totalitarias porque, al contrario que los budistas, comparten una fe errónea en que las soluciones colectivistas pueden resolver el problema de la felicidad humana.
Traducción de Luis Gago