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Revista de Libros 135 Revista de Libros

Jean-François Revel, Memorias: el ladrón en la casa vacía (Gota a Gota)

por Michael Seidman
Revista de Libros nº 135, Marzo 2008

Número de páginas: 3
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El francés Jean-François Revel se asemeja mucho al autor británico George Orwell. Ambos hombres de letras fueron de esos raros europeos, especialmente en el ámbito de los intelectuales, que fueron no sólo activos antifascistas y anticolonialistas, sino también anticomunistas declarados [ 1 ] . Al igual que Orwell, Revel tuvo una experiencia directa de estas tres ideolo­gías. Sus luchas contra ellas hicieron que las vidas de ambos resultaran admirables y relevantes.
El joven Revel fue formado por la meritocrática Tercera República (1870-1940). Nació en 1924 en Marsella en el seno de una familia conservadora y cultivada. A finales de 1938, su padre, al oír que las grandes obras del Museo del Prado se exhibirían en Ginebra para mantenerlas a salvo durante la Guerra Civil, abandonó su negocio durante casi una semana y se llevó a su esposa y sus hijos para verlas. Educado por los jesuitas, Jean-François, al igual que Voltaire, se convirtió rápidamente en un escéptico religioso, pero más tarde aprendió a valorar a sus profesores, que le parecían más abiertos que los «sacerdotes» marxistas con los que se encontraría durante la Guerra Fría. Consiguió el ingreso en la École Normale Supérieure (ENS), donde estudió filosofía, que el mundo académico francés tenía por la más prestigiosa de todas las disciplinas. Su entrada en la ENS coincidió con la Segunda Guerra Mundial.
Revel es muy crítico con su propia falta de sentido común como un joven résistant. Escondió documentos cruciales de la Resistencia en su habitación de la École, exponiendo, por tanto, a sus compañeros de cuarto y a otros, entre los que se encontraban muchos jóvenes que se ocultaban para librarse de los trabajos forzados en Alemania, de la deportación o la concentración en campos de exterminio. Sus compañeros de clase, que estaban unánimemente del lado de la Resistencia, reaccionaron con inteligencia, escenificando una broma para recordar a Revel su peligrosa irresponsabilidad. Le pidieron a estudiantes franceses germanófonos a los que Revel no conocía que se vistieran como agentes de la Gestapo y escenificaran una redada en el cuarto de Revel. Después de que los «agentes» entraran en la habitación, buscaran y más tarde encontraran los documentos incriminatorios, sus compañeros de cuarto colaboraron para ayudarle a «escapar». Poco después, le revelaron que sólo estaban bromeando, y un avergonzado Revel depositó los documentos en otro sitio.
Revel pinta un retrato deprimente de la vida cotidiana en Francia durante la ocupación: la falta de calefacción, de comida y las largas colas provocadas por escaseces crónicas. Rinde un inu­sual homenaje a las «secretarias [...] de todas las edades y condición modesta» que arriesgaron sus vidas simplemente por mecanografiar documentos. Sin embargo, al contrario que los résistants varones, que podían esperar obtener reconocimiento y cómodos trabajos después de la guerra, estas mujeres sabían que siempre seguirían siendo «secretarias mecanográficas» sin promoción o reconocimiento. Revel concluye juiciosamente que «en Francia el totalitarismo, a veces amenazante, no ha triunfado nunca, a no ser por medio de una ocupación extranjera; nunca se insistirá suficientemente en ello» (p. 608).
La liberación tuvo su ración de injusticias, pero Revel apoyó la condena de Charles Maurras, cuyas llamadas a la violencia contra los judíos sirvieron de acicate a los milicianos para asesinar a un prominente banquero judío, Pierre Worms. En la liberación, Maurras intentó alegar libertad de expresión, una defensa que Revel rechazó: «Ante esas consecuencias sangrientas, los intelectuales pierden el derecho a refugiarse tras el cómodo parapeto de la libertad de expresión» (p. 141). De manera menos convincente, amplía su argumentación a favor de la libertad limitada -una extraña posición para un liberal- en el caso de Italia durante los años setenta: «Por eso, durante los "años de plomo" del terrorismo de las Brigadas Rojas, la justicia italiana tuvo en cuenta acertadamente el principio de responsabilidad de supuestos "teóricos" como Toni Negri, profesor en la Universidad de Padua. Estos fanáticos, sin haber cometido atentados con sus propias manos, ha­bían inculcado una creen­cia que preconizaba la violencia a jóvenes influenciables que después cometieron asesinatos terroristas» (p. 141).
Tras la guerra, en 1947-1948, Revel dio clases en una madraza y trabó estrechos vínculos de amistad con argelinos de diversas clases sociales. Estas experiencias dieron paso a su anticolonialismo. Comprendió «la insoportable condición de los colonizados» (p. 34), criticó las «felonías» de Francia y la «ceguera» de los franceses en Argelia. Vio a sus estudiantes otrora moderados y francófilos volviéndose cada vez más extremistas y francófobos. Tanto L'Express como France-Observateur , medios en los que colaboraba Revel, se mostraron firmemente en contra de la guerra y se opusieron a las «matanzas y torturas» cometidas bajo las órdenes de políticos socialistas (SFIO).
Su anticolonialismo lo situó abiertamente a la izquierda, pero Revel, al igual que Orwell, siempre receló del pensamiento grupal. Pasó a adoptar el dicho de Charles Péguy, un héroe de la Tercera República: «Nunca se sabrán las cobardías que han cometido nuestros franceses por miedo a no parecer suficientemente de izquierdas» (p. 307). Revel despreciaba a los intelectuales conformistas cuyo «temor a la excomunión sustituye en su corazón al respeto al conocimiento» (p. 429). Y señala algo evidente pero necesario: «Si el fascismo y el comunismo sólo hubiesen seducido a imbéciles o canallas, habría resultado más fácil librarse de ellos» (p. 38). Le resultaba especialmente difícil ver cómo compañeros mormaliens y profesores suyos a los que respetaba enormemente decían de él que se había inmolado «en el altar del comunismo» (p. 109). Contra estas ideologías totalitarias que perseguían crear al «Hombre Nuevo», «la única barrera [...] es vivir en una sociedad pluralista donde el contrapeso institucional de otras doctrinas y otros poderes siempre nos impide llegar con los nuestros hasta el final» (p. 39).
Cita a Joseph Rovan, un alemán cuya familia se había convertido del judaísmo al protestantismo y, después de que los nazis llegaran al poder, emigró a Francia. El adecuadamente modesto Rovan era consciente de su doblemente buena fortuna: «He tenido dos suertes en la vida. La primera es que los nazis no consideraron judía a mi familia, de modo que si se hubiera quedado en Alemania seguramente yo habría acabado afiliándome a las Juventudes Hitlerianas. ¡Resultaban tan emocionantes al principio! La segunda es que si no hubiera estado en Dachau hasta el verano de 1945, y hubiera pasado en París el año posterior a la liberación, de agosto de 1944 a agosto de 1945, seguramente habría acabado afiliándome al Partido Comunista. ¡Su influencia era tan grande después de la guerra!» (p. 115).
Número de páginas: 3
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NOTAS
  • [ 1 ]

    Sobre Orwell, véanse los estimulantes ensayos de Christopher Hitchens, Why Orwell Matters (Nueva York, Basic Books, 2002) y Simon Leys, Orwell ou l'horreur de la politique (París, Plon, 2006).


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