Tal vez el aspecto más discutible de esta excelente obra es la insistencia por parte de su autora en que «el sentimiento español de los vascos del siglo xix » no expresaba en realidad «un vínculo horizontal entre ciudadanos miembros de un mismo Estado», sino más bien «un vínculo vertical propio de la relación súbdito-corona del Antiguo Régimen» (págs. 155-156). La afirmación de Rubio me parece en este punto demasiado categórica. Ciertamente, ese era en gran medida el discurso oficial de las diputaciones y sus intelectuales orgánicos, y desde el momento en que el objetivo permanente de las instituciones forales era establecer límites infranqueables a la intervención de la soberanía nacional española en sus respectivos territorios parece lógico que así fuese (pues, como es obvio, enfatizar la horizontalidad con nuestros compatriotas resulta una estrategia completamente inadecuada cuando se trata de defender un trato especial). Sin embargo, creo que podrían fácilmente traerse a colación otros muchos textos en los que no pocos escritores y publicistas vascos reconocen los lazos afectivos entre los españoles de ambas márgenes del Ebro, que frecuentemente aparecen en dichos textos como conciudadanos de una misma patria y nación. Así, el poeta guipuzcoano Juan Venancio Araquistáin exclama en uno de sus versos, dirigiéndose a los castellanos: «españoles, cual vos, somos hermanos / hijos de un mismo sol y un mismo cielo [...] sirvamos juntos a la madre España» (pág. 328). La retórica de los progresistas donostiarras de los años veinte, treinta y cuarenta abunda asimismo en invocaciones a la unidad constitucional (y en reproches a los poderes forales de Guipúzcoa), y qué decir de los liberales bilbaínos, que expresan de mil maneras su gratitud a sus compatriotas de otras regiones por haber acudido repetidamente en auxilio de la villa (y ello, no lo olvidemos, frente a sus paisanos carlistas). Por lo demás, el cliché de «nuestros hermanos de allende el Ebro» lo encontramos a cada paso en la prensa fuerista, incluso cuando se quiere lanzar una «política vascongada» que supone en sí misma un factor de excepcionalidad y alejamiento de la política nacional
[ 6 ] . Eso no fue óbice, desde luego, para que en las fuentes se hable cada vez más de
país ,
pueblo e incluso de
nacionalidad vasca. Y es que realzar la diferencia resultaba una necesidad ineludible para legitimar una foralidad difícilmente justificable en un contexto constitucional (y por ende jurídicamente igualitario).
Observa Pierre Bourdieu que cuando un grupo privilegiado siente su estatus amenazado, la búsqueda de nuevos criterios de distinción resulta imprescindible para apuntalar la singularidad del colectivo
[ 7 ] . Pues bien, cuando a partir de 1812 la continuidad de las instituciones forales chocó con la soberanía nacional emergente, aquéllas no tuvieron más remedio que ensayar una política de transacción con el constitucionalismo, política que obtendría un triunfo resonante con la ley de fueros de 25 de octubre de 1839 y las negociaciones subsiguientes, siempre aplazadas, de arreglo foral. Una política difícil de llevar a cabo sin un trabajo paralelo de afirmación identitaria, tendente a invertir el orden de las causas y los efectos. El historiador actual no debe caer, sin embargo, en una trampa tan burda: en el fondo, lo que se ventilaba no era tanto una cuestión de identidad cuanto de diferencia de estatus. Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que, en el caso vasco, la diferencia de tratamiento jurídico-político no es la consecuencia de una identidad cultural previa. Antes al contrario, tenemos buenas razones para pensar que la construcción identitaria estuvo al servicio de la diferencia de estatus.