El lector asiduo de Allen Ginsberg tiene veinte años o nostalgia de ellos. En 1976 el escritor publica Don't Grow Old ( No envejezcas ), pero ni él ni sus lectores pueden evitarlo; ni su obra, que también ha caducado. Las más de mil páginas de sus Poemas reunidos, 1947-1997 constituyen una interminable cantera con contadas esquirlas de valor. Ginsberg es sobre todo el autor de un poema, Howl (el único poema largo en el que trabaja años), y un desdoblamiento, Kaddish , el lamento por la muerte de su madre que es el verdadero aullido: con el tiempo, al conmemorar los veinte años de la publicación de la obra, Ginsberg explicaría que Howl era un poema sobre su madre. Paulatinamente Ginsberg cultivó un resentimiento por el poema similar al que Conan Doyle dedicó a Sherlock Holmes, que tercamente eclipsaba, para los lectores, el resto de su obra (como veremos al final, el paralelismo entre Ginsberg y Conan Doyle no cesa ahí). Que Ginsberg terminara por producir una edición anotada de su propio poema constituye la más literal de las justicias poéticas.
Pero lo más inesperado de la obra primeriza de Ginsberg es la meridiana sensación que nos produce de una carrera frustrada, de promesa que prefiere no cumplirse. Las deficiencias de Howl son evidentes y fueron detectadas inmediatamente por críticos no necesariamente hostiles como Lionel Trilling (que había sido profesor de Ginsberg en la Universidad de Columbia) o Harold Bloom, y por poetas que se molestaban en aprender el oficio. En 1959, después de una visita de Ginsberg y Gregory Corso, Robert Lowell escribía a Elizabeth Bishop: «Han conseguido mucha publicidad con poco talento. [...] Sin embargo, me imagino que están tratando de escribir poesía. Son fáciles de oír». Lo que recuerda al Unamuno de «Y déjales que pasen / ¡son los artistas!». Cuatro años después, cuando ya no se oía su estrépito debido a los viajes de Ginsberg, Lowell informa a Bishop: «Los beats se esfumaron, vuelven los profesionales».
El dictamen es fríamente certero. Y no deja de asombrar -después de haber estudiado literatura bajo la más exquisita disciplina universitaria y medio siglo de práctica poética constante e ininterrumpida- el irremediable amateurismo de Allen Ginsberg. Con la impávida honestidad que es otra de sus características, Ginsberg lo sabe y lo declara, incluso en Howl , donde admite el «estiércol sensible» de sus iluminaciones, la precariedad de su gramática, y el milagro insistentemente adverso de las gloriosas inspiraciones nocturnas que se trocan al amanecer en «estrofas de guirigay». Es crucial darse cuenta, por supuesto, que ese es el camino escogido por Ginsberg. Hasta Howl por lo menos, Ginsberg elabora artefactos literarios, hasta el punto de revisar cuidadosamente para la posteridad una nota de suicidio adolescente. Pero hay que recordar que ya en Howl , y más aún en Kaddish , Ginsberg cree fervientemente que en cada poema se le va la vida. La poesía es, antes de nada, una tabla de salvación, una manera de sobrevivir a la vida. Es esa seriedad solemne y genuina la que seduce al lector joven, que siempre comienza por tratar el poema como una concha en la que oye un mar unánime que es, sobre todo y ante todo, la sangre que corre por sus venas. Las dificultades comienzan cuando la crisis es sorteada y al equilibrio restablecido se le suman el éxito y la fama. Ginsberg no sólo sobrevive sino que lo hace como poeta. Salvado el yo, Ginsberg busca nuevas causas dignas de un embate cósmico-metafísico (nada menos que eso basta) y elabora una poética que trata de retener el personalismo de los primeros libros. Usando vagas nociones surrealistas llega a la conclusión -que combina con su vocación mística- de que no hay mejor idea que la primera que viene a la cabeza («First thought best thought»), pues es sin duda un eco del universo. Con el pasar del tiempo la reduciría a una poética de lo facilón: «Todo lo que hay que hacer es pensar cualquier cosa que te venga a la cabeza, y disponerlo en líneas de dos, tres o cuatro palabras cada una, no te compliques con oraciones, y divídelo en secciones de dos, tres o cuatro líneas cada una». Pero queda aún el hecho obstinado y concreto de que Howl y la personalidad poética de Ginsberg se han instalado inamoviblemente no sólo en la historia de la literatura norteamericana sino en nuestra memoria. Eso se entiende y justifica por razones de historia literaria y por un fenómeno estético poco estudiado.
La imagen mediática de Ginsberg ha usurpado de tal manera la lectura de su obra que es fácil olvidar que forma parte de un bien definido período literario estadounidense. Obviando la actitud adánica de sus lectores más comunes -con gustos displicentemente formados por la música popular- Ginsberg, hasta Howl y Kaddish , transita los mismos caminos de los mejores poetas de la época. Vale decir que participa de la reacción a la ortodoxia modernista que sus maestros de la Universidad de Columbia habían tratado de inculcarle. El culto a la pureza formal e impersonal del modernismo (para T. S. Eliot, la poesía «no es la expresión de la personalidad, sino un escape de la personalidad»), consagrado por el severo canon del New Criticism , lleva a un rechazo pendular que es la «poesía confesional» angloamericana de la segunda mitad del siglo. El expansivo poeta John Berryman redefine al poeta «no como un hacedor sino como un historiador espiritual», algo que en sus momentos más reflexivos podría ser suscrito por Ginsberg. De hecho, el ya citado libro de Adam Kirsch cataloga todo un universo personal de tragedias, locura y desesperación que abarca la materia poética de creadores tan rigurosos como Elizabeth Bishop o Robert Lowell.
Un cotejo entre la vida y obra de Ginsberg y Lowell ofrece sorprendentes paralelismos no simpre accidentales. La tragedia familiar como punto de partida vital y poético, la locura, el descubrimiento de la alternativa poética contemporánea de William Carlos Williams y la recuperación de la «visión whitmaniana». Puede decirse que sólo en la violencia y sordidez de la tragedia familiar, el caso Ginsberg es más hondo que el de Lowell. Pero el genuino hundimiento en la locura y la angustiosa precariedad de los períodos de cordura que definen la vida atormentada de Robert Lowell revelan la falacia descabellada, romántica y cultivada (con prestidigitaciones biográficas, con drogas, con gratuito comportamiento antisocial) del muy sensato Allen Ginsberg. Pero eso es mera biografía. Como poetas, lo crucial es lo que hacen de ello en relación con su obra.