Al contrario que Orwell, que se consideraba como una suerte de socialista, Revel, al menos a partir de 1970, fue un liberal convencido que creía en la democracia contra los «totalitarismos» del fascismo, el nazismo y el comunismo. Su uso del término «totalitarismo» es problemático, porque a veces equipara de manera simplista el comunismo, el fascismo italiano, el nazismo y las dictaduras del Tercer Mundo. El mal uso del concepto explica también por qué Revel se convirtió en un defensor de
L'idéologie française (1981) de Bernard-Henry Lévy, una obra que confundía fascismo, petainismo, comunismo y neosocialismo
[ 2 ] . El objetivo de Revel (y en gran medida el de los
nouveaux philosophes como Lévy) no era el de un cuidadoso historiador o científico social -definir y analizar el totalitarismo-, sino más bien utilizar el concepto para librar batallas políticas y criticar la alianza electoral entre comunistas y socialistas en los años setenta y comienzos de los ochenta
[ 3 ] . En vez de precisión y análisis conceptual, la indignación ética contra todas las masacres y miserias del mundo pasó a ser un arma política para avergonzar a todos aquellos que coquetearan con el «totalitarismo
[ 4 ] .
No es infrecuente que el anticomunismo de este acérrimo luchador de la Guerra Fría parezca excesivo. Se muestra muy poco caritativo con Sartre, de quien Revel afirma que nunca participó de ninguna manera en la Resistencia (p. 108): «Sartre fue la encarnación suprema del desastre cultural francés de posguerra» (p. 403). Revel afirma dudosamente que a finales de los años setenta «el clima de terror [...] cundía por entonces tanto en la izquierda y el centro como incluso en la derecha, por miedo a ser tachados de anticomunistas» (p. 438). Señala, lo que es poco plausible, que en 1981 el Partido Comunista francés quería que Mitterrand perdiera las elecciones. Aunque Revel fue lúcido en relación con la brutalidad y la estupidez del comunismo, sobrevaloró su fuerza, al igual que Orwell. Revel echó la culpa de las tensiones étnicas y nacionales que explotaron tras la caída del comunismo en la antigua Unión Soviética y en los Balcanes a la «tiranía destructora» del gobierno comunista. Hemos visto, sin embargo, que los regímenes imperiales de diversos dictadores comunistas suprimieron las tensiones étnicas con mayor eficacia que sus sucesores no comunistas.
En su larga carrera como editor, autor y periodista, Revel acertó en muchos temas esenciales, pero su juicio fue problemático en otros. Al contrario que Orwell, que murió en 1950 mucho antes del colapso del comunismo, Revel estaba convencido de que las economías de mercado son siempre superiores a sus alternativas. Alabó -quizás excesivamente- a Felipe González, «que representaba un socialismo moderno, antitotalitario e incluso antimarxista, ese liberalismo de izquierdas cuya eclosión yo había preconizado» (p. 596). Contrapuso claramente el socialismo español a la «regresión» y la «corrupción» de los socialistas franceses, que seguían mostrando sus simpatías por las ideologías «totalitarias» (p. 623). Los estudiantes rebeldes de 1968, afirma sin pruebas, deseaban una recesión económica y la devaluación de los títulos universitarios (p. 187). Acusa a los historiadores profesionales y a los «pedantes perezosos» de victimizar a los buenos periodistas con un desdeñoso «racismo cultural» (p. 332). También es demasiado severo con Michel Foucault, cuyas obras considera simplemente una moda pasajera. Foucault -afirma Revel- achaca la enfermedad mental exclusivamente a «las crueldades del "encierro" hospitalario» (p. 218)
[ 5 ] . Aunque Revel fue muy crítico con la xenofobia y el chauvinismo mexicanos tanto hacia Europa como hacia Estados Unidos, albergaba un optimismo excesivo sobre el futuro de la democracia en Latinoamérica (pp. 243 y 442).
Con más justificación, atribuye a su propio
L'Express que resurgiera un estado de opinión sobre las nefandas acciones del Estado francés durante la Segunda Guerra Mundial. En una entrevista en
L'Express de octubre de 1978, irritantemente titulada «A Auschwitz, on n'a gazé que les poux» [«En Auschwitz sólo se gasearon piojos»], Louis Darquier (
dit de Pellepoix), Commissaire général aux Questions juives desde mayo de 1942 hasta febrero de 1944, negaba el Holocausto, que calificaba de una «ficción judía»
[ 6 ] . Los amigos franquistas de Darquier y el escandaloso fracaso del Estado francés para formular una demanda de extradición le permitieron pasar un cómodo exilio en España, donde murió -aparentemente en paz- en 1980. El escándalo provocado por la entrevista de Darquier contribuyó a alentar la revisión y posterior aceptación por parte del Estado francés de sus responsabilidades en la ejecución de la
Shoah.
Revel criticó a sus colegas filósofos, ya fueran marxistas o existencialistas, por abandonar la búsqueda de la «realización personal» en favor de un compromiso intelectual que él denominó «una concepción colectivista de la realización y utilitarista de la verdad, el sacrificio de la probidad a la propaganda» (p. 165). Rechazaba cualquier forma de colectivismo cultural. «El odio al individuo, el elogio del grupo, el culto de lo gregario y lo colectivo» (p. 610) representaba la «negación» de la civilización occidental de Sócrates a Proust. Su individualismo -«la soledad es el invernadero más propicio para la eclosión del juicio» (p. 174)- es paradójico, dado su compromiso muy público y político a favor del liberalismo. Aunque criticó el marxismo, el utopismo y la ignorancia histórica de los estudiantes revolucionarios de los años sesenta, que creían que habían iniciado la primera revolución sexual de la moderna historia francesa, simpatizó con su exploración de nuevas corrientes culturales individualistas y apolíticas. Así, se negó a condenar incondicionalmente la revuelta de mayo de 1968, que dio muestras de una convincente «perplejidad conceptual» (p. 411) y un atractivo antiestatalismo.
El cosmopolitismo de Revel fue extraordinario. Sus largas estancias en México, Italia y Estados Unidos dieron lugar a influyentes artículos o libros superventas en esos países. Como editor, introdujo al público francés a la Escuela Warburg (Aby Warburg, Edwin Panofsky y Ernest Gombrich) y a los historiadores del arte británicos (Kenneth Clark, Denis Mahon y Anthony Blunt). Publicó una antología de poesía francesa y escribió sobre Michel de Montaigne, François Rabelais y Marcel Proust. Es autor de un libro sobre gastronomía, Un festín en palabras , y de varios libros sobre la historia de la filosofía occidental. Reflexionó astutamente sobre su experiencia polifacética en la industria editorial: «La lógica de la ecuación que hace equivaler la falta de éxito a la calidad es tan falsa como la ecuación contraria, menos conforme a los prejuicios vigentes, que asocia el valor al éxito» (p. 336).