Ratzinger ha sido tildado de conservador. Estaría más cerca de la verdad decir que tiene en gran estima los valores tradicionales. Criado en una afectuosa familia bávara, y viendo negado por su elección como Papa su ardientemente anhelado placer de retirarse a una casa rural en Baviera con su hermano mayor, el distinguido músico Georg Ratzinger, los valores familiares tradicionales brillan a través de muchos de sus escritos. Su imaginería es seductoramente bávara: un oso ha sido parte de su escudo de armas desde su nombramiento como arzobispo de Múnich; tiene su origen en un antiguo relato bávaro sobre un oso que devoró con gula el buey de un santo, y como castigo fue condenado a tirar del carro del santo hasta Roma. Así, Ratzinger se describe como «un buey bueno y robusto para tirar tirar del carro de Dios en este mundo». Sus ideales en materia de ética sexual proceden de una cariñosa familia bávara, quizá de modo aún más específico de una cariñosa madre bávara, ya que él distingue un lazo indisoluble entre sexualidad y maternidad. El principio de que la sexualidad no puede separarse de la procreación es para él básico, por lo que considera que, una vez que se rompe este lazo, el camino queda expedito para atribuir igual valor a cualquier forma de sexualidad.
Otro punto de vista pregonado a los cuatro vientos ha sido el afecto que siente por la forma tradicional de la liturgia, que se refleja incluso en diversos detalles de su indumentaria (sombreros y zapatos), en los que ha recuperado idiosincrasias papales anteriores. Más seriamente, esto explica su inclinación y su constante fomento de la forma de la misa tradicional previa a las reformas del Vaticano II. En Mi vida. Recuerdos (1927-1977) (1998) afirma abiertamente que se quedó «consternado» con motivo de la publicación del nuevo Misal de Pablo VI en 1970, que comportaba la prohibición sin precedentes de los misales anteriores, pues le parecía que ello negaba la evolución orgánica de la enseñanza y la liturgia en la Iglesia. Explica que una comunidad que pone en cuestión lo que había sido su posesión más sagrada y sublime pierde su derecho a que se confíe en ella de otras maneras. Y llega hasta el punto de afirmar: «Estoy convencido de que la crisis que estamos viviendo hoy en la Iglesia se debe en gran medida a la desintegración de la liturgia».Un pequeño aspecto en este ámbito, que ya está demostrando ser controvertido y que es muy probable que provoque un malestar considerable cuando finalmente se promulgue, es la decisión, que se sabe que es a ciencia cierta «el deseo personal del Santo Padre», de insistir en un regreso a una traducción literal del original griego del texto evangélico tras las palabras de la consagración en la plegaria eucarística: «sangre derramada por muchos [no «por todos »] para la remisión de los pecados». ¿No se derramó la sangre de Cristo para la redención de todos? ¿Sólo habrán de salvarse «muchos», no «todos»? Al margen de lo que se piense sobre la salvación universal (y esto supone un énfasis importante en la teología del Papa), al margen de lo que dijera Jesús (supuestamente en arameo), el texto evangélico en griego dice «muchos», y ese «muchos» va a retomarse.
No hay ninguna duda de que el conjunto de su teología está profundamente marcado por su primera obra tras licenciarse, un galardonado ensayo sobre san Agustín, que más tarde sería desarrollado para convertirse en su tesis doctoral. Es bien conocido el hecho de que, en los años que desembocaron en el Concilio, él y Karl Rahner trabajaron juntos. En 1979, cuando Ratzinger era arzobispo de Múnich, es igualmente conocida la disputa entre ambos por lo que Rahner consideró una intervención injustificable contra el nombramiento de Johann Baptist Metz para ocupar una plaza de profesor de teología. En escritos posteriores, Ratzinger se distancia de Karl Rahner al mantener que su propia educación teológica era enteramente bíblica y patrística -profundamente tradicional, por tanto-, mientras que Rahner se había visto fuertemente influido por los modernos sistemas filosóficos, especialmente la filosofía de Heidegger. Estas ideas habían conducido a menudo a Rahner a nuevas formulaciones que cuestionaban la enseñanza tradicional. Sus brillantes reflexiones podían poner a la teología cristiana en una senda enteramente nueva, por ejemplo sobre la muerte y la otra vida, o sobre la inspiración bíblica.Por otra parte, la baza decisiva del pensamiento de Ratzinger es su claridad y su penetrante simplicidad. Siempre tuvo la consideración de ser «un tipo fiable». Este fue, por supuesto, un factor que impresionó a sus compañeros cardenales en su gestión del interregno tras la muerte de Juan Pablo II, y desempeñó un importante papel en su propia y fulgurante elección como Papa. Él nunca se propuso ser un innovador. Es demasiado humilde, un auténtico «siervo de los siervos de Dios». Por eso ha escrito: «Nunca he intentado crear un sistema propio, una teología individual. Simplemente quiero pensar en comunión con la fe de la Iglesia», especialmente la de la Biblia y los primeros escritos, entre los cuales san Agustín ocupa siempre un lugar principal. La base bíblica y patrística del pensamiento de Ratzinger resulta evidente en todas y cada una de las páginas de sus escritos. Está claramente familiarizado con filósofos como Nietzsche y Jaspers. Su pensamiento se ha enriquecido con una serie de autores modernos como Romano Guardini, Karl Barth o Hans Urs von Balthasar.Aprende de y cita a muchos teólogos vivos, pero la formación depende de las antiguas tradiciones del cristianismo.