Morir joven después de producir un libro notable es toda una estrategia en la lucha por la gloria literaria, un gambito en el que la pieza sacrificada es el autor. Además de la aureola romántica, casi nadie regatea elogios a un rival difunto y no es difícil beneficiarse por asociación. La alternativa es llegar a viejo, preferiblemente muy viejo: se tiene entonces la última palabra y los muertos no refutan. En términos de estrategia literaria, es probable que Allen Ginsberg haya cometido un error no muriendo (a pesar de sus honestos esfuerzos) a poco de la publicación de Howl ( Aullido ) en 1956. Su muerte, cuatro décadas después, no hizo sino quitar lustre a su obra, aunque sobrevivió a casi todos los miembros de su generación y del grupo beat . El desorbitado joven ebrio de poesía y drogas que declamaba memorablemente los versículos de Howl prometía un gran poeta futuro; el gentil señor afeitado y encorbatado, frecuentador de antologías colegiales, que muere en 1997, probó largamente que ése no era el caso. Incluso en el panorama más bien modesto de la poesía norteamericana de la segunda mitad del siglo XX, Allen Ginsberg parece ser una figura menor. La mejor síntesis crítica del período - The Wounded Surgeon de Adam Kirsch (2005)- no lo menciona, aludiendo sólo de pasada al grupo beat . Pero el interés que despierta va más allá de su obra: Ginsberg no sólo es uno de los poetas más leídos por los jóvenes, sino que encarna para muchos de ellos la idea misma del poeta. La de Ginsberg es una presencia que no puede ignorarse, y más vale tratar de entenderla.
La irrupción de Allen Ginsberg en la cultura estadounidense es legendaria. Para ello hay excelentes razones, no todas accidentales. Desde el principio hubo la voluntad -con más entusiasmo que cálculo, pero voluntad- de crear una leyenda y darle un prestigio fundacional: la lectura de Howl el 7 de octubre de 19 55, en San Francisco, fue para los beats lo que, el 25 de febrero de 18 30, fue el estreno de Hernani en la Comédie Française para los románticos franceses. El joven Victor Hugo estaba rodeado de sus amigos (Gauthier, Dumas, Balzac), y Ginsberg de los suyos (Kerouac, Cassady, Corso) que, como los franceses, dejaron testimonio para la posteridad de la importancia de Howl y de su autor. Kerouac, en el papel de Gauthier, describe la lectura en The Dharma Bums (1958, secuela de On the Road , del año anterior). La mutua mitificación del círculo de amigos fue una constante entre los beats . Ginsberg ya figuraba desde antes en la ficción de Kerouac ( The Town and the City , 1946), y Ginsberg entona en Howl una lista de sus amigos en la que establece un santoral todavía vigente entre sus lectores: «Holy Peter holy Allen holy Solomon holy Lucien holy Kerouac holy Huncke holy Burroughs holy Cassady». Su fervor no era meramente narcisístico. El grupo beat fue inmediata y generosamente recibido en San Francisco por Kenneth Rexroth, y otro poeta, Lawrence Ferlinghetti, felicitó a Ginsberg por el recital con un telegrama que repetía exactamente, un siglo después, el que Emerson envió a Walt Whitman en 1855 al recibir Leaves of Grass : «Lo felicito por el comienzo de una gran carrera». A pesar de lo estudiado del gesto, Ferlinghetti era sincero y al año siguiente lo probó publicando Howl and other Poems con un prefacio de William Carlos Williams, lo que en la época suponía un considerable espaldarazo literario.
El éxito fue retumbante e inmediato, gentilmente ayudado, como de costumbre, por un desganado juicio por obscenidad en 1957. Pero el impacto de Ginsberg iba más lejos y más alto: hasta en Moscú también lo leían Pasternak y Yevtushenko, como lo leería Vaclav Havel en Praga. Puede decirse que, casi como Byron, Ginsberg amaneció famoso un buen día de aquellos. Su biógrafo Bill Morgan dice que Ginsberg «tuvo un impacto en su época mayor del que su época tuvo en él», pero lo que cuenta su libro es rigurosamente lo contrario. Ginsberg fue un producto de la era de las comunicaciones de masa que comienza a finales de los cincuenta y que lo convirtió en una personalidad internacional en escasamente una década. Predecesor y conmilitón de los movimientos sociales de la época, se convirtió en un comodín mediático infaliblemente pintoresco: para la revolución sexual era el homosexual público; para el espiritualismo hippie era el veterano de la peregrinación al Oriente en busca de iluminaciones y gurús; para los defensores de las drogas era una especie de San Juan Bautista literario; para la izquierda estudiantil era el profeta que denunciaba el Moloch capitalista y burgués. Cuando la revista The New Yorker le dedica un largo perfil a lo largo de dos números consecutivos en 1968, Ginsberg se consagra como una institución: era el hermano mayor de la juventud que tomaba el escenario.
Es aquí donde se nota la discrepancia entre la fama y la obra de Allen Ginsberg. En la docena de años que va de Howl a la consagración de su imagen pública, Ginsberg sigue publicando, pero sus libros son avatares cada vez más ralos y menos memorables de su poema de estreno. Sólo uno de ellos, Kaddish (1959), está a la altura y, en realidad, forma un díptico con Howl . El propio The New Yorker se ve obligado a introducirlo como «Allen Ginsberg, el poeta», para distinguirlo entre la fauna de celebridades de quince minutos de la Edad de Acuario. Al contrario de Jack Kerouac, que detestaba la gazmoñería acomodada de la contracultura, Ginsberg se dejó absorber y, por un momento, creyó encabezarla hasta que lo desecharon sin muchas contemplaciones. Una de las estampas más degradantes de su vida fue la del siempre postergado acólito de Bob Dylan, esperando entre bambalinas un turno que no llegaba, inimaginable Rimbaud de un Aristide Bruant de clase media. Con el tiempo, la administración de su fama (que incluía ayudar generosamente a amigos y desconocidos) llegó a ocupar lo mejor de sus días. Leía poco y escribía desordenadamente, y trató de hacer una estética de esos hábitos. En 1984, en un poema comprensiblemente inconcluso, Ginsberg se autorretrata con típica franqueza: «Poeta, pero asqueado de escribir sobre mí mismo / Homosexual, modelo para la juventud notable por una pareja estable, pero separado del compañero y ahora preocupado por la falta de amor quién me cuidará en la senilidad de mi lecho de muerte / Profesional de la literatura pero casi no leo ya no tengo más paciencia / Manifestante pacifista pero cobarde y aburrido de enfrentarme a la izquierda / pero desconfío del comunismo y las revoluciones incluyendo la americana / antiburgués pero quiero una casa y jardín y automóvil». La vida le interesaba más que la poesía y tal vez se deba a eso que la mayor parte de su obra, en proporciones abrumadoras, nació muerta. La trayectoria de Ginsberg es espiritual y no literaria; la poesía es un medio y no un fin, y se nota. Los amigos peligrosos, el nomadismo bohemio, los éxtasis místicos y químicos, el poema como espejo, son un escape y una búsqueda. De ellos se podría decir lo que Santa Teresa de su religión: «Sea el Señor alabado, que me libró de mí».