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Revista de Libros 130 Revista de Libros

La teología de Joseph Ratzinger

por Henry Wansbrough
Revista de Libros nº 130, Octubre 2007

Número de páginas: 4
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Debo empezar pidiendo disculpas. Quienquiera que se disponga a ofrecer una presentación de la música de un músico, el arte de un artista o el pensamiento de un pensador, se sitúa en una posición de superioridad. Este tipo de presentación implica una comprensión de la posición de esa persona más profunda de la que ella misma posee. En la década anterior a la elección de Ratzinger como Papa tuve el privilegio de trabajar con él en la Comisión Bíblica Pontificia, de la que, en su condición de presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, era también presidente ex officio. En esa década acabé sintiendo una admiración infinita por él como persona y como pensador. No sólo asistía virtualmente a todas las deliberaciones, sino que, entre una y otra, se preocupaba de conocer individualmente a todos los miembros como amigo y como anfitrión. En las discusiones escuchaba en silencio y respetuosamente, expresando pocas veces una opinión. En las raras ocasiones en que hablaba quedaba claro que había asimilado todos los argumentos esgrimidos y con frecuencia era capaz de ver sus implicaciones con mayor claridad que quien los había expuesto en un principio. Estas intervenciones elevaban invariablemente el debate a un nuevo plano, alcanzándose mayores profundidades y encontrándose a menudo maneras de enfrentarse a problemas que hasta entonces habían parecido insolubles. Un comentarista necesitaría hacer acopio de grandes dosis de confianza para situarse por encima de una persona así.
Esta impresión de una gran capacidad para aprehender y analizar una situación se ve reforzada por dos amplias ent revistas con la extensión de un libro, una con un periodista italiano, Informe sobre la fe (1985), y la otra con un periodista alemán, La sal de la tierra (1996). La primera es algo sombría, por no decir pesimista, sobre las tendencias en la teología y en la Iglesia. Su tono predominantemente negativo provocó una punzante respuesta de un distinguido grupo de teólogos británicos (un número especial de New Blackfriars , Blackfriars , de junio de 1985). El mensaje de la segunda es más positivo, pero ambas muestran unos conocimientos y unos juicios asombrosos, no sólo de los movimientos filosóficos y de las corrientes de pensamiento, sino también de la Iglesia en muchas partes diferentes del mundo. Incluso la primera entrevista, más sombría, se caracteriza por una fuerte tendencia a distinguir lo mejor en cualquier situación, no a detenerse en las críticas negativas, sino a concentrarse en aquello que sea potencialmente bueno y suponga un avance. En la segunda entrevista, el cardenal comentaba, refiriéndose a España, la gran convulsión vivida al final del franquismo, cuando la Iglesia había sido identificada con la sociedad y, en la práctica, con el Estado, a pesar de lo cual «ha permanecido intacta una reserva muy fuerte de catolicismo crítico y también de teología crítica». La persona objeto de este artículo es, pues, un observador agudo y un teólogo descollante ante cuyo pensamiento los comentaristas inferiores a él debemos adoptar una actitud admirativa.
Igualmente importante es dejar constancia de otra cuestión preliminar. Durante un cuarto de siglo Ratzinger estuvo al frente de la institución romana cuya tarea es supervisar la enseñanza de la fe. En este puesto se granjeó el sobrenombre de «el rottweiler del Papa». Sigue siendo un enigma cómo una persona reflexiva, educada y sensible puede haber puesto su nombre a condenas promulgadas sin lo que se considera hoy en día la debida consideración hacia los derechos humanos de las personas. Especialmente controvertida ha sido toda una serie de reprimendas y censuras a teólogos de la liberación de Sudamérica como Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff o Jon Sobrino, pero ha habido otros casos prominentes, como el de la teóloga feminista inglesa Lavinia Byrne. Pueden señalarse factores atenuantes. En las dos ent revistas ya mencionadas, Ratzinger insistía en que las decisiones no eran exclusivamente suyas, sino que él se erigía simplemente en portavoz de una decisión tomada tras realizar amplias consultas, no sólo entre el reducido grupo de teólogos que integran la Congregación para la Doctrina de la Fe. Él mismo es un oyente cuidadoso y flexible. Un destacado teólogo estadounidense me dijo que Ratzinger no dudó en moderar el texto de un discurso cuando le dijeron que resultaría inaceptable para un público estadounidense. En La sal de la tierra insiste en que siempre «vio su papel como el coordinador de un gran grupo de trabajo», aunque él no es de ese tipo de personas que se muestran de acuerdo con opiniones de las que disiente. Otros miembros relevantes de la Congregación tenían claramente una actitud menos abierta y eran oyentes menos buenos que él. Los procesos romanos cambian lentamente y aún conservan muchos vestigios (además de la guardia suiza) de las monarquías absolutas de siglos pasados. Es evidente que las actitudes y las decisiones provenientes de la Congregación para la Doctrina de la Fe no constituyen un buen punto de partida para el estudio de la teología personal de Joseph Ratzinger.
Debe también señalarse que el período que pasó en la Congregación para la Doctrina de la Fe fue sólo una de las tres etapas importantes de su vida. En la primera fue un sobresaliente iniciador en el campo de la teología y formó parte del apasionante grupo de pensadores cuya obra encendió el fuego que acabaría desatando un incendio en el Concilio Vaticano II. El período pasado en la Congregación para la Doctrina de la Fe lo situó necesariamente al otro lado de la barrera, donde su tarea era específicamente moderar nuevas soluciones y formulaciones, aunque ha subrayado varias veces que nunca habría aceptado el puesto si hubiera supuesto únicamente represión. Aun entonces percibió que fomentar la reflexión y la evolución en la teología constituía una tarea igualmente importante. La tercera y actual etapa es la de pastor universal: ha dejado de ser el rottweiler del Papa para convertirse en pastor alemán. Aquí voy a centrarme en dos episodios para mostrarlo tal cual es. Una de sus primeras acciones fue buscar una reconciliación con Hans Küng, que en muchos temas mantiene opiniones diametralmente opuestas a las suyas, y cuyo permiso para enseñar como teólogo católico había sido retirado tras una decisiva intervención del ahora pontífice. Un segundo indicador de su estilo personal es la elección del amor como tema de su primera encíclica, Deus caritas est .Aquí de nuevo se manifiesta su capacidad para concentrarse en los elementos positivos de una situación. Con ojos abiertos de par en par -como es característico en él-, se muestra dispuesto a aprender de un apóstata del cristianismo: en su carta encíclica cita el hecho de que el emperador romano Juliano el Apóstata pasara de ser partidario a perseguidor de la Iglesia indignado por el tratamiento, desprovisto de amor, que habían dispensado los cristianos a su propia familia.
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