A mediados de los años noventa, la crítica Helen Vendler, que ha analizado con autoridad la poesía estadounidense contemporánea, causó algún revuelo -el reconocimiento era tan señero como tardío- al dedicar un elogioso ensayo a los Poemas escogidos 1947-1997 de Allen Ginsberg. Vendler recoge y en buena medida ratifica las objeciones que inspira la obra de Ginsberg, pero le atribuye un mérito mayor: «ampliar la respiración de la poesía norteamericana» de su época (curiosamente, Vendler se hace eco de una frase de Jorge Guillén referida a Whitman: «Vida y poesía son como una respiración profunda»). Lo que equivale a decir que recupera y prolonga la «visión whitmaniana», aunque ésta nunca se haya perdido en la poesía estadounidense. El propio Lowell, que Vendler no menciona, reconoció ante la aparición de los beats y su estilo populista que sus refinados poemas «parecen distantes, cargados de símbolos, y difíciles a propósito [...] como monstruos prehistóricos empantanados hasta morir por sus pesados caparazones». En 1946, Lowell había hecho estallar una revolución poética con su libro Lord Weary's Castle , donde revivificó el ejemplo de rigor y densidad de Milton. Desde entonces, como Ginsberg, había descubierto y buscado a William Carlos Williams, y es bajo su influencia e, indirectamente, la de los beats , por lo que adopta «un verso libre rondado por la métrica». Y es eso lo que determina que Lowell sea un gran poeta y Ginsberg un aparte curioso. O, como discrimina Kirsch, «la decisión, por no decir heroísmo, de someter las experiencias más íntimas y dolorosas a la disciplina objetiva del arte».
Pero si la historia literaria brinda un reconocimiento a la obra de Allen Ginsberg y le asigna un nicho, la arrolladora y perenne popularidad de Ginsberg, apoyada casi exclusivamente en Howl , requiere otra explicación. Y ésta apenas debe incluir sus defectos y limitaciones, sino partir de ellos. No se aplica a Ginsberg el cervantino «quien sabe sentir, sabe decir». El defecto crucial de Ginsberg no radica solamente en su indisciplina y descuido formales: éstos reflejan -excepto en contados, breves momentos- un sentir del mundo y de su vida hecho de los lugares comunes de su época: sentimentales, psicoanalíticos, pseudorrevolucionarios, mediáticos. Es posible que Ginsberg haya aceptado esa realidad cuando terminó por reconocer que su obra mayor, Howl , representó «no un hito de la consciencia universal, sino el descubrimiento de mi propia consciencia». Es esta modesta hazaña la que encuentra un repetido eco en los adolescentes mal alfabetizados que son sus lectores más asiduos y vociferantes. El fenómeno fue definido en 1945 por George Orwell, en su agudo ensayo «Los buenos malos libros». En él Orwell examina la improbable gloria de libros evidentemente mal sentidos y mal escritos y que, sin embargo, seducen no sólo a los frecuentadores de la literatura popular, sino que llegan a tocar una fibra en todos, incluidos los lectores más exigentes. Orwell cita el caso paradigmático de las esquemáticas y acartonadas aventuras de Sherlock Holmes; podemos añadir, en una larga lista, el caso de Ginsberg. Pero no hay análisis estético que pueda derrotar la resonancia universal que tiene Sherlock Holmes, comparable en popularidad a don Quijote, sin olvidar que Cervantes prefería el Persiles . El lector tiene razones que la estética desconoce.