Hay sólo dos aspectos relativamente menores en los que pongo en duda el criterio de Moradiellos. Uno es un pasaje sobre el pensamiento de Negrín que creo que puede inducir a error, no por lo que escribe el propio autor, sino por la ausencia de un comentario suyo. Entre los diversos informes en gran medida favorables relativos a la personalidad de Negrín preparados por los diplomáticos franceses e ingleses, Moradiellos cita con cierto detalle un informe de septiembre de 1938 redactado por Denys Cowan, un miembro de la comisión británica que intentaba negociar intercambios de prisioneros. El párrafo citado incluye la frase: «Su "casa espiritual" es Alemania y sus dioses son Mussolini y Lenin» (p. 404). Como es realmente cierto que Negrín hablaba siempre en términos admirativos de la ciencia, la formación en los laboratorios y la eficacia económica general alemanas, aquel país era, en un cierto sentido, su hogar espiritual. Pero es importante señalar que, siendo un estudiante en el Imperio Hohenzollern con anterioridad a 1914, había criticado el militarismo alemán y había adquirido sus primeras convicciones socialdemócratas propias. También había conseguido, a comienzos de la Guerra Civil, un pasaporte para que uno de sus mejores alumnos, Severo Ochoa, viajara a Alemania, evidentemente no porque la Alemania nazi fuera el hogar espiritual de Negrín o de Ochoa, sino porque Ochoa estaba realizando una investigación de alto nivel con el catedrático Otto Meyerhof (judío y galardonado con el Premio Nobel en 1922), quien no había sido aún obligado a abandonar Alemania.
Se ha hecho referencia en muchos escritos sobre Negrín a su supuesta admiración por Mussolini. No me encuentro en condiciones de negar rotundamente que llegara a realizar nunca una afirmación de este tipo. En una charla con un diplomático inglés en la época de la política de contemporización, es muy posible que dijera esto con la esperanza de que el informe de una opinión así pudiera suavizar la actitud de Chamberlain-Halifax hacia la República y su primer ministro, y/o de que el informe pudiera llegar a oídos de Mussolini, provocando que éste se sintiera halagado y se mostrara quizá más dispuesto a una paz que no condenaría a la República a una rendición total. Pero, al citar las palabras de Cowan, yo también señalaría que, desde que Negrín fue por primera vez candidato a las Cortes en 1931, afirmó siempre que ni el fascismo ni el comunismo eran una respuesta aceptable a los problemas de España. Negrín, al igual que Prieto, fue en todo momento un socialista parlamentario, o lo que se conoció en Alemania y Escandinavia a lo largo del siglo xx como «socialdemócrata». En cuanto a que citara a Lenin entre sus «dioses», Negrín, como muchas otras personas de la izquierda democrática, consideró que la Unión Soviética era un experimento esperanzador hasta las sangrientas purgas, muy difundidas, de los años 1936-1938, y no se dio cuenta de que Lenin también había cometido, aunque a menor escala, crímenes similares hasta después de quedar plenamente en evidencia los crímenes de Stalin en los años cincuenta.
También me gustaría sugerir un matiz diferenciador en relación con la sexualidad de Negrín. Suscribo plenamente, y admiro muchísimo, como hace el autor, los treinta años (1926 a 1956) de profundo amor por Feli López, sus convicciones políticas compartidas y sus amistades personales (elementos que habían estado casi ausentes por completo de su desgraciado matrimonio legal), así como el hecho de que tratara a Feli en todos los años posteriores a la Guerra Civil como si fuera realmente su esposa legal. Pero existen pruebas considerables de que cuando estaba lejos de casa, y en momentos de gran tensión interior, Negrín necesitaba, y buscaba, alivio sexual, o satisfacción, o como quiera expresarse. Examinaré un único caso, procedente de las memorias revisadas del coronel Segismundo Casado, el oficial que encabezó el levantamiento de marzo de 1939 que derribó al Gobierno de Negrín. La información a la que me refiero figura en las páginas 131-138 de la nueva edición de Así cayó Madrid (Madrid, Guadiana, 1968).
A mediados de febrero de 1939, cuando Negrín había regresado de Francia con la esperanza de proseguir la resistencia en la zona central, el director de Seguridad de Madrid, cuyo trabajo incluía la protección del primer ministro, le contó al día siguiente al coronel Casado algo de lo que había sido testigo el día anterior. Hacia las diez y media de la noche Negrín salió de un café en la calle Clavel en el que había estado sentado solo. En la calle habló con una prostituta, luego la acompañó a una casa en la calle Augusto Figueroa, salió solo a las cuatro de la mañana y se fue a pie a la Presidencia. Casado le contó la historia a Negrín. Éste le contestó que suponía que no se la habría creído. Casado le dijo que creía al director de Seguridad, y Negrín derivó la conversación hacia otros temas.
La opinión de Casado fue la siguiente: «No cabe duda de que refleja una anormalidad o desequilibrio en un hombre supercivilizado». Y este tipo de observaciones, a menudo expresadas de una forma mucho más cruda, fueron utilizadas con frecuencia en conversaciones privadas por personas deseosas de minar la autoridad moral y política de Negrín. La reacción de quienes creen que el director de Seguridad mentía o que piensan que la reputación de Negrín como estadista exige que una historia así sea bien negada, bien pasada por alto en silencio, ha sido condenar este tipo de anécdotas como calumnias. Por lo que a mí respecta, encuentro perfectamente creíble que un hombre enormemente emocional y sexualmente vigoroso buscara, cuando estaba fuera de casa, alivio sexual sin sentir que su acción supusiera más que una ligera falta, nada que negara su lealtad esencial a una misma pareja de muchos años. No estoy justificando ese doble rasero, pero también creo que las violaciones de la estricta monogamia por parte de estadistas como David Lloyd George y de los presidentes Franklin D. Roosevelt, John F. Kennedy y Bill Clinton, entre otros, no tuvieron virtualmente ninguna influencia en sus decisiones políticas, y creo exactamente lo mismo en relación con Juan Negrín.
Detalles de interpretación aparte, estamos ante una biografía excelentemente documentada y bien escrita de un gran científico que se convirtió en el líder civil de la República española más valeroso y capaz durante la Guerra Civil