En la década de 1920, Juan Negrín López (1892-1956) era un fisiólogo de renombre internacional, que desarrollaba nuevos métodos de investigación en laboratorio y de enseñanza en la Universidad de Madrid, además de ser secretario ejecutivo de la Junta Constructora de la nueva Ciudad Universitaria. En los años treinta fue diputado socialista en las tres Cortes republicanas, ministro del Tesoro en el Gobierno de Largo Caballero durante la guerra y primer ministro de la República desde mayo de 1937 hasta el final de la guerra en marzo de 1939, y siguió siendo reconocido por una gran mayoría de los exiliados republicanos como el último primer ministro legítimo hasta su renuncia formal en la reunión de las Cortes en el exilio, celebrada en Ciudad de México en agosto de 1945.
Hugh Thomas y el autor de la presente reseña analizaron su papel con cierta extensión y con gran respeto en sendos libros publicados en los años sesenta. Entre los estudiosos españoles durante la época de Franco, Juan Marichal y Manuel Tuñón de Lara alabaron sus grandes cualidades en su doble condición de científico y estadista. En los años noventa, los historiadores de la ciencia Josep Lluís Barona y José Manuel Sánchez Ron publicaron varios estudios sobre su influencia como fisiólogo, mientras que la Fundación Uriach dedicó todo un número (el 63, en 1996) de su revista Medicina e Historia a Negrín como investigador, catedrático y médico. La historiadora inglesa Helen Graham publicó Socialism and War (1991) y The Spanish Republic at War (1992), obras de una importancia decisiva para comprender el liderazgo de Negrín durante la guerra; y en 1996 la breve pero fácticamente rica Juan Negrín López, el hombre necesario , de Manuel Tuñón de Lara , Ricardo Miralles y Bonifacio N. Díaz Chico (este último catedrático de Fisiología) fue la primera obra que se ocupó del hombre y de la totalidad de su carrera científico-política. En 2003, Miralles publicó un análisis excelentemente documentado y razonado que se centraba en el papel político y económico de Negrín en el Gobierno durante la guerra, mientras que Ángel Viñas ha publicado, a lo largo de los años, los análisis más completos sobre el papel de Negrín en la exportación de la mayor parte de las reservas de oro españolas a la Unión Soviética, así como sobre el uso económico de que fue objeto.
Hay -creo- dos razones principales que explican por qué Negrín, a pesar de su inmensa importancia en la historia científica y política de la España del siglo xx , no ha recibido nada que se parezca a la seria atención biográfica que sí se ha concedido a figuras como Manuel Azaña, Julián Besteiro, Francisco Largo Caballero, Indalecio Prieto, Julio Álvarez del Vayo, Luis Araquistáin, Pablo de Azcárate, etc. Una es que perdió la guerra y, según opinión de muchos de sus contemporáneos, la situación militar de la República era ya tan desesperada en la primavera de 1938 que su política de resistencia hasta el final prolongó inútilmente los sufrimientos del pueblo español. La otra es que Negrín no dejó ningún diario, y son relativamente pocos sus artículos y discursos. Quienquiera que estudie las vidas de las diversas personas mencionadas más arriba tiene acceso a abundantes diarios y cartas, a memorias y discursos publicados. Negrín fue un orador mediocre que se defendía bien en grupos reducidos de colegas y ayudantes, pero que evitaba hacer discursos, ya fuera en las Cortes o en reuniones científicas. Además, aunque era muy afable y cortés, también era profundamente reservado en lo relativo a sus convicciones más íntimas.
Ocupándonos ahora del libro objeto de esta recensión, Enrique Moradiellos ha alumbrado la que es realmente la primera biografía plenamente personal de Juan Negrín (635 páginas de texto y notas, además de un copioso índice onomástico). Y en la cubierta del libro, debajo del nombre Negrín, leemos la frase «Una biografía de la figura más difamada de la España del siglo xx ». Nunca he reflexionado en detalle sobre si Negrín ha sido más difamado que figuras como Azaña, Lluís Companys y los cientos de oficiales del ejército leales y de líderes sindicales que fueron difamados y ejecutados por no unirse al levantamiento militar contra la República. Pero este libro es uno de los mejores ejemplos que puedo señalar de una combinación de excelente erudición con el compromiso, expresado con franqueza, de rescatar al que quizás es el más grande estadista español del siglo xx de las mentiras que se escribieron y propagaron sobre él durante la época franquista, así como del silencio y la ignorancia general que predominaron en la nueva etapa democrática hasta bien entrados los años noventa.
En ausencia de diarios y cartas personales de Negrín, Moradiellos ha rastreado toda referencia a o de Negrín en los archivos históricos, administrativos, parlamentarios y universitarios, en la prensa española y en los archivos diplomáticos británicos con los que ya estaba tan familiarizado desde sus estudios sobre la diplomacia en la Guerra Civil, y más tarde sobre las relaciones entre Franco y Churchill en la Segunda Guerra Mundial. Ha hecho un uso excelente de las memorias de las personas que mejor conocieron a Negrín: Julián Zugazagoitia, Juan Simeón Vidarte, Manuel Azaña, Diego Martínez Barrio, Luis Araquistáin, Julio del Vayo o Indalecio Prieto; y de los numerosos colegas médicos y estudiantes que trabajaron con Negrín tanto en el ámbito político como en el científico. Y es uno de los primeros historiadores en valerse del archivo personal de Juan Negrín, que no pasó a ser accesible hasta después de la muerte, en 2002, del hijo mayor de Negrín y responsable único del control de los papeles de su padre.