En su prolongada lucha contra la teología de la liberación es posible ver la influencia tanto de san Agustín como de otra importante obra juvenil de Ratzinger, que versa sobre la teología de la historia de san Buenaventura. La obra mayor de san Agustín, que dominó la totalidad de la Edad Media, fue De Civitate Dei , una reflexión, escrita en el momento del derrumbamiento definitivo del imperio romano, sobre las dos ciudades-estado, comparando los principios de la ciudad de Dios con los de la ciudad de Roma. En el pensamiento de Ratzinger no hay posibilidad de confusión entre la ciudad de Dios y la ciudad profana. La otra gran influencia formativa temprana es la tesis posdoctoral de Ratzinger, su Habilitationschrift (el requisito para ocupar una cátedra en Alemania), sobre la teología de la historia de san Buenaventura. Este franciscano desarrolló en el siglo XIII el pensamiento de Joaquín de Fiore, quien -acertada o equivocadamente- había dividido la historia en tres períodos, el tercero de los cuales sería el reino de Dios en la tierra. En la teología de Ratzinger esta quimera asoma una y otra vez como la pesadilla que no puede tolerarse jamás. La teología política estuvo en el centro de su controvertida oposición a la promoción de Johann Baptist Metz. Más recientemente, se ha situado en el centro de su prolongada disputa con la teología de la liberación. Él piensa que la teología de la liberación mantiene que el reino de Dios puede alcanzarse por medio de la política y la economía, en las que la violencia es indispensable. «El Reino de Dios, al no ser un concepto político, no puede servir como un criterio político mediante el cual construir un programa de acción política », escribe en Escatología: la muerte y la vida eterna (1977). En casos extremos de la teología de la liberación, Jesús el liberador es visto como nada más que el portavoz de los oprimidos, animándolos a levantarse y cambiar la sociedad, olvidando así la verdad de suma importancia de que él es el Hijo de Dios encarnado. Para Ratzinger, la cristología es el factor central, por lo que una renovación de una visión del mundo y del propio mundo debe centrarse en una renovación de la cristología.
No sólo sus primeros estudios, sino que también significativos hechos históricos posteriores han moldeado y confirmado esta visión. Quizá la exposición más reveladora del trasfondo se encuentra en el importante prefacio (2000) a la nueva edición de las conferencias impartidas inicialmente a los estudiantes en Tubinga y publicadas en 1968, Introducción al cristianismo. La misma perspectiva sigue emergiendo en Jesús de Nazaret , publicado en varios idiomas en los últimos meses. Un acontecimiento que dejó una impronta indeleble en Ratzinger -puede demostrarse cómo ha quedado grabado en su memoria- fue la rebelión estudiantil de 1968. Aparece mencionada repetidamente en sus escritos y ent revistas , y debe de ser responsable de un amplio hilo de cautela, por no decir represión, visible en sus decisiones.Años más tarde, en respuesta a un antiguo alumno, ahora obispo, que le preguntó por qué había dado marcha atrás, pasando de ser un iniciador a abrazar una postura mucho más cautelosa, afirmó enérgicamente:«Vosotros me obligasteis». Los estudiantes de teología de diversas universidades alemanas, incluida Tubinga, donde Ratzinger se encontraba entonces dando clases, estallaron con protestas contra el fracaso del cristianismo para encontrar un mundo mejor. Los estudiantes de las facultades protestantes fueron más violentos, pero los católicos se dejaron oír también con estridencia. Sentían que el tan pregonado Vaticano II había resultado ser un fiasco. La crucifixión fue denunciada como un capricho narcisista por parte de Jesús. La única solución a los problemas del mundo se encontraba en el marxismo. Los catedráticos fueron físicamente arrastrados desde sus aulas y su lugar fue ocupado por una inmundicia incalificable. Estos fueron los disturbios que desencadenaron el traslado de Ratzinger de Tubinga al ambiente más tranquilo de Ratisbona. En Mi vida , veinte años después de los hechos, Ratzinger los describe -o más bien la impresión que dejaron en él- en los términos más enérgicos: «Entonces [1968] estaba produciéndose la destrucción de la teología, por medio de su politización tal y como la concibió el mesianismo marxista. He visto el rostro espantoso de su piedad atea al descubierto, su terror psicológico, el entusiasmo con que podía dejarse a un lado toda consideración moral como un residuo burgués». Después de estos acontecimientos, cualquier indicio de lo que pudieran considerarse intentos de establecer por medio de la violencia un reino de Dios sobre la tierra han provocado en él una reacción adversa.
Y, sin embargo, este mismo e importante prefacio muestra también una plena conciencia del fracaso del cristianismo para ocupar el lugar y desempeñar el papel que le corresponde en el colapso del comunismo europeo, otro momento enormemente significativo en la evolución del pensamiento de Ratzinger: «El cristianismo fracasó en ese momento histórico [en 1989] a la hora de hacerse oír como una alternativa [al comunismo] que habría de marcar una época. [...] Una vez que resultó visible la devastación humana, aun durante un solo instante, los antiguos ideólogos prefirieron retirarse a una posición pragmática o, mejor, declararon sin ambages su desprecio de la ética». El resultado resultado de esta quiebra del nervio cristiano es que los capos de la droga colombianos pueden proclamarse salvadores de los pobres y que -a pesar de los vigorosos pero inútiles esfuerzos de las Iglesias ortodoxas - Europa amenaza ahora con tener una constitución que guarde por completo silencio sobre sus raíces cristianas.